Recuerdos del presente, hipocresía y caridad.
A propósito de lo que habló hace muy poco el Santo Padre, de lo que escribió más bien que eso es lo que él hace o debe hacer o lo que le corresponde según la versión de algunos en estas oportunidades en que debe decir algo que le sale desde su doctrina que emana de su formación desde sus principios, para dirigirnos a nosotros que somos los terrenales o los que no estamos con los pies sobre la tierra que es justo el lugar desde donde venimos y hacia donde vamos, inundados o inundando de pecados todo lo que tocamos impregnando de errores y horrores de la misma manera que empapamos de magia de genialidad de avances todo lo que nos rodea no solamente como particulares sino por lo que nos toca como especie, como conjunto o como grupo, acertando y equivocándonos continuamente tropezando dos veces con la misma piedra y diciendo que somos racionales y lógicos al mismo tiempo, a propósito y a la vez de algo que nos está faltando muy adentro nuestro en esa superficie intangible que tenemos por debajo de ese cuero que nos cubre y que nos sacamos mutua y frecuentemente, y bien sabemos que tenemos aunque no la podamos tocar y nada tenga que ver esto con nuestra apariencia que dicho sea de paso es cada vez mejor con las técnica de cirugías y otros tratamientos que se hacen por ahora para que uno se vea mejor de lo que en realidad es, por afuera pero no por adentro que es lo que en definitiva interesa en el largo plazo en el camino de ser mejores de superarnos a nosotros mismos que es en el sentido que él nos pide o mejor nos exhorta como nos exhortó El hace dos mil años, a ser diferentes en algo que tenemos descalibrado en esa superficie intangible que llamamos algunos alma otros karma otros ánima o ánimo pero que son más o menos lo mismo dicho de diferentes formas para eso de lo cual tenemos escasas certezas, la zona de nuestro espíritu que sabemos está delimitada pero no sabemos de qué manera, diferenciada del cuerpo y de lo que identificamos como emociones, marcada por nuestros recuerdos por nuestra particular historia por nuestras angustias por nuestros llantos y por nuestras risas, sonrisas frescas o llantos pesados, ese soplo divino que nos hace diferentes a los de los demás miembros de otras agrupaciones de diferentes linajes por lo menos en el nivel de las comunicaciones que conocemos y de las cuales hemos supuesto desde la profundidad de nuestra historia son de un rango al de las otras especies animales conocidas, ese suspiro impropio que está más allá mucho más allá de nuestra naturaleza física que la trasciende hasta donde podemos saber los que quedamos y todavía queremos creer que es así, alguno de los circuitos de alguna de las docenas de cables que se nos sueltan durante el transcurso de nuestras atribuladas y desorientantes vidas y nuestras circunstancias, en un planeta que está a una distancia más que respetable de ser un lugar confortable para todos como debería ser sin necesidad de forzar nada ni a nadie a personas o personajes que se sientan obligados a ayudarnos a llevar adelante cuestiones que no podemos controlar por nuestra propia cuenta y orden, de todos esos argumentos que sumados sumaron una nueva encíclica, una circular para que seamos más buenos y condescendientes entre nosotros en el mundo, en nuestro países, en el país, en nuestras ciudades y pueblos , en nuestros grupos de amistad en nuestros grupos familiares, para que seamos más dúctiles y más solidarios, más piola con nuestros hermanos pero con todos sin excepciones porque al Santo Padre ni se le pueden haber pasado por la cabeza las curiosas excepciones que nosotros hacemos por aquí con nuestras intolerancias nacionales con nuestras esclavitudes a los bienes que vamos acumulando con el pasar de nuestros años, que más que nada son antojadizas porque en realidad provienen de nuestra torpeza intelectual y emocional, desmayos que cargamos hace una pila de años cuando comenzamos a perder varios rumbos allá por los años sesenta del siglo pasado, esplendores de afuera y derroches de adentro de nuestros perímetros que llamamos continentes o naciones, y que no logramos recuperar con todas las posibilidades que para esto abren los adelantos tecnológicos y los de la gestión de la información, ni esas pequeñas y grandes mentiras que hacen que hagamos asimétrico lo que es simétrico, con una naturalidad que parte el alma de cualquiera pero que en el caso de nosotros no es sincera desde la perspectiva del jefe del vaticano que tiene la razón tal vez su razón y que también por lo menos es la de unos cuantos que pensamos lo mismo, tendrá los defectos que los malhadados le puedan achacar pero un amor por nosotros que solamente un malintencionado puede cuestionar, y entonces lo que es desequilibrado puede pasar a parecernos equilibrado, y lo que es normal anormal, como lo que es malo puede parecernos bueno, que no es con esto y que es con eso, con esa actitud de abrirnos hacia el otro con generosidad, amplitud, objetividad, el padre lo sugiere, que recuperaremos al hombre que perdimos en la inmensidad del mundo y del consumo que nos vuelve locos con lo que los demás tienen y no tenemos nosotros olvidándonos de los que tienen menos o de los que directamente no tienen nada ni siquiera alimento, que nos vuelve locos porque no llegamos en el espacio de una vida gracias a unos cuantos no tan locos y muy vivos que nos dicen que con las instituciones que están con las que tenemos nos sobra para globalizarnos que es un poco copiar lo de afuera como si fuera el mejor ejemplo, que es rejuntarse como andamos desde hace muchos siglos separados, pero que eso no significa que estemos unidos o hermanados, individuos de bajos perfiles que proponen estas cosas porque tienen de más los que los demás tenemos de menos y de mucho menos en algunas partes de este desprolijo planeta y país que tenemos, viviendo en sintonías diferentes que es de temer los resultados que en el mediano plazo vayan a tener, porque mientras nosotros pelamos por acá y por zonceras otros en otros lados ya están pensando en cosas diferentes imaginando el mañana pero no el mañana de mañana sino el mañana de dentro de cincuenta años.
Justamente en nuestro país si se puede llamar país a este rejunte de intereses contrapuestos que tenemos, en este territorio donde uno encuentra más enemigos que amigos así nomás de casualidad o de seguridades relativas, lleno de personas que piensan lo contrario de lo que nos pide que pensemos mancomunadamente el padre de la iglesia católica, o que simplemente no lo piensan y sencillamente lo practican a eso de estar en forma permanente haciendo la contra, estas consideraciones deberían tenerse en cuenta para comprender masiva y rápidamente que no se puede falsear en la caridad, que con aquello y sin esta estamos lesionando al otro, lesionando en serio no hablando de lesiones de lesa humanidad que sirven para cobrar indemnizaciones del gobierno, aunque no haya leyes que nos sirvan para rectificarlo y aunque pensemos que somos de lo mejor y nos desgañitemos afirmando que los únicos que por aquí lesionaron a los demás fueron los militares que pasaron por distintos momentos de nuestra historia, que con esta y sin aquello no alcanzaremos la transparencia que necesitamos para cantarnos las cuarenta es decir todas las verdades pero todas las verdades de verdad en la verdad, de las que nos gustan y de las que no nos gustan y que por esa condición rechazamos como si fueran falacias o ajenas lo que es muy grave esto de descalificar sólo porque proviene del otro, sin medir que esta virtud de ser en el otro depende de una verdad de origen o de varias verdades si es el caso pero nunca de una mentira y menos de una hipocresía, porque es de preguntarse qué misericordia podremos tener cuando no fuimos capaces ni siquiera de armar el proyecto en nuestras relaciones comunes claramente dominadas por el egoísmo y el egocentrismo que nos mortifican y nos consumen como el cáncer más tremendo e irremediable, de qué manera esperamos poder cumplir con eso que tanto falta entre nosotros para compatibilizar nuestras profundas diferencias, las que trabajamos todos los días con el ropaje del consumismo que diariamente nos tiramos encima para ser un poco la envidia de los que nos ven desde lejos o desde cerca, cómo podremos construir este piso para llegar más arriba a ese arriba que el santo padre nos propone y que desde su santidad se ve tan cerca pero que está tan lejos como estamos lejos nosotros de nosotros con nosotros mismos a medida que nos acercamos más a los bienes y servicios que otros también alejados y a la distancia nos acercan y nos venden a precios altos y viles, circunstancia que poco nos importa porque parece que estamos para eso, para darles el gusto a los anónimos gerentes que planifican nuestras vidas y nuestros consumos en vacías y confortables oficinas recibiendo por esas circunstancias premios reconocimientos gratificaciones, cuál será el camino que nos lleve más rápidamente hasta esa conmiseración que nos debemos entre unos y otros, para comprender que se puede ser una multitud en el disenso en el respeto por las diferencias pero en el respeto auténtico y no en el pobremente declamado en el discurso de un mundo mejor aceptando el mundo peor mientras esté lejos de nosotros, como es habitual que nos autocalifiquemos como buenos mientras al frente estén los demás que por transición son los malos. Es de preguntarse el tiempo que nos debe llevar llegar hasta el objetivo, con tanto tiempo perdido en nuestra educación o instrucción más elemental la que nos acerque al objetivo de comprender que el otro está por los mismos motivos y legítimamente por los mismos fines en este espacio que nos tocó encontrarnos, y que no somos quiénes para descalificarlo y mucho menos anularlo o eliminarlo.
Habrá que ver a qué nos animamos hasta dónde llegamos con la capacidad que podemos mostrar para medir el tamaño que debe tener nuestra compasión por quienes nos rodean sin esas comunes confusiones que nos llevan a pensar que somos superiores y estamos por encima de los demás a los que podemos tratar como si fueran unos ningunos cuanto más pobre son o más limitaciones materiales tienen, en un trato degradado por la presunción que quien no tiene es porque no quiere tener y que no tiene ni lucidez ni capacidad ni inteligencia y ni siquiera suerte o ganas para tener, de dónde saldrá la piedad que necesitamos para comprender que la acumulación desproporcionada no está relación con lo divino, que esos son inventos nuestros para justificar las actitudes de los que se hacen los distraídos cuando reciben lo que en otros contextos no hubieran siquiera soñado con tener, piedad que no debe ser sensiblería en el sentido ordinario de esta palabra porque en su sentido patricio la sensiblería nos tiene que significar ser flexible con los otros, con el error de los otros con las equivocaciones por más dolorosas que fueran y hasta que logramos hacerlos ver que vale la pena ser diferente en pos de un mundo más apto para todos antes que para unos cuantos que perdieron la gracia de la virtud el escaso peso de una libertad que no se negocia porque no tiene prescripciones, para algunos porque otros quedaron atrapados al mejor nivel de esclavos de los bienes que acumulan, de las rencillas que siembran, del resentimiento que desparraman a su paso en sus contactos fingidos en sonrisas de cinismo de desapego por el prójimo próximo o lejano porque para el caso es lo mismo la distancia a la que se encuentren lo que importa es la calidad del contacto la cualidad de vínculo con el otro con los otros, de la clemencia que permite la indulgencia con quienes no comulgamos, como habrá muchos o pocos que no comulgan con nosotros, pero con quienes vivimos e interactuamos lo que debe dar lugar a la tolerancia a la ternura oportuna y también a la lástima legítima que debemos sentir por quienes no tuvieron una oportunidad para elegir un pasar diferente, por quienes no pudieron distinguir su historia ni la historia general que les toca, pensando que nosotros podemos arrimarle esa oportunidad para sentir distinto bajando los decibeles las frecuencias las ondas de la intransigencia, del fanatismo exacerbado de creer que podemos tomar nuestro toro por sus astas y elevar nuestras decisiones al nivel de nuestros caprichos y antojos, sin que se equilibren todas estas cuestiones en los lugares por donde andamos pensando que la lástima es un sentimiento que debería haber perdurado en nuestras endurecidas sensibilidades como la ternura de la cual más que nos hemos olvidado, como del celo y del afecto que deberíamos ejercitar y no llevar de la boca para afuera, en conversaciones o mensajes vacíos tirados como desechos a los espacios reales y aún virtuales que vamos definiendo a medida que crecemos y caminamos a nuestros finales iguales, partes de basurales que es adonde hemos dejado la mayor parte de nuestras iniciativas antes, mucho antes, que la internet y las redes invadieran nuestras vidas con una información en el espacio virtual que por lo menos debe ser ordenada para que sirva a nuestras formaciones y no para separarnos o incomunicarnos más como se ve hasta ahora, actitudes que no serán las mejores en el origen pero que tendrán por lo menos el contenido de la autenticidad que borra la mentira que acomoda las dispersiones que nos dañan y nos separan en nuestro rechazo a la hospitalidad, que a veces puede molestarnos porque pueden significar invasiones a nuestros espacios pero que debemos aceptar sabiendo que es muchas veces mejor que estén concurridos antes que vacíos de relaciones y de contenidos, que nos suceda primero esto de vernos en el otro, de ver el reflejo de lo que de verdad somos para comprender mejor y no insistamos en haber olvidado lo que es dar no de lo que sobra sino de lo que tenemos solamente por el ánimo de ayudar al otro porque lo necesita no porque le estamos dando un vuelto que inventamos del dictado de nuestras conciencias que no son tan transparentes como en ocasiones lo decimos, donando, entregando, ayudando sin mentiras sin dobles discursos con competencias reales entre nosotros, con ayudas y protecciones que podamos brindar sin condicionamientos, no aconsejando lo que nosotros mismos no hacemos, con magnanimidad con desprendimiento.
Sin confundir ni siendo portadores de desconciertos particulares que es más o menos lo mismo, porque confundir al otro es como andar y vivir desconcertados nosotros mismos, porque la auténtica caridad no es patrimonio ni del que la da ni del que la recibe y mucho menos de esos vivos que una vez por año y muy bien pagos “transpiran” debajo de las luces de una televisión que por acá también colabora con el desbarajuste de distribuir una misericordia de utilería que no sirve para nada o más bien sirve para la película que en ese momento se escribe y no para las cantidad de películas que después van siendo partes de nuestra propia vida, “transpiran” camisetas que se cambian a cada rato con el slogan que bien podría ser “un sol para los vivos”que son ellos los que tienen los soles del confort del abrigo y el calorcito en el invierno o la brisa fresca de la playa en el verano y a las villas y las miserias a unas pocas cuadras de donde se encuentran, son ellos a los que no les falta nada más que entretenerse un poco más, mucho menos que en grande e importantes organizaciones pasan el día justificando salarios elevados y en dólares con la hueca actitud de estar inventando rediles y días de conmemoraciones para objetivos que no se cumplen como ese que fue uno de los últimos el de que no hubiera población con hambre, primero para el fin del milenio y ahora para algo así como de 2015, o los de los derechos de los niños de la mujeres de las mujeres golpeadas del de las disfunciones o desintegraciones familiares que sirven para congresos interesantes para la gente que va haciendo coincidir la obligación con el mini turismo pero que regresa con lo mismo que con lo que se fue que es con las manos vacías para vencer definitivamente los flagelos que justo tienen que ver con estas cuestiones de hacer algo por los demás, cualquiera hace caridad con la plata ajena mucho más con el aporte de masas anónimas en medio de las cuales hay mucha gente que hace caridad todos los días de su vida y que no necesita recordaciones de nadie, porque si verdaderamente quieren ayudar en la verdad bien se podrían ocupar los trescientos sesenta y cuatro días que les sobra descontado ese día que pasan por la tele, o bien podrían ir dejando partes de sus abultados patrimonios dilapidados en vehículos cuatro por cuatro que incluso no llegan a utilizar y mansiones adonde se mueren aburridos porque no pudieron encontrar el sentido ni de la vida de ellos ni de la vida de los demás. No está bien matar porque te mataron, injuriar porque te injuriaron, odiar porque te odiaron, pero esto no significa que como contraposición uno deba practicar la actitud de poner la otra mejilla ante la agresión y el escarnio que son tan comunes entre nosotros con el verso de una patria que no existe de una nación que hemos dejado maltrecha en el camino de una federación que nunca tuvimos y de una república que aún estamos buscando, que con ese verso hace simplemente de nosotros una mezcla que alguno ha comparado con crisoles que ojalá lo fuéramos de algo porque el tiempo nos corre y continuamos sin ser demasiado y demoramos en alcanzar una amplitud que nos revoque una compasión que muy poco ejercitamos.
Y entonces, habiendo dejado de mentirnos, abandonando esa costumbre que nos apareció vaya a saber cuándo y con cuánta virulencia como la que habitualmente mostramos, así si alguna vez podemos dejar atrás aquello de mentir a los otros de mentirnos a nosotros mismos como si se hubiera tratado de un accidente que tuvimos eso de ver lo que no es o insistir con eso de ver más allá de lo que algo en realidad es, cuando dejemos realmente de prejuzgar sin ver antes, interpretar y juzgar según y por medio de quien corresponde, cuando dejemos de emitir opinión sin fundamento, de contar historias demasiado fantásticas como para ser verdad o demasiado reales como para ser fantásticas o por lo menos del ensueño que nos viene con la esperanza que no deberíamos haber perdido nunca, y nos impregnemos de anécdotas que desborden no solamente nuestra imaginación sino también nuestros preconceptos nuestra historia corta la de nuestra coyuntura la que de verdad y puntualmente no nos hace lo que somos pero que sí tiene importancia en la suma del mediano y largo plazo, que ahí sí definitivamente nos termina caracterizando, cuando nos pase esto y dejemos de pedir ayuda a quien después rechazamos, o remedemos a unos por blancos y a otros por negros, calcando a ese imperialismo que atacamos y al que por otro camino recurrimos para pedir asilo o a ese fenecido comunismo obsoleto que nos sirve cuando necesitamos que alguien no vea como progresistas y después negamos con nuestros actos cotidianos y cuando importa que nos conozcan porque nos consumen en ese mercadeo obsceno del che, cuando dejemos de reconocer méritos que no son cuando dejemos de recitar como si fuera un bello poema una constitución o un himno que están más que bien logrados por quienes los pensaron pero pésimamente interpretados por los que debemos descifrarlos, que somos nosotros todos sin excepciones, cuando dejemos de valorar la oportunidad equivocada porque nos da lo mismo que la oportunidad indicada, de hacer dobles interpretaciones que traemos con dobles discursos o más para circunstancias que dan lugar a una lectura o a un giro con el lenguaje que los decimos nada más, algo menor en nuestra conformación alambicada, algo pasajero y que en consecuencia seamos capaces de ser condescendientes, flexibles con cuantos nos rodean sean los que sean para entender lo que están queriendo transmitir y aún los que no tienen capacidad de transmitir pero sienten fehacientemente que deben hacer por cualquier motivo, habiendo dejado de mentirnos a nosotros mismos de la misma manera que les mentimos a los demás a extraños, cuando la meritocracia sea cierta y efectiva y no para grupos de allegados y amigos que además de trabajar juntos se encuentran los fines de semanas en comidas o asados comunes y en esas ocasiones se reparten cargos y prebendas quitándoselas a otros que de otra manera las hubieran alcanzado aún con más méritos que cualquiera, cuando dejemos de fingir lo que no somos en ese ta te ti de preguntas y respuestas en el que vivimos continuamente, cuando dejemos también de fingir que somos lo que somos, que sobreactuamos o subactuamos de acuerdo a nuestras conveniencias podremos saber de la caridad de la cual nos habló tan claramente el Santo padre hace poco, que nos habló de ella y de la verdad ambas de importancia en el mundo y el país golpeado en el que vivimos.
Santo Padre, alguna vez podremos ser como nos ha pedido en su última encíclica, algún día podremos ser compasivos, cuando aprendamos a reconocer que somos farsantes por sobre otras cualidades no precisamente virtuosas y empecemos a ser menos hipócritas en este deplorable espectáculo de todos los días que llamamos república o país o patria que para el caso da lo mismo a este enredo donde primero no odiamos y nos peleamos entre supuestos hermanos, en este extenso territorio donde la vedette más importante que tenemos es un varón, donde el gol más memorable del deportista más memorable fue hecho con la mano, geografía amplia donde los que gobiernan en realidad legislan y los que legislan ejecutan mientras hacen política y se corrompen y negocian los que deben impartir la justicia, piso donde los cerebros que se nos fugan son los de los desesperados que tenemos una frustración tras otra en un contexto sin oportunidades, zona donde la guerra más importante que tuvimos la perdemos desde Malvinas hasta ahora que es la guerra de ser mejor entre todos y no unos pocos contra todos, hábitat donde el que pierde como en las elecciones en realidad gana, donde los que ganan en realidad han perdido y donde se acaba de aprobar una ley que nos pone en prisión con nuestra libertad de expresión entre otras equivocaciones que pagarán los que nos sucedan en el difícil armado cotidiano de un país que nunca terminamos de armar y que desde hace mucho está inexorablemente desarmado.
No comments:
Post a Comment