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Wednesday, January 11, 2012

vigilias vicios vaciedades

Vigilias vicios vaciedades. El negro Enríquez igual que el Agustín su compañero conoce bien las inclemencias de criarse en los alrededores de los corrales del miserere, bien lejos del cuartel de la temporalidades en el que montan guardia, allá donde terminan las casas importantes y empiezan las plantaciones y las quintas, allá corriendo entre el pecado y el perdón de los más pobres escondidos en los caseríos apiñados entre el adobe y las cortezas de los árboles que se usaron para darles alguna forma, de los que trafican con bestias que venden para las milicias y los transportes regulares de la bulliciosa ciudad, conoce bien de andar patapilas y enterradas las piernas hasta las pantorrillas en los barriales después de las tormentas cuando se viene el cielo abajo, de crecer entre las enaguas armadas de las meretrices que se emperifollan para partir a los prostíbulos de las zonas del centro donde van los caballeros cuando las damas descansan, de escuchas pacientes y silenciosas entre el piar de los gorriones jugando por entremedio de los frutales en las mañanas, el ladrido triste de perros tristes y hambrientos a cualquier hora, y el lamento de los sapos y de los grillos a las noches como custodiando el lugar de cuchilleros y borrachos, vicios de orilleros virtudes de valientes, conoce bien todo eso y ahora le viene en la larga espera del ataque que se vendrá, está seguro que no quiere volver allá después de unos años de haber salido mozo para hacerse soldado de una milicia de hombres parecidos que dan mucho y piden poco casi nada a los señores del triunvirato que cuando les aprietan las botas porque vienen los ingleses o hay confabulaciones vienen a pedirles las ayudas correspondientes las mismas que ahora les niegan, negando a Don Cornelio queriendo que ellos se vuelvan pelones, por eso no mueve ni un dedo para imponer su rango de sargento de los patricios para moverlos a los otros, vacíos como él vacios oficiales y milicianos abatidos por combates y decretos, todos absortos igual que él, silenciosos y expectantes como metidos en la mezcla de la sorpresa que provoca que nadie reconozca sus méritos de milicianos voluntarios y el privilegio que bien se ganaron de andar como se les da las ganas con sus trenzas que los distinguen como ciudadanos de los arrabales de la aldea.

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