Cuando los romanos invadieron y tomaron el territorio celta, las culturas empezaron a fusionarse. Ellos solían celebrar en noviembre “la fiesta de la Pomona”, dedicada a la diosa de los árboles frutales. Así pronto todo se mezcló: la manzana (como la reina de las frutas), con las brujas, los monstruos y los malos espíritus. Más tarde, con la llegada del cristianismo, estas celebraciones no fueron bien vistas por los sacerdotes, y entonces las convirtieron al catolicismo instituyendo el 1 de noviembre como el Día de Todos los Santos, que en Inglaterra se llamó “All Hallows’Day” y la noche previa “All Hallows’Eve”, lo que derivó por usos y abusos de la lengua en Halloween.
La celebración se quedó en territorio europeo hasta que, a mediados del siglo XIX, los inmigrantes la llevaron a los Estados Unidos. Y desde allí se difundió al mundo. Hoy, como siempre, el protagonista de esta fiesta es el terror, que se manifiesta en un abanico de personajes: zombies, demonios, fantasmas, brujas, gatos negros, vampiros y monstruos tipo Frankenstein. Algunos de sus símbolos son los espantapájaros (se colocaban en los sembrados en la época del fin de la cosecha) y la calabaza, que también tiene su historia. Cuando los irlandeses llevaron la celebración a los Estados Unidos, también acarrearon la leyenda de Jack-o-lantern, un bandolero a quien se le había prohibido la entrada al Cielo y al Infierno; sin embargo, el diablo lo había provisto de una especie de linterna (un nabo con una vela dentro) para que pudiera encontrar su camino. Los norteamericanos encontraron más práctico ahuecar una calabaza para jugar con este símbolo, y de ahí nace esa imagen, entre macabra y risueña, que se identifica con la festividad.
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