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Sunday, May 30, 2010

contrariedades

Entre arcadas y nauseas. Ni se acuerda cuándo esas cosas le revolvían el estomago de cuándo ese tipo de cosas le revolvían las tripas, ni se acuerda si alguna vez se le revolvieron la panza o los intestinos de otras cuestiones que no fuera el hambre inmenso ese hambre que hace mirar para todos los costados para abajo pero más para arriba porque es un hambre que anima a preguntarle a ese señor de arriba porqué descuida a sus siervos si según dijeron los curas que venían con ellos en el viaje que el señor no abandona a sus ovejas y que aunque descarriadas él se presenta en cualquier momento y que hay que ser paciente nomás que ya vendrá con prodigalidad y raciones y todas esas cosas que no mitigan el hambre, la desesperación de pasar jornadas enteras recorriendo la fortaleza si se le puede llamar así como algunos los llaman a estos poblados improvisados a la vera del río con unos cientos de hombres apretados por el riachuelo de un lado y del otro lado urgidos por los salvajes, días recorriendo esa tapera en busca de algún vegetal que crezca a campo traviesa o dependiendo de la voluntad de un alma caritativa que se apiade y convide algo de lo que le sobra, que no hay mucho ni almas ni sobrantes, hambre que se siente todo el tiempo aunque se vean a los hombres tirados enfermos y mugrientos por todos lados lo que también a algunos le revuelve las tripas o la barriga. Ni se acuerda cuándo comenzó a ver como natural que los hombres vayan desapareciendo porque se mueren y entonces los demás los envuelven y los tiran al río o los entierran, o antes de morirse eligen aventurarse río arriba contracorriente adonde dicen hay otros de otras expediciones de Aragón o Castilla, ni se acuerda cuándo comenzaron a parecerle naturales los sarpullidos que sangran y aparecen con el chancro o la tos acompañada de escupitajos de sangre que es su obligación limpiar con trapos o compresas que se confeccionan de cualquier tela como camisas o trusas de difuntos para atender a los que van quedando que restan por carradas, ni se acuerda cuándo comenzó a sobreponerse de todas esas cosas y dar alguna ayuda a esos animosos marineros o corsarios reducidos a la nada desparpajos en algún catre o camastro improvisado porque el que tiene las comodidades es el adelantado o sus subordinados y nadie más los demás como ella la bienaventurada se dan vuelta como pueden y así sean como ella exigentes o afables, ni se acuerda cuándo esas cosas le revolvían ni sabe qué de todo eso que ahora le produce arcadas y náuseas, es que cuando vuelve del hambre a la conciencia se inquieta porque presiente que alguna de la semillitas que los hombres sucios y torpes habrá quedado después de cada violación después de cada encuentro que ellos hacen torpe cuando no tienen porqué serlo.

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