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Tuesday, February 09, 2010

la palabra y la contrapalabra

La isla de una traductora
Me quejé de Helena Lozano Miralles más de una vez en este sitio. Para quien no la conoce, es quien nos hizo llegar las obras más conocidas de Umberto Eco a los hispanoparlantes; sus traducciones siempre deciden ignorar a los latinoamericanos, quienes tenemos que vadear el barro de su prosa aliñada de vocablos y dialectos peninsulares. Me ha complacido comprobar que en el último libro de Eco publicado aquí ("A paso de cangrejo") esta malversadora ha sido sustituida por una española más digna. Pero estoy empezando por el final; debería comenzar contando que fracasé innumerables veces, en distintos puntos, con "La isla del día de antes" (tercera novela de Eco) a causa de su lenguaje, muchas veces ininteligible. Sé que la idea de Eco era alternar dos registros lingüísticos, uno de los cuales quería ser el remilgado barroco del siglo XVII, pero la versión en castellano, opaca en párrafos enteros, profusa en sus arcaísmos, me vencía. Con ánimos renovados, torné al ataque; con ánimos renovadamente frustrados, torné a las fuentes, es decir, al italiano original. Bastó cotejar uno o dos ejemplos del primer capítulo para comprobar la sospecha: Helena es tan infiel como la mitológica parónima griega. Pero es un tipo especial de infidelidad; paso primero por algún ejemplo. Luego de discurrir sobre diversos términos técnicos navales usados por el protagonista en concomitantes idiomas, el narrador termina dejándolos de lado para contar la historia sin más:
Eco:
Tanto che prendo una decisione: cercherò di decifrare le sue intenzioni, e poi userò i termini che ci sono più familiari. Se mi sbaglio, pazienza: la storia non cambia.
Esta última parte significa, literalmente, "usaré los términos que son más familiares; si me equivoco, paciencia: la historia no cambia". En cambio, Lozano Miralles no fue feliz con ese laconismo, y prefirió la paráfrasis:
Helena:
Tanto que he tomado una decisión: intentaré descifrar sus intenciones y luego traduciré usando los términos que me resultan más familiares, pues me ha parecido pasar estas y otras menudencias, porque no venían bien con el propósito principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones.
¿Por qué? Hace pocos años Eco había escrito que "traducir quiere decir comprender el sistema interno de una lengua y la estructura de un texto dado en dicha lengua, y construir un duplicado del sistema textual tal que, bajo una cierta descripción, pueda producir efectos análogos en el lector, sea en el plano semántico y sintáctico, o en el plano estilístico" ("Dire quasi la stessa cosa. Esperienze di traduzione", 2002). Al igual que en Baudolino, la lengua es parte fundamental de la obra; en éste se habla una especie de romance medieval, mientras que en La Isla todo está contado en un italiano del siglo XVII que Lozano Miralles reemplaza con el barroco español heredado de Góngora y Quevedo, mezclado con algo de Cervantes. A fin de lograr este efecto, cambia palabras que en italiano son cristalinas, por otras que en nuestro castellano son rebuscadas o pretenciosas. Ejemplo:
Eco:
Agitato, sognò il suo naufragio, e lo sognò da uomo d'ingegno, per cui anche nei sogni, e soprattutto in quelli, bisogna fare in modo che le proposizioni abbelliscano il concetto, che i rilievi lo ravvivino, le misteriose connessioni lo rendano denso, profondo le considerazioni, elevato le enfasi, dissimulato le allusioni, e le trasmutazioni sottile.
Esa última secuencia, que podría fácilmente traducirse por "las proposiciones embellezcan el concepto, que los relieves lo reaviven, las misteriosas conexiones lo vuelvan denso, profundo las consideraciones, elevado los énfasis, disimulado las alusiones, y las transmutaciones, sutil", fue retorcido para quedar así:
Helena:
Agitado, soñó su naufragio, y lo soñó como hombre de ingenio, por lo que incluso en sueños, y sobre todo en ellos, ha de hacerse de suerte que las proposiciones hermoseen el concepto, que los reparos lo aviven, las conexiones misteriosas lo hagan preñado, profundo las ponderaciones, salido los encarecimientos, disimulado las alusiones, y las transmutaciones sutil.
En otros casos decidió aferrarse a la palabra italiana original para buscar una palabra casi igual en español para lograr un color anómalo:
Helena:
Alpes espumosos dentro de lúbricos sulcos con mieses si no espumas.
cuando
Eco:
Alpi spumose entro lubrici solchi che hanno le schiume trasformate in messi.
"Sulco" es un arcaísmo deliberado por "surco", porque se parecía más al vocablo a traducir. Nada para decir de la forma enrevesada que escribe la simple expresión "surcos que han transformado la espuma en mieses".
Basta con estos ejemplos; no estoy diciendo que Helena hizo esto a espaldas del escritor, ya que seguramente Eco trabajó con ella y le pidió que escribiera en esta vena. Es claro que Eco pretendía ese "duplicado del sistema textual que produzca efectos análogos en el lector en el plano estilístico", y le encargó la tarea a Lozano Miralles: no se puede esperar que una novela narrada en un idiolecto de 1643 se narre en un español neutro adecuado para nosotros, los latinos. El problema (que es compartido por las traducciones joyceanas) es la recreación, o mejor dicho, quién recrea. Una cosa es Umberto Eco, el semiótico, con su gran erudición en literatura italiana, con su bagaje lingüístico a su favor, imitando con fina pluma y buen gusto un estilo arcaico, en fin, una cosa el escritor de la obra original, y otra muy distinta es una oscura traductora española pretendiendo hacer equilibrio entre una mala imitación de Quevedo y una adhesión literal a las voces italianas originales. Y no es que tenga nada contra el uso del español peninsular: leo a los escritores españoles de principios del siglo XVII y me deleito con su uso de la lengua y el "divino ingenio de estos cavalleros"; los malos ejercicios de anacronismos de Helena no son malos porque es Pierre Menard escribiendo el Quijote en el siglo XX, sino porque Helena es mala escritora, porque no es Neruda traduciendo a Shakespeare, no es Borges traduciendo a Whitman. He revisado en otros textos a ese Borges traductor: si bien uno está recibiendo una obra "marcada" por quien la traslada, el resultado es bueno porque justamente esta marca es buena. Simplifiquemos el problema, saquemos del medio a estos libros complejos lingüísticamente, y observemos los otros de Eco que tradujo Helena, digamos, los de crítica o el reciente y prosaico La misteriosa llama de la reina Loana: el trabajo no es menos inepto ni menos pretencioso. Ni menos localista: no tiene problemas en admitir que consideró llevar la historia de Loana, notablemente armada sobre el contexto histórico de la Italia fascista, a una reinvención situada en la España de Franco. Entonces, ¿a quién estamos leyendo? Tal vez esto esté bien para los españoles, pero entonces


Para qué sirven los diarios
Por Humberto Eco
L Espresso
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Sábado 30 de diciembre de 2006 | Publicado en edición impresa

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Durante algunos días los periódicos italianos han salido sin las firmas de sus autores, por lo menos las de los periodistas de planta, no las de los colaboradores extranjeros u ocasionales. Fue una forma de protesta por parte de los periodistas profesionales. He estado de viaje casi todo el mes y no he entendido si la regla valía también para los semanarios (por razones extremadamente misteriosas, se pueden encontrar diarios italianos de la misma mañana incluso en Tombuctú, pero en París y en Zurich los semanarios llegan con siete días de retraso, cuando se tiene suerte). Si la regla vale también para L’Espresso, estoy dispuesto a anonimizarme por solidaridad, aunque tratándose de una columna donde sale también mi caricatura me parece un poco ridículo figurar sin nombre, pero con retrato, a menos que sustituyamos el retrato por un manchón negro.
Ahora bien: el problema no es personal. Estoy reflexionando, más bien, sobre mis sensaciones de lector que se ha encontrado ante artículos acéfalos, por definirlos de alguna manera, donde alguien me habla y no sé quién es, con la añadidura de que, como buen lector italiano, estoy acostumbrado a que los editoriales del periódico estén siempre firmados, no sólo las columnas de opinión.
Alguien podría objetar: “Perdona, un periódico da las noticias y se espera que lo haga de forma verídica, por lo cual si la noticia que te da es importante y tú supones que es verdadera ¿qué te importa quién te la ha dado?”. Objeción férrea si los periódicos fueran todos como esos cuadernillos que se distribuyen gratis en el subte, donde se nos dice, precisamente, que ha habido un nuevo atentado en Bagdad, que ha nevado en el Caribe mientras crecían plátanos en Estocolmo (casos, por desgracia, cada vez más probables), o que Silvio Berlusconi se ha sentido mal durante un acto político. El caso es que los diarios están dejando de ser así.
Han pasado los tiempos en los que se discutía si la prensa era objetiva y si se podían separar los hechos de las opiniones, y cómo. Me acuerdo de furibundas aunque muy cordiales discusiones con Piero Ottone. El defendía un periodismo que entonces llamábamos “a la inglesa”, en el que se separaban los hechos de las opiniones (creo que Ottone se ha resignado, puesto que ahora publica únicamente una columna de opinión), y otros sosteníamos que incluso allí donde esta diferencia se respeta formalmente (un ejemplo modélico es The New York Times, donde los artículos de opinión, firmados, están sólo en las últimas páginas, junto a las cartas de los lectores, y lo demás deberían ser hechos), pues bien, que incluso en ese caso el mero hecho de poner dos sucesos en la misma página (por ejemplo, dos noticias que tratan de un asalto a mano armada por parte de bandidos calabreses) se convierte ya en la sugerencia de una opinión, y que muchos reportajes anglosajones en los que se cita entre comillas a dos señores con opiniones contrarias sobre el mismo hecho suelen ser bastante hipócritas, puesto que es el periodista el que ha elegido a quiénes iba a citar. Pero el problema no atañe ya a aquella antigua polémica.
El problema es que un periódico hoy en día se encuentra en la situación de tener que hablar de hechos de los que ya ha hablado ampliamente la televisión un día antes, por no hablar de los que leen las noticias frescas en Internet. Y, por lo tanto, no puede comportarse como un periódico que, opiniones aparte, da noticia de los hechos, porque si no el lector dejaría de leer los periódicos. Véase, por ejemplo, el Corriere della Sera, que, en la página final, pone una especie de sumario de los hechos relevantes del día anterior. Excelente para los que tienen poco tiempo o no han visto los noticieros de TV (pero si el acontecimiento es notable ya le habrá llegado un mensaje de texto de un amigo). Ahora bien: si ésa fuera la función de un periódico, el Corriere della Sera podría distribuirse gratis en las estaciones con formato de tarjeta de visita, lo cual no llenaría de dicha a sus propietarios, supongo.
Yo cito siempre dos episodios. Uno, la bomba de Piazza Fontana. Cuando sucedió, yo estaba en Nueva York (me divierto coleccionando coartadas para todos los delitos y matanzas) y se me informó del hecho muy temprano, teniendo en cuenta que Nueva York está seis horas adelantada respecto de Italia.
Preocupado, llamé a Milán, y mi mujer, que todavía no había visto el programa de noticias de la noche, no sabía nada. Digo siempre que supe de la matanza con seis horas de antelación. No es verdad, pero da la idea. Muchos años después, a las seis de la tarde, un amigo periodista me llamó diciendo que había muerto Bettino Craxi. Inmediatamente después me llamó por otros motivos mi secretaria y me pareció interesante darle la noticia. Lo sabía ya: alguien le había mandado un mensaje de texto. Llamé a mi mujer. Lo sabía ya: se lo habían dicho por teléfono antes de que la televisión diera la noticia. Díganme ustedes, entonces, para qué sirve un periódico.
A estas alturas, un periódico sirve para empaquetar los hechos con opiniones. Es lo que ahora les pedimos, y puesto que se trata de opiniones sobre los hechos, queremos saber quién expresa esa opinión, si es un autor de quien nos fiamos o un escritorzuelo que habitualmente menospreciamos.
Por eso, un periódico que hace huelga suprimiendo las firmas se vuelve mudo, lo cual significa que la protesta sindical tiene su relevancia.
Por Humberto Eco
L Espresso
(Traducción de Helena Lozano Miralles)

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