Mañas de cronopio nostálgico que reemplaza penas por buenas remembranzas, la fragancia del paraíso lleno de drupas globosas y de flores que comenzaban a abrirse cerca de primavera le llegaba como una corriente de energía para la energía que iba perdiendo con los años, por esto en su cotidiana tarea de sacar la hojarasca y colocarle alimento a las gallinas disponía de largos momentos de parsimonia como queriendo que sus pulmones se nutrieran de aquella exótica esencia mezclada con otras de ocasionales gladiolos que su mujer mantenía en macetas o cubas de plásticos de botellas de gaseosas cortadas, la fragancia de la brevas en el verano lo animaban a nuevos enviones sobre los acostumbrados enviones de las rutinas ordinarias como probar sembrar con brotes en semillas de mangos olorosos enterrados en la arena plagada de restos de piedras y de escombros para ver si con paciencia agua y cuidados mínimos pudieran ir convirtiéndose en árboles que crecieran prolongando la especie la vida propia la secuencia, un árbol junto a otro y a otros árboles más vida nueva vida más árboles además de los que tenía otros bálsamos suficientes como si fueran una fuente de brío que aunque fuera un poco le alcanzara parte del brío que iba perdiendo con los años que le llegaba por los pulmones primero antes que por otros lados de todos sus sentidos, la exhalación le llegaba y le bastaban unos minutos aunque se tratara de momentos, de esas esencias dando vueltas en el aire que lo rodeaba y aunque fuera un aire enrarecido por el hollín de la caña que en algún otro lado se quemaba, la fragancia de los mangos en otoño el fuerte olor del fruto terminado le llegaba como una extracto de osadía de la osadía que iba perdiendo con los años, lograba entonces caminar ágil como en los mejores años para cuidar los cultivos de la huerta y recoger los huevos que ponían las gallinas en las mañanas, la fragancia de los limoneros en invierno que proyectaban sombras como si fueran sombras de paraguas en círculos perfectos y el olor de lo naranjos y de los árboles de naranjitas japonesas resistiendo fríos que nunca fueron fríos intensos, le alcanzaba como si se tratara de una lluvia invisible de audacia para la audacia que iba perdiendo con los años, por eso en la cotidiana tarea de entretenerse con su predio y los olores más de una vez contenía las lágrimas antes de soltar el primer sollozo de una llanto solitario, pasaba su tiempo como había pasado el tiempo de los hijos, pasaba su tiempo plantando esos árboles con cuyas fragancias le llegaban la energía los bríos la osadía la audacia que necesitaba para nos sentir nostalgia por el libro que nunca escribiría.
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Thursday, February 24, 2011
mañas de cronopio caminando una infancia de la que lo sacaron sin pregunarle si quería salir
Mañas de cronopio nostálgico que reemplaza penas por buenas remembranzas, la fragancia del paraíso lleno de drupas globosas y de flores que comenzaban a abrirse cerca de primavera le llegaba como una corriente de energía para la energía que iba perdiendo con los años, por esto en su cotidiana tarea de sacar la hojarasca y colocarle alimento a las gallinas disponía de largos momentos de parsimonia como queriendo que sus pulmones se nutrieran de aquella exótica esencia mezclada con otras de ocasionales gladiolos que su mujer mantenía en macetas o cubas de plásticos de botellas de gaseosas cortadas, la fragancia de la brevas en el verano lo animaban a nuevos enviones sobre los acostumbrados enviones de las rutinas ordinarias como probar sembrar con brotes en semillas de mangos olorosos enterrados en la arena plagada de restos de piedras y de escombros para ver si con paciencia agua y cuidados mínimos pudieran ir convirtiéndose en árboles que crecieran prolongando la especie la vida propia la secuencia, un árbol junto a otro y a otros árboles más vida nueva vida más árboles además de los que tenía otros bálsamos suficientes como si fueran una fuente de brío que aunque fuera un poco le alcanzara parte del brío que iba perdiendo con los años que le llegaba por los pulmones primero antes que por otros lados de todos sus sentidos, la exhalación le llegaba y le bastaban unos minutos aunque se tratara de momentos, de esas esencias dando vueltas en el aire que lo rodeaba y aunque fuera un aire enrarecido por el hollín de la caña que en algún otro lado se quemaba, la fragancia de los mangos en otoño el fuerte olor del fruto terminado le llegaba como una extracto de osadía de la osadía que iba perdiendo con los años, lograba entonces caminar ágil como en los mejores años para cuidar los cultivos de la huerta y recoger los huevos que ponían las gallinas en las mañanas, la fragancia de los limoneros en invierno que proyectaban sombras como si fueran sombras de paraguas en círculos perfectos y el olor de lo naranjos y de los árboles de naranjitas japonesas resistiendo fríos que nunca fueron fríos intensos, le alcanzaba como si se tratara de una lluvia invisible de audacia para la audacia que iba perdiendo con los años, por eso en la cotidiana tarea de entretenerse con su predio y los olores más de una vez contenía las lágrimas antes de soltar el primer sollozo de una llanto solitario, pasaba su tiempo como había pasado el tiempo de los hijos, pasaba su tiempo plantando esos árboles con cuyas fragancias le llegaban la energía los bríos la osadía la audacia que necesitaba para nos sentir nostalgia por el libro que nunca escribiría.
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