Pages

Friday, September 09, 2011

identidades y gazapos

Identidades y gazapos
No se quejó nunca de su nombre de pila ni de su segundo nombre ni siquiera del tercero que lo vivía cargando a su papá con los compromisos que habrá tenido para ponerle ese y un cuarto compromisos con vaya a saber con quien de la familia o de los amigos como para andar decidiendo con una abundancia que parece medio ridícula en los tiempos que corren pero no se quejó, como no se quejó nunca del apellido paterno ni del materno que como debía ser para un tipo cajetilla pegaba con el paterno, no se quejó ni siquiera del único sobrenombre que sus amigos poco imaginativos le pusieron durante las largas jornadas que compartieron partidos de fútbol, o de voley que no terminaban nuca en el colegio Belgrano o en la comercial donde terminó el secundario, después de muchos espejos después de mirarse mucho apenas tuvo el tamaño para poder hacerlo en el botiquín y en el espejo del baño con dos bisagras y tres puertas que multiplicaban sus imágenes para adelante y para atrás, la cara la nuca el occipucio, las patillas las orejas perfectas, el copo los pómulos el mentón perfectos, los dientes apareciendo con la sonrisa después de la cepillada, imágenes con las que él se fue poniendo conforme y conforme fueron pasando sus tiempos, no podían quedar dudas para tamaño de apodo poco imaginativo de sus amigos que entonces lo conocían bien y conocían que era calentón y pelotudo, pero se las ingeniaron de tanto verle esos pelos como llamas crispando hacia arriba que comenzaban casi tocando el final de su cejas coloradas también y terminaban en puntas que dependían de la cercanía o la lejanía con la última pasada por Don Giovanni el italiano renegado que no personaba con la maquinita mientras se paseaba repasando todos los chimentos del pueblo, como llamas que incendiaban los costados atrás y últimamente la cara cuando pasaban dos o tres días de la última afeitada, no se quejó ni de sus nombres ni de su apellidos ni del único alias que anotaron los milicos el día que lo levantaron directo en la última clase de contabilidad uno, cuando registraron en esos cuadernos que iban de mano en mano para información de todos esos hijos de puta autores de la balacera de palomitas y de todas las que cuentan los compañeros, pero sí estuvo triste y se quejó el día que gracias al turco le cambiaron los papeles para que comenzara una vida nueva, cuando dejó de ser en función de todos sus nombres anteriores de sus apellido y aún del único sobrenombre que tuvo y del único alias con el cual alguna vez lo registraron como posible montonero y dejó de ser en función del único documento nacional de identidad de los que tuvo que sabía todos los números de corrido uno por uno sin ninguna equivocación en el medio.
No le gustaba pero tampoco le disgustaba que lo llamaran contador, en sus soledades se sentía como un ladino como un artero armador de mentiras con apariencia de verdades de falsedades prolijamente registradas en impecables columnas adulteraciones de entradas y salidas minuciosamente resumidas en hojas impecables y foliadas por funcionarios impecables de impecables colegios de contadores o de escribanos, de simulaciones escondidas de las que solamente él sabia en impecables mamotretos colocados en impecables estantes de impecables trabajadores, después de todo él andaba por todos lados y no se daba abasto arreglándoles chanchullos a los pocos comerciantes que había a los chacareros que le mentían a los inspectores una vez al año de la leche que sacaban de sus vacas y de las hectáreas de sembradíos cuya producción vendían, y de vez en cuando dándole una mano también al cura con los balances de las limosnas y los arreglos que hacía en la parroquia, era en definitiva el contador de todos especialmente cuando se trataba de urdir mentirillas para salvar aunque más no fueran unos centavos o un poco más de unos centavos cuando venían los de la cooperativa de teléfonos a pedirle ayuda para una rendición de cuentas que no les alcanzaba con el par de contadores fijos que tenían para ocultar los viáticos que sus funcionarios gastaban en comidas sofisticadas y putas igualmente sofisticadas en ciudades frenéticas a las que viajaban supuestamente por trámites de la empresa, no le gustaba pero tampoco le disgustaba porque vivía divirtiéndose con las boludeces de la contabilidad y además ganaba dinero, no como su gordo y ciego amigo el juglar de la guitarra, pero lo suficiente como para vivir bien con su bruja y dos niños, y lo que le disgustaba eran esos mensajes subliminales que le llegaban con algunos de los que contrataban sus servicios cuando por ojitos o frases como usted sabe contador, le tiraban un guiño que sugería te tengo agarrado de las bolas con la justicia por sí algunas veces lo necesitamos, cuando él bien conocía que a nadie metían en cana por mentir con las partidas dobles los libros diarios o los balances porque si hicieron algo bueno estas bestias de los milicos es copiar de algún lado eso de ajustar por la inflación que doblaba la posibilidad de mentir con las reglas de contabilidad generalmente aceptadas.

No comments:

Post a Comment