El arte de la resurrección se basa en una historia contada de boca en boca, apropiada por el poeta Nicanor Parra para escribir Sermones y prédicas del Cristo de Elqui . De niño, Rivera Letelier escuchaba hablar del Cristo de Elqui en las salitreras y al descubrir el texto de Parra quedó maravillado y decidió narrar esa historia con una convicción de predestinado, puesto que, según sus declaraciones, nadie más que él podía encontrar el tono, el lenguaje, ni conocer a fondo la geografía y la vida de un personaje trashumante en el desierto (como lo fue él mismo). La novela cuenta la historia de Domingo Zárate Vega, un pampino que de pequeño tuvo cierto don para la profecía y luego trabajó con ahínco hasta los veintinueve años, cuando murió su madre, el ser a quien más adoraba en el mundo. Domingo se retira al valle de Elqui, donde lleva una vida de ermitaño. Un día tiene una visión y se da cuenta de que él es nada menos que la reencarnación de Jesucristo, tras lo cual se lanza a predicar por el desierto. Amado e idolatrado por unos, denostado por motivos morales y políticos por otros, la intensidad del Cristo de Elqui y sus efectos también intensos en los pampinos se explican porque "su ardua figura mesiánica era engrandecida por el magnetismo de uno de los desiertos más penitenciales del planeta". El nuevo mesías es un atorrante con aire de mendigo; un Cristo chileno de aspecto estrafalario que predica en el desierto; un Cristo desastrado, de ojos llameantes, cabellos caídos sobre los hombros y agreste barba de profeta bíblico. Ejerce un gran poder de persuasión, sobre todo entre las mujeres que tienen un impulso menos piadoso para seguirlo y reverenciarlo y con las que, de vez en cuando, goza de un acercamiento carnal intenso. Contrario al celibato, cuando emprendió su misión comenzó a buscar a una Magdalena que lo acompañara en su vía crucis, "una mujer que, además de su observancia y fe cristianas, fornicara de todo corazón y sin remilgos": buscaba una imposible prostituta bíblica. Y en medio de anuncios del fin del mundo, de fallidas resurrecciones, sermones y recetas de cura natural, se entera de la existencia de una prostituta devota llamada Magalena (sin "d") Mercado, que ejerce su profesión en La Piojo, oficina salitrera cuyo ignominioso nombre le fue dado por haber sido construida con material de descarte, desechos y sobras de otras dependencias.
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Friday, July 09, 2010
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El arte de la resurrección se basa en una historia contada de boca en boca, apropiada por el poeta Nicanor Parra para escribir Sermones y prédicas del Cristo de Elqui . De niño, Rivera Letelier escuchaba hablar del Cristo de Elqui en las salitreras y al descubrir el texto de Parra quedó maravillado y decidió narrar esa historia con una convicción de predestinado, puesto que, según sus declaraciones, nadie más que él podía encontrar el tono, el lenguaje, ni conocer a fondo la geografía y la vida de un personaje trashumante en el desierto (como lo fue él mismo). La novela cuenta la historia de Domingo Zárate Vega, un pampino que de pequeño tuvo cierto don para la profecía y luego trabajó con ahínco hasta los veintinueve años, cuando murió su madre, el ser a quien más adoraba en el mundo. Domingo se retira al valle de Elqui, donde lleva una vida de ermitaño. Un día tiene una visión y se da cuenta de que él es nada menos que la reencarnación de Jesucristo, tras lo cual se lanza a predicar por el desierto. Amado e idolatrado por unos, denostado por motivos morales y políticos por otros, la intensidad del Cristo de Elqui y sus efectos también intensos en los pampinos se explican porque "su ardua figura mesiánica era engrandecida por el magnetismo de uno de los desiertos más penitenciales del planeta". El nuevo mesías es un atorrante con aire de mendigo; un Cristo chileno de aspecto estrafalario que predica en el desierto; un Cristo desastrado, de ojos llameantes, cabellos caídos sobre los hombros y agreste barba de profeta bíblico. Ejerce un gran poder de persuasión, sobre todo entre las mujeres que tienen un impulso menos piadoso para seguirlo y reverenciarlo y con las que, de vez en cuando, goza de un acercamiento carnal intenso. Contrario al celibato, cuando emprendió su misión comenzó a buscar a una Magdalena que lo acompañara en su vía crucis, "una mujer que, además de su observancia y fe cristianas, fornicara de todo corazón y sin remilgos": buscaba una imposible prostituta bíblica. Y en medio de anuncios del fin del mundo, de fallidas resurrecciones, sermones y recetas de cura natural, se entera de la existencia de una prostituta devota llamada Magalena (sin "d") Mercado, que ejerce su profesión en La Piojo, oficina salitrera cuyo ignominioso nombre le fue dado por haber sido construida con material de descarte, desechos y sobras de otras dependencias.
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