Esclavitudes. De niño fui como los loros que buscamos en la isla en cada safari que hicimos a los que nunca alcanzaban las balas del aire comprimido que tuvimos yo y mis amigos, libre para volar al lugar que quisiera aunque sin las alas verdes rojas amarillas como ellos me divertía por donde andaba con desparpajo y si me cansaba suelto me iba a otros lugares hasta que me cansara de nuevo. Pero con el paso del tiempo noté algunos asomos raros en eso de hacer lo que se me diera las ganas y hacer lo que no tenía tantas ganas de hacer, cuando me enteré que al auto había que cambiarle aceite periódicamente y ponerle grasa en sus amortiguadores cuando tomé las noticias que hay que reponer las cubiertas no se cada cuántos kilómetros y de otros detalles como un lavado por semana que primero comencé haciéndolo en un lavadero automático y después incorporé como un pasatiempo de los sábados, obligaciones menores para placeres mayores dije entonces recordando todo lo que paseamos con el auto imaginando todo lo que pasearíamos. Razonamiento de pelotudo hacerme un filósofo doméstico con una cuestión como esa considerando que mis amigos en situación similar me llevaban alguna ventaja como si toda su vida hubieran tenido vehículo y supieran exactamente lo que había que hacer, ellos disfrutaban de los suyos y me contaban de sus viajes y de paso que me contaban me enseñaban lo que yo no sabía sobre rutinas emergencias obligaciones libertades, algunos de ellos conocedor de menesteres llamaba a todas esas razones el mantenimiento. El placer fue sacrificio de mi parte o al menos motivador de algún sacrificio, el regodeo terminaba seguro en un antónimo de unas horas que fuera se tratara de días comunes de largos meses de muchos años, eran partes de los gajes de tener un cero kilómetro y cuidarle el valor de mercado, el de la reventa, decían mis amigos entendidos, me sentí como que estaba obligado a hacer algunas cosas que o no tenía ganas de hacerlas o que hubiera hecho otras si hubiera podido elegir probablemente en un montón de momentos en los que no tuve ganas de hacer las que hice. Sensaciones diferencias infinitas importantes con aquel momento de empezar a darme cuenta del peso de las obligaciones que aparecen al mismo tiempo que las comodidades sensaciones diferencias con esa parte de mi vida cuando todavía soltero cobré mi primer sueldo de unos doscientos pesos que gaste para demostrarle a mis padres y a mis hermanos que me estaba volviendo independiente la totalidad en regalos, por propia voluntad sin nadie que me obligara a guardar ni siquiera yo lo pensara. La sensación apareció de nuevo en mi inconsciente el día que mi mujer me dijo que comenzáramos a ahorrar para pagarnos unas vacaciones de verano, y ni que hablar de las otras veces con otras disputas para otras demandas por años, días meses enteros, de inventar limitaciones soportar discusiones opiniones diferentes, con los seguros contratados, las tarjetas de crédito y todas las dificultades que aparecieron al mismo tiempo que los beneficios o las reyertas fuertes o interesantes un infierno de obligaciones. Un capítulo aparte fue cuando compramos la casa y lo expreso en plural porque por entonces yo era realmente un plural, de dos por lo menos pero que podía ser de tres o de cuatro porque ya tallaban otras personas como mis padres los parientes de ella los intereses de muchas personas, porque mi mujer había comenzado a trabajar entonces los ingresos eran dobles y todo se doblaba hasta las tensiones las discusiones las tracciones la opiniones, no era dueño de nada de mis decisiones de mi tiempo aunque lo era cada vez más de las cosas que compramos y aunque fueran gananciales como dijeron los abogados hasta el otro día que pensé que serían más que gananciales cuando los escuché a mis dos hijos mayores multiplicando y restando calculando aproximadamente cuánto me queda de vida porque resulta que necesitan la plata que pueden juntar vendiendo la casa que compré con bastante sacrificio. Lastres de mayores. De niño fui como esas aves que molestamos cuando íbamos a cazar loros con los bolsillos llenos de piedras para la honda y nada de dinero en ellos, lo que volvería a hacer aún viejo y lacayo como me siento de los demás y por la muy escasas cosas materiales que me quedan.
Pages
▼
Tuesday, May 04, 2010
libres esclavos
Esclavitudes. De niño fui como los loros que buscamos en la isla en cada safari que hicimos a los que nunca alcanzaban las balas del aire comprimido que tuvimos yo y mis amigos, libre para volar al lugar que quisiera aunque sin las alas verdes rojas amarillas como ellos me divertía por donde andaba con desparpajo y si me cansaba suelto me iba a otros lugares hasta que me cansara de nuevo. Pero con el paso del tiempo noté algunos asomos raros en eso de hacer lo que se me diera las ganas y hacer lo que no tenía tantas ganas de hacer, cuando me enteré que al auto había que cambiarle aceite periódicamente y ponerle grasa en sus amortiguadores cuando tomé las noticias que hay que reponer las cubiertas no se cada cuántos kilómetros y de otros detalles como un lavado por semana que primero comencé haciéndolo en un lavadero automático y después incorporé como un pasatiempo de los sábados, obligaciones menores para placeres mayores dije entonces recordando todo lo que paseamos con el auto imaginando todo lo que pasearíamos. Razonamiento de pelotudo hacerme un filósofo doméstico con una cuestión como esa considerando que mis amigos en situación similar me llevaban alguna ventaja como si toda su vida hubieran tenido vehículo y supieran exactamente lo que había que hacer, ellos disfrutaban de los suyos y me contaban de sus viajes y de paso que me contaban me enseñaban lo que yo no sabía sobre rutinas emergencias obligaciones libertades, algunos de ellos conocedor de menesteres llamaba a todas esas razones el mantenimiento. El placer fue sacrificio de mi parte o al menos motivador de algún sacrificio, el regodeo terminaba seguro en un antónimo de unas horas que fuera se tratara de días comunes de largos meses de muchos años, eran partes de los gajes de tener un cero kilómetro y cuidarle el valor de mercado, el de la reventa, decían mis amigos entendidos, me sentí como que estaba obligado a hacer algunas cosas que o no tenía ganas de hacerlas o que hubiera hecho otras si hubiera podido elegir probablemente en un montón de momentos en los que no tuve ganas de hacer las que hice. Sensaciones diferencias infinitas importantes con aquel momento de empezar a darme cuenta del peso de las obligaciones que aparecen al mismo tiempo que las comodidades sensaciones diferencias con esa parte de mi vida cuando todavía soltero cobré mi primer sueldo de unos doscientos pesos que gaste para demostrarle a mis padres y a mis hermanos que me estaba volviendo independiente la totalidad en regalos, por propia voluntad sin nadie que me obligara a guardar ni siquiera yo lo pensara. La sensación apareció de nuevo en mi inconsciente el día que mi mujer me dijo que comenzáramos a ahorrar para pagarnos unas vacaciones de verano, y ni que hablar de las otras veces con otras disputas para otras demandas por años, días meses enteros, de inventar limitaciones soportar discusiones opiniones diferentes, con los seguros contratados, las tarjetas de crédito y todas las dificultades que aparecieron al mismo tiempo que los beneficios o las reyertas fuertes o interesantes un infierno de obligaciones. Un capítulo aparte fue cuando compramos la casa y lo expreso en plural porque por entonces yo era realmente un plural, de dos por lo menos pero que podía ser de tres o de cuatro porque ya tallaban otras personas como mis padres los parientes de ella los intereses de muchas personas, porque mi mujer había comenzado a trabajar entonces los ingresos eran dobles y todo se doblaba hasta las tensiones las discusiones las tracciones la opiniones, no era dueño de nada de mis decisiones de mi tiempo aunque lo era cada vez más de las cosas que compramos y aunque fueran gananciales como dijeron los abogados hasta el otro día que pensé que serían más que gananciales cuando los escuché a mis dos hijos mayores multiplicando y restando calculando aproximadamente cuánto me queda de vida porque resulta que necesitan la plata que pueden juntar vendiendo la casa que compré con bastante sacrificio. Lastres de mayores. De niño fui como esas aves que molestamos cuando íbamos a cazar loros con los bolsillos llenos de piedras para la honda y nada de dinero en ellos, lo que volvería a hacer aún viejo y lacayo como me siento de los demás y por la muy escasas cosas materiales que me quedan.
No comments:
Post a Comment