
Hipócrita y tarambana. Esa noche cesaron todas las noches de lidiar juntos con el negro. Hasta ahí yo contaba con el comandante Avendaño, lo cargaba y lo recargaba, como el más conspicuo de mis cómplices entrañables, y en el crepúsculo, como en otros anteriores e incontables, había revoloteo de compadres y yo que me preciaba de serlo no me iba a perder ese como nunca estuve ausente en ninguno de esos vuelos. Eran acrobacias espinosas, en épocas de qué dirán y del por algo será, de leer a Marx apenas y de quejarse por quejarse del sistema. A mí me gustaba como a él, uniformarme como el Che en ocasiones, llevar la boina ladeada sobre la frente y andar con borceguíes, pero también me pavoneaba en la variante, de imitar a Palito con desdeño sin saber porqué ese desdeño como si yo fuera alguien para desdeñar a cualquiera, calzar un oxford y zapatos con plataforma. En eso era yo, como un niño de pecho comparado con los otros que andaban ocupados en lavar, o ensuciar cerebros, y yo sabía que se juntaban con él y que él no los juntaba conmigo. Esto no me lo contaba, pero a mí como a él nos alcanzaba con aquello de desabróchese el cerebro tantas veces como la bragueta para sentirnos bien, para amortiguar nuestros impulsos, para hilvanar de alguna forma nuestras fantasías y sueños. Pero algo me quiso decir el negro comandante en las dos o tres veces que nos cruzamos esa noche, caminando por los pasillos y en las tinieblas del antro, el tugurio de esa boite que nos servía para marcar a las minas y pasarnos en mezclas y licuados que petardeaban el cerebro. Me di cuenta que estaba tenebroso, y él debe haber notado que yo andaba de lo más campante como siempre andaba, así que no nos dimos la oportunidad de ser sinceros. Esa noche no hubo los frecuentes reportes de conquistas en el mingitorio, charlas cargadas de exageración y banales, no hubo levantes de niñas imberbes como nosotros y definitivamente, yo estuve posando y él estuvo volado. Con rumbo a casa desencantado borracho y manejando, lo encontré en una esquina haciéndome señas desesperado. En el auto, recostado y escondido en el asiento de atrás, me pidió que manejara sin rumbo y como si no pasara nada, me dijo que lo perseguían y que la lucha obrera, esa del proletariado, le estaba embromando la vida. En minutos interminables me habló de un apagón que se hacía en un pueblo cercano para levantar renegados, y de un milico que en dos ocasiones el mismo día lo detuvo por averiguación de antecedentes y no acordarse el número del documento de memoria. Cuando lo dejé en algún lugar de la ruta solitaria, yo seguí siendo el que era o tal vez del que fuera por pensar en él como un hipócrita, que me ocultó lo suyo como si yo con ese motivo fuera a negarlo, tomarlo a él como un tarambana que pagó con su ausencia el beneficio de cabecillas ingratos y guerrilleros urbanos. Pero a decir verdad, pensando en esa noche, me sigo preguntando si no fui yo el hipócrita por no contarle de mis indiferencias, de mis dudas ligadas a sus convicciones. O si fui un tarambana, porque lo dejé partir con la misma naturalidad con la que un día nos hicimos amigos, como si no pasara nada, sin preguntarle siquiera si era su intención que le escuchara sus angustias, que supiera de sus gustos un poco mejor de ese mundo mejor que el negro soñaba para todos.
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