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Monday, September 24, 2012
Desgracias rima sangre.
En el intento póstumo para evitar lo inevitable, cien paisanos muertos de los otros una veintena de heridos propios indios leales criollos valientes y cobardes, heridas que no se cerrarán con el tiempo distancias entre paisanos de la misma aldea inventarios de desgracias, el general después de pedirle al coronel Lamadrid su compadre ver al coronel de su mismo rango gobernador destituido atrincherado por la zona de lobos, después de pedirle que lo convenza que tendrán banderas diferentes pero que todos pertenecen a la misma aldea, después de pedirle que le diga que si bien ninguno anda izando la bandera blanca y azul y la propia es apenas un estandarte de color verde oliva que es como se reconocen los republicanos y la de ellos roja como la sangre atada a una de las pocas lanzas que llevan sus indios enarbolada y tambaleante como cualquiera, después de decirle que le diga si lo encuentra que quiere evitar que se derrame la sangre de los milicianos voluntariosos porque son todos paisanos y también indios de reducciones evangelizadas por los curacas, que le diga que ellos como estos los de acá que lo mismo están con el mismo pueblo y que en nombre del pueblo sea prudente y que deponga las armas que ellos ya están enterados por los chasques que apenas disponen de unas lanzas como armas de unas pocas boleadoras y cuatro piezas de artillería, después de pasar la noche desvelado esperando las novedades adversas que trae el mismo coronel rechazado por el compadre del otro que le dijo también que le diga que ellos no constituyen poder legítimo en la aldea y que no se equivoquen que los equivocados son ellos porque ellos son federales que quieren hacer gobiernos con las provincias y darle participación al pueblo, después de todas esas consideraciones el cóndor levanta vuelo y revoleando el sable y carajeando como hace siempre comienza a dar las señales que replican sus oficiales ordenando la carga nomás como venga en el campo abierto de navarro a los ocho de la mañana de mil ochocientos veintiocho, sin saber siquiera si son cuatrocientos o quinientos que se metan en el campo en columnas en líneas volteando lo que encuentren, el general el león tan temido por los brasileños gesticula y el presiente sin verlos que sus curtidos milicianos que vienen y van en las adversidades comienzan a penetrar esas otras columnas de de soldados que resisten apenas dos mil pechos humanos frágiles escudos de ese coronel gobernador que se escapa por la retaguardia según los partes que le traen.

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