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Thursday, May 17, 2012
ensayos IV
Ensayos III.
Ocurren acontecimientos extraños y misteriosos que destruyen la felicidad de una persona. Esta los atribuye a enemigos secretos que no logra terminar de descifrar.
Recibir una carta es algo raro, mucho más raro en estos tiempos de mail y de mensajes de texto, de comunicaciones telefónicas con celulares que lleva cualquiera.
Recibir una carta con acuse de recibo, que la persona la reciba de manos de un cartero con uniforme y todo es extraño.
Es como meterse en un túnel del tiempo y de pronto encontrarse en el medio de otros tiempos, por ejemplo de los tiempos en que carteros de ceños fruncidos llevaban y traían las cartas de amor, esos largos pergaminos que se escribían para celebrarlo o para lamentarse, de las cosas del corazón decían las abuelas.
Los mismos carteros que iban y volvían corriendo con sus carteras al costado para llevar y traer telegramas de renuncias indeclinables o de cesantías con justas causas.
Recibir una carta documento es más raro todavía, en un sobre con una leyenda atravesada “entregar en mano”, recibir una carta distinta en papel distinto escrita a máquina con sellos y una intimidatorio rúbrica, fulano zutano y menganos estudio de abogados y asociados, es algo inaudito y fastidioso.
Recibir una carta documento es increíble y es triste.
La persona se ruboriza pensando qué hubieran pensado los viejos si vivieran.
Primero hubieran puesto el grito en el cielo, hay que pagar las cuentas hubieran levantado la voz en conjunto.
Cumplir los compromisos que se toman, esos compromisos, que se cumplen antes de cubrir las necesidades propias, la persona se aflige de solo pensarlo.
Después del grito en el cielo hubieran venido los sermones, los interminables rapapolvos de él diciendo que trabajó toda su vida para parar la olla.
El de ella que hubiera repetido decenas de veces en el día de varios días de varios meses de varios años, que esas cosas no se hacen, que la casa es un bien de familia y por lo tanto no sirve para garantizar un préstamo, que los que mandan la carta documento deben estar equivocados, o confundidos, o locos directamente.
Por ahí se trata de otra persona por ahí confundieron el domicilio, y la persona se siente abatida porque ninguno de los dos hubiera imaginado que en la cueva del usurero un escribano trucho hizo los trámites para que la casa no sea más bien de familia y sirva de garantía.
Recibir una carta, y que esa carta sea una carta documento, es algo misterioso y desconsolador en la vida de la persona.
Esa persona, temblando todavía por el asombro, piensa que los que la envían deben ser sus enemigos, doctores invisibles o desaprensivos gestores por cierto, cuando hizo los trámites para el crédito la atendió una diligente promotora que en media mañana la ayudó a terminar con todos los papeles y, cuando cobró, ni siquiera pudo ver la cara del cajero cuya voz escuchaba por un micrófono al costado de la vidriera espejada con una ranura abajo donde apenas se distinguían las últimas falanges de los dedos del que a cambio de los papeles le entregó el dinero.
Mucho dinero que esa persona necesitó para pagar unos análisis.
Son enemigos, porque los amigos no reclaman las deudas, al menos los buenos amigos, ellos son pacientes y esperan a que los apuros pasen, son enemigos que no dan la cara, los primeros aparecieron ya hace como dos semanas.
Voces en el teléfono, amenazando, que hay que normalizar los pagos, que el atraso es mucho, que los papeles están en jurídicos, que ejecutarán la hipoteca.
Son enemigos, personajes misteriosos, como los carteros, a los que la persona no les ve la cara, esos que van vienen con malas y buenas noticias.
Como la que llega con la carta, pero la parte que no termina entender es por qué tanta saña, esa persona se pregunta por qué tanta malignidad si se portó bien en los tres años que lleva pagando el crédito y ahora pidió nada más que una pequeña consideración, hasta que consiga trabajo y vuelva a tener sueldos regulares.
No entiende a todos esos, seguramente mandados por los usureros, esos personajes tenebrosos escondidos en recónditos cuchitriles, cuervos de cuevas escondidas que viven de la necesidad de la gente, que prestan alegremente el dinero para cobrárselo en serio después, con creces por cierto.

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