Mucho antes de que le traspasara la banda presidencial a CFK, Kirchner venía actuando como virtual superministro de Economía. Ninguna decisión relacionada con el manejo de la política económica quedó al margen de su hiperactivismo. Una de sus premisas fue concentrar poder político a través de la caja fiscal para distribuirla discrecionalmente en el reclutamiento de aliados y la penalización de adversarios. Por eso fue el presidente que más espectacularmente aumentó el gasto público, pero también el que inventó más recursos extras para financiarlo, sin reparar en los medios ni en la lluvia de ingresos que aportó un marco internacional extraordinariamente favorable. Su otra premisa fue concebir el manejo de la economía como la base para ganar votos. De ahí que siempre decidiera forzar al máximo el crecimiento del PBI a través del consumo, desentendiéndose de la alta inflación y sus consecuencias sociales. Para camuflarlas recurrió a los aprietes de Guillermo Moreno, la falsificación de las estadísticas del Indec, los subsidios a granel, las desvalorizadas asignaciones por hijo y, últimamente, la hibernación del tipo de cambio. También formó un equipo incondicional: ningún ministro discutía sus decisiones, sólo se limitaba a acatarlas. Y, por si fuera poco, pasó a manejar virtualmente el BCRA.
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