
Parecidos y diferentes los hombres, los blancos se juntan en aldeas concurridas donde levantan casas con materiales que ellos mismos trabajan con técnicas que les enseñan los artesanos que vienen en los barcos que llegan cargados de personas que son funcionarios de gobiernos que no se conocen o sirvientes de distintas layas, se juntan se pelean y buscan a los que llaman jueces cuando no se van de puñaleadas, los indios vagabundean por el desierto sobreviviendo en manadas como si fueran animales a los ojos de los blancos como estos son unos sirvientes a los ojos de los indios que matan incendian y destruyen porque tienen jefes uniformados que les enseñan, se juntan se pelean y buscan a los caciques sabios por viejos cuando no se van de lanceadas, los blancos viven abigarrados los indios en páramos extensos los blancos son dueños de varias cosas los indios de sus mujeres, los blancos andan detrás de los indios para quitarles las tierras que tienen los frutos o animales que los alimentan y los indios andan detrás de los blancos para vengarse y quitarles las hembras porque los deslumbran las carnes rosadas y rebosantes las tetas grandes y las caderas firmes de esas mujeres que no son morochas como las mujeres de las tolderías, los blancos matan por conseguir las tierras que después se reparten grandes cantidades para los generales cantidades más pequeñas para los soldados que vuelven vivos de las campañas, los indios matan para conseguir las mujeres que se llevan con ellos para tenerlas con las otras que están para darles los hijos que a los ojos de los indios son los guerreros que se enfrentan con los guerreros de los blancos, los indios no reparten las mujeres las juntan, los blancos se traicionan entre ellos eso es lo que les llega a los indios que siempre cuentan las historias de Lavalle y de Rosas que para ellos fue el gigante colorado que más que quitarles les cambiaba las cosas, los indios no se traicionan entre ellos más bien se destrozan entre ellos para arreglar sus diferencias como Calfucurá y Pincén, los blancos cayeron un día por estas tierras los indios ya estaban, cuentos que van con los vientos traspasando el horizonte del poeta era la tarde, y la hora en que el sol la cresta dora de los Andes, el Desierto inconmensurable, abierto, y misterioso a sus pies se extiende; triste el semblante, solitario y taciturno como el mar, cuando un instante al crepúsculo nocturno, pone rienda a su altivez, a veces, la tribu errante, sobre el potro rozagante, cuyas crines altaneras flotan al viento ligeras, lo cruza cual torbellino, y pasa; o su toldería sobre la grama frondosa asienta, esperando el día duerme, tranquila reposa, sigue veloz su camino, la humilde yerba, el insecto, la aura aromática y pura, el silencio, el triste aspecto de la grandiosa llanura, el pálido anochecer.
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