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Saturday, February 06, 2010

chau eloy hasta siempre

Mi homenaje póstumo a tomás eloy, con el cual no compartía por ejemplo que era uno más que hablaba mal de los yanquis y vivía en nueva jersey o en boston, o en donde fuera pero justo en el país que asiduamente criticaba, pero a su genio, sin palabras…mías, sobran las del él cuando las tuvo las palabras de un maestro. ¿quién soy yo para hablar de él? Un tipo como él, como cualquiera, tal vez con menos prensa pero no con menos dignidad…..(estas aclaraciones para las amistades del escritor que quedaron con vida y que tienen vida parecida respecto a los norteamericanos, hoy son oficialistas ellos saben porqué y alguna gente cree que son el top de una intelectualidad que por estas geografías no existe por lo menos bajo la forma en la que ellos la cuentan, ahora que comen de la mano de los poderosos de turno, que les haga provecho…)

Ramos Sucre retrato del artista enmascarado
Tomás Eloy Martínez
Sobrevivir sin mella en esa atmósfera le exigió una perfecta e incesante simulación. Construyó su reino a partir de un prolijo asesinato de la realidad. Nada de lo que era merecía serlo. Investigó, para salvarse, las realidades que otros habían engendrado con palabras, en los libros y en los atlas. Desconfió de la lengua que le habían enseñado y se aplicó a desentrañar las lenguas ajenas. Trató de encontrarse a sí mismo (al Ramos Sucre que él estaba recreando) en el latín y el griego, pero cuando advirtió que en ambos había demasiados ecos de las voces familiares (las sombras eruditas del padre y del tío) derivó hacia el alemán, el danés y el holandés.
Apenas sintió que podía anclar confiadamente en su propia imaginación, se entregó al riesgo de la doble vida: por fuera, compartió la rutina de sus contemporáneos -las pensiones de Caracas, las retretas del domingo en la plaza Bolívar, el trabajo monótono de la oficina-; por dentro, organizó un planeta de mandarines y de pintores flamencos, de ánades y lobos, de jinetes ucranianos y princesas en palanquín. En ese paisaje cabían todos los [135] tiempos: desde las cavernas del pithecantropus hasta las desmesuras de la Rusia zarista.
Pronto, imaginación y vida entraron en conflicto. Los horizontes que había soñado empezaron a llamarlo imperiosamente. El tedio del país natal se le volvió intolerable. Para resolver la pugna, decidió viajar a los reinos ilusorios que aparecían en sus poemas. Contemplarlos de frente y sentir que eran idénticos a la torpe realidad que había dejado atrás, fue suficiente para fulminarlo. El 9 de junio de 1930 rindió las armas. Ante el feroz argumento de que la Realidad existía, su Imaginación se había quedado sin defensa.

Hace ya tiempo descubrí, no sin sorpresa, que los azares del periodismo me acercaban con persistencia al tema de la muerte. Hacia 1965 supe, en Hiroshima y Nagasaki, que un hombre puede morir indefinidamente y que la muerte numerosa que al principio pareció intolerable y que luego fue aceptada con indiferencia y hasta olvido. Así lo perdimos... Tomás Eloy Martínez

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