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Sunday, May 27, 2012

costumbres

Costumbres. Ni las riñas de gallos son las tertulias para recitar poesía o cantar unas arias, y las tertulias no son las jineteadas de chinas y paisanos las jineteadas de mulatos y morenos no son lo mismo que los entreveros de la flor y nata del gauchaje, tampoco los son las cinchadas de tipos diestros, los entreveros no son las tertulias de la gente decente y entonada, ni los entreveros son los cielitos bailados a cielo abierto ni los cielitos sin chacareras ni las chacareras son la tabeadas que se arman ni las tabeadas que se juegan ni son la toreadas de la plaza mayor en los corrales del miserere ni la toreadas son las tertulias ni las comidas pantagruélicas de la gente de abolengo, pero él anda por todas partes, típico del vasco que se le dieron las buenas todas una tras otra, por eso sale todas las mañanas temprano desde su casa apenas a un cuarto de legua de la plaza de la victoria o de la plaza mayor del buen ayre como la llaman algunos al final son cuestiones de enfrentamientos entre unos y otros, un poco lejos está aunque tiene varios inmuebles que le sirven como morada en las emergencias cuando tiene que estar cerca, las malas suertes comenzaron a ser buenas suertes y se le fue cambiando groseramente todo desde que se instaló en la aldea cuando tuvo doce años, come en lo de monsieur Ramón y sigue todo el día por donde sus olfatos para los negocios le indiquen, un par de años estuvo de lazarillo de otros comerciantes gallegos que se fueron encariñando con él y en cuenta que él los ayude lo fueron ayudando a armarse de un capital propio que antes de los quince años le permitió con algunos pases convertirse en corredor de matrices de cachemires y sedas que coloca por pedido y por peso entre las familias acomodadas que pagan bien, como los esclavos con los que traficó hasta diciembre de mil ochocientos cinco cuando las suerte le cambió totalmente cuando no alcanzaba a recibir los pedidos que ya tenía que entregar los próximos, todos los pedidos por armas a los milicianos, patricios algunos, arribeños pardos y morenos, húsares, entusiasmados los varones que entrenaban y recibían instrucciones todo el tiempo del coronel Don Cornelio que hasta se priva de las siestas silenciosas aburridas y pegajosas para hacerlo, para enseñarles.

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