
Cuentos míos.
Cada vez que sonaba la campana se nos salía el corazón, ese sonido que varias veces se repetía durante la jornada era el obertura de las temidas bromas, que si éramos unos malos alumnos unos porros de esos, porque no hacíamos bien los deberes, porque no había caso con entenderle a la señorita de matemáticas, por haber sido perdedores en algunas de las competencias internas de la escuela y los chicos y chicas de los grados superiores que se burlaban porque ganaban casi todo lo que se ponía en juego, se nos salía el corazón por la boca se nos hacía un nudo en la garganta con cada campanazo intenso y repetido que lograba dar la portera que era una petisa que apenas alcanzaba la soga y entonces eso de hacerlo todos los días varias veces en el día le molestaba y se ponía de mal humor y nos retaba de cualquier cosa cuando comenzaba y que se ponía de buen humor cuando lograba colgarse de la soga y entonces nos hacía trampas con las sanciones que nos daban, y esos latidos acelerados de nuestros corazones duraban todo el tiempo que andábamos en los recreos o en las horas libres porque faltaba la maestra. Éramos niños y muy imaginativos, y no creo que hayamos sido malos o buenos, éramos sinceros, crueles, directos y nos decíamos las peores cosas por detrás de las maestras porque si nos escuchaban aprovechaban para darnos tediosos discursos de buena educación y de buenos modales o directamente nos mandaban al plantón, y nosotros no aprendíamos nada. Pero ellas, adultas, deben habar tenido sus rencillas que sin llamar la atención de nadie se reflejaba en nosotros, porque esos saltos que ocurrían con el latido de nuestros corazones eran peores en los momentos de entrada y salida de la escuela, cuando nos cruzábamos con los otros, con los burros marcados les decíamos nosotros a los alumnos de la escuela del frente porque como distintivo les hacían colocar un moño azul a todos, eran latidos de resentidos de ojo por ojo de diente por diente que no nos hubieran salido a nosotros por nosotros mismos, porque sabíamos que ellos devolvían los insultos diciendo de nosotros que éramos unos mate cocido por el desayuno que nos daban por indicación del gobierno que consistía en un jarro de la infusión mencionada y un par de bizcochos con grasa. El mote de mate cocido nos tocaba muy adentro, porque si bien entonces no teníamos conciencia, la verdad es que esas frases marcaban nuestras diferencias, ellos eran rubios o al menos castaños claros y nosotros éramos todos bien morochos, sus guardapolvos eran blancos y almidonados como los nuestros pero parecía como que les quedaban mejor y no les brotaba el sarpullido en sus cuellos como a nosotros, ellos tenían plata para comprar lo que ofrecían los que vendían las golosinas nosotros éramos pobres, los veíamos pasar con chupetines inmensos gallinitas con anís y chocolates comprimidos, ellos se iban de vacaciones nosotros nos quedábamos dando vueltas por el pueblo. Esas no eran cosas menores eran rencillas mayores. Éramos chicos pero grandes chismosos.
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