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Friday, January 27, 2012
buñuelos y chanfaina
Buñuelos y chanfaina.
Mientras Mariano Benito Rolón, oficial joven con futuro prominente pero por ahora simple emisario, más o menos a la diez de la mañana del ocho de diciembre, retomaba el camino de una media hora hasta el fuerte de la aldea ubicado en el retiro, para avisar a los señores de la junta que lo mandaron que los patricios continuaban iracundos inflexibles enojados ofendidos, ellos, cabos sargentos y simples milicianos, se quedaron expectantes a resguardo del sol que salía en cada pedazo de sombras que por los muros del cuartel de las temporalidades, y por contraste proyectaban la luz y cambiaban sobre cada centímetros de paredes o empedrados por donde pasaba junto con el sol que iba aproximándose al tiempo del mediodía en ese cenit eterno cuando parece haberse detenido ahí encima de esas cabezas con precios no cotizados para aquellos que gobiernan, como niños peor que los niños se quedaron sosteniendo en sus manos frescos buñuelos que uno de los vendedores de la mañana les acercara a cambio de unas monedas céntimos de libras con la miel incluida, como niños peor que los niños esos rudos valientes porteños se quedaron sosteniendo en sus callosas manos esas frituras crocantes mirando al horizonte invisible, como niños peor que los niños asustados pero como desde hace muchos años al pie de los cañones y de las bayonetas, en la vigilia de esperar sin saber muy bien qué es lo que los otros quieren además de pelear por los jefes y esas sofisticadas trenzas en sus cabelleras, como niños peor que los niños esperando la el mediodía y la chanfaina rancia que los sargentos ordenaron calentar en ollas negras con costras de cinco centímetros, como niños peor que los niños pensando en comer cuando están en medio de una guerra con los mismos que hasta ayer nomás estuvieron con ellos para correr a los ingleses.

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