Cuentos de los setenta.
Éramos dos niños, pero caminamos la ciudad de la mano sabiendo que ese día era el día y que debíamos hacerlo porque los dos lo queríamos, caminamos en silencio improvisando conversaciones que cortamos, muy cómodos en nuestra incomodidad de dos tipos sin ideas para hacer lo que no sabíamos qué teníamos hacer, hasta que encontramos las sombras el pretexto de esas sombras que amortiguan las vergüenzas de esas sombras que borran el entorno, de esas sombras que sirven a un encuentro en un lugar del parque, la excusa. Eran las seis de la tarde de un día cualquiera del invierno del setenta y cuatro un día cualquiera para nosotros aunque para otros no lo era por esos años cuando las calles parecían un circo de gente en contra de otra gente y esa en contra de otra gente y así seguían las costras y la gente hasta que llegaba el momento de las dudas de la intolerancia de los golpes la prepotencia. Como nos llegó entonces esa tarde en que abrazados ella y yo explorábamos las partes recónditas de esos cuerpos nuestros que ardían con nosotros descubriéndonos, subiendo y bajando nuestras manos agitados resoplando ardidos en el placer de entendernos en el silencio en el lenguaje del tacto que es más rico que las palabras que los propios gestos. Volvimos de esas alturas rodeados de milicos que nos apuntaban pisamos de nuevo la tierra mientras nos obligaban a identificarnos. Nos detuvieron veinticuatro horas por averiguación de antecedentes y pasamos la prueba de acordarnos de nuestros números del DNI de memoria. Nos curamos de ese espanto pero nos seguimos encontrando en lugares parecidos con las mismas fiebres con las mismas calenturas, y quizás cada uno supimos un poco sin decirnos que el hombre que pelea contra el hombre es un miserable, sea cualquiera el argumento sean cualquiera las banderas que ese hombre enarbole.
No comments:
Post a Comment