Que el sistema capitalista ha
dado respuestas apropiadas a la manada humana que literalmente lo era no hace
mucho más de diez mil años y en las contemporaneidades ha confirmado su
prevalencia sobre el ensayos de la socialización no quedan muchas dudas, que
por sobre los espíritus que conforman el espíritu final característico de la
condición humana funcionan primero los de carácter utilitario que sobre
cualesquiera otros incluso por los de solidaridad y de subsidiaridad y aún
compasión por los demás, y que eso retroalimenta los círculos virtuosos de más
y mejores niveles de bienestar social no
quedan muchas dudas, aunque el sistema sigue conservando restricciones que no
supera y que probablemente adquieran formas determinadas en el futuro de
consecuencias impensadas, restricciones de naturaleza ética y de naturaleza
técnica que son justamente las que activan los círculos viciosos pero que aún
así no se desactivan porque secularmente significaron formación de expectativas
y mecánicas de cooperación cuyos costos de oportunidad fueron mejores para las
economías relativamente mejor posicionadas respectos a las otras de carácter
periférico, esto se ve particularmente en trabajos marginales como la
prostitución o los trabajos conocidos como de menor calidad (recolectores de
residuos) cuyos valores de productividades se degradan permanentemente en
comparación al valor de las productividades de otras iniciativas potenciando
inequidades distributivas y equilibrios inestables en los mercados, si los que
deben desempeñar esas actividades en un caso éticamente denostadas y en el otro
caso subvaluadas técnicamente no es por elección personal sino una consecuencia
inercial de un sistema que en esos no es perfecto ni siquiera adecuado para el
equilibrio de una estructura social que por estas cuestiones es más de carácter
residual.

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