
Cuento de volar por los aires.
Yo era muy petizo, no un enano pero era muy petizo por esos días, es probable que lo siga siendo. Y ese día en particular me sentía peor de bajito mientras contemplaba la morera cuyo tronco medía calculo ahora, como cuatro o cinco metros aunque esta intuición pueda tener poco sustento y esa altura fuera una señal incuestionable de la escasa cota mía, porque sus ramas abiertas llenas de frutos que comíamos mientras nos manchábamos la ropa estaban mucho más arriba que el techo de mi casa una vieja casona de mitad de siglo veinte cambalache con techos altos y espacios amplios y abiertos. Yo supongo que pesaba unos cincuenta quilos entonces en una edad en que todavía no tenía la preocupación de andar contando los años que eran los míos de unos once o doce, y ese día ese inolvidable día además debo haber estado colgado en alguno de esos sueños candentes otros no tanto de niño sin problemas que frecuentemente tenía y en los que yo mismo me sentía sin nadie que me dijera lo contrario el protagonista de las películas que veía en las funciones de cine en selecta. Yo contemplaba el árbol con la sensación que allá arriba estaba el cielo el camino a mi gloria el firmamento, probablemente ganado de ser un valiente paracaidista sondeando el nirvana elevado que por unos segundos sería como mi casa en la caída, dueño y señor del universo y al tiempo examinando esa nave empinada que me llevaría no sin un esfuerzo mío en la trepada hasta el lugar aproximado desde el que me tiraría con el paracaídas que tenía entre mis manos, una gruesa colcha que le había sacado del ajuar a mi madre y cuyas cuatro puntas como si fueran puntas de la copa de un paraguas yo había unido con soga gruesa. Yo era muy petizo con aires de valiente ordinaria combinación que por esos días y siendo además muy testarudo, me impedían reconocer mis imposibilidades delante de mi hermano y de mis amigos reunidos para ver la prueba mientras ellos ataban ahora los cabos sueltos que tenían con el peso mío el peso de la colcha el peso de la soga y la altura del árbol, además de la gravedad que ya conocíamos sin saber nada de física todos por unos cuantos golpes de esos porrazos que no se olvidan. Empecinado comencé a trepar muy decidido. Cuando estuve en el punto más alto me tiré volando por los aires y después de ver pasar la frazada por delante de mí aterricé estrepitosamente sobre la manta y en el piso de arena. Sentí un ardor en las plantas de los pies y hasta en la coronilla. Dos lágrimas me cayeron de los ojos y me quedé quieto en infinitos segundos para que ninguno de los otros se burlara. No voló ni una mosca, y a mí no me pasó nada pero yo nunca me olvidé de esa experiencia de paracaidista que para mí fue la primera, pero también la última.
No comments:
Post a Comment