Cuando entraron los chasquis
cansados y maltrechos por las largas horas de viajes de postas en postas para
darle las noticias que algún paisano bien intencionado ya había traído fuera de
los canales oficiales, el general Bartolomé Mitre lento en sus tiempos para
andar con tantos apuros, estaba despidiendo al embajador de los ingleses que
había cenado con él y le escuchaba como podía las historias que por costumbre
había comenzado a contar a quien se las quisiera escuchar y más a este que es
de los del grupo que considera de los ilustres, otros chasques de ellos
trajeron sus versiones de la declaración de la guerra por parte del brigadier Francisco Solano López que dijeron trajinaba por sus carpas de campaña y trinaba de la furia,
porque él no le concedió el permiso para entrar en Corrientes y pasar hasta la
banda oriental a defender las banderas de los blancos amigos, le contaba de las
anécdotas que el otro también le contaba entusiasmado de sus días de periodista
y de iracundo, cuando entraron los chasques cansados y maltrechos por las
largas horas de viajes no los atendió como corresponde en estos casos y siguió
con las narraciones de los tiempos cuando lo corrían de todos lados, antes,
mucho antes, que ayudara en las batallas contra el restaurador y traicionara a
su antiguo jefe Urquiza, de cuando anduvo por Uruguay con los colorados y no
con los blancos como el díscolo de López, y en Bolivia, y en Perú y en Chile,
peleando con todos con la pluma más que con la espada, y se fue caminando
desentendido de los detalles para arengar a una chusma que se junto en la plaza
de la victoria con tanto movimiento, en veinticuatro horas a los cuarteles, en
quince días en Corrientes, en tres meses en Asunción.

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