Si hay algo que lo hartó a
Baigorria de sus años de cacicazgo que fueron muchos y muy fructíferos porque
Paine le dio ciego la ascendencia como jefe de más de cinco mil infelices que
hacían lo que exactamente les ordenaba, era tomar la decisiones que tenían que
ver con los niños de la tribu porque las crías cada vez que el disponía alguna
de sus medidas se largaban en largos llantos y se prendían de las túnicas de
sus progenitoras, los varones porque decidió sacarlos del regazo materno a los
diez años cuando todavía andaban patapilas por las orillas de los ríos o las
lagunas aprendiendo a pescar o solamente correteando al viento que secaba sus
mocos en invierno o secaba los sudores en los veranos, para que sus capitanejos
más diestros los fueran entrenando en la cuestiones que requerían destrezas
especiales y rudeza para mantener a la tribu con provisiones y contenta para
que tuvieran tiempo de dedicarse a los cultivos y a la adoración de los dioses,
entre esas más que las otras las que tuvieran que ver con los malones y los
ataques a los blancos traicioneros, a utilizar las hondas o las boleadoras a
montar sin cinchas ni sudaderas y a lanzar las lanzas en movimiento o en el
bamboleo de los trotes o los galopes, apenas los adiestradores se descuidaban
los pequeños sabandijas corrían nuevamente es escudarse con su madres, las
mujeres porque más en los primeros tiempos que en los más cercanos se dedicaba
a juntar información sobre la vírgenes de poco más de doce años para hacer uso
de sus derechos a desflorarlas que le gustaba mucho porque disfrutaba viéndolas
quejarse al tiempo que más le pedían se volvía loco el cacique de los caciques con ese cariño que le brotaba con las calenturas,
si hay algo que lo hartó fue todo eso de los niños pero él lo hizo con ellos de todo.

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