
El contraste es muy fuerte: los brasileños, los uruguayos, la gente de Gualeguaychú, de Corrientes, de todo el Litoral, los del Norte argentino no necesitan leyes para alimentar el carnaval. En la ciudad de Buenos Aires, en cambio, cualquier recurso sirve para tratar de devolverle la vida a una fiesta que la mayor parte de los que viven aquí han dejado de sentir y de entender. Hasta cierto momento preciso del pasado porteño -digamos, hasta el comienzo del Proceso- todos esperábamos el carnaval con cierto grado de ilusión. En los años 50 y en los 60, los chicos se pasaban las semanas previas picando papel y fabricando serpentinas caseras, y las mamás, cosiendo disfraces. Los corsos de barrios tan populares como el de Boedo eran brillantes y atractivos. Hoy volvieron los corsos por disposición oficial, pero el resultado es más bien patético: poca gente, calles oscuras, espíritus bastante alicaídos... Tal vez con los feriados que ahora vuelven las cosas vayan cambiando con el paso de los años. Pero el camino tiene que ser inverso, nacer de la genuina alegría del pueblo: es imposible carnavalear por decreto.

textual de caligaris
No comments:
Post a Comment