cerca y lejos
Genealogías para mis hijos.
mario paz; diciembre de 2009 en buenos aires mis aires.
Franklin Paz (+1875, -1962) y Catalina Chaudón (+1890, -1970) engendraron a Raúl Ramón Paz (+1925, -2000), Raúl Ramón Paz Chaudón y Sara Socorro Castillo Espósito (+1924, -1997) engendraron a Mario Raúl Paz Castillo (+1952), Mario Raúl Paz Castillo y Mónica Maier Levy (+1958) engendraron a MARÍA JIMENA PAZ MAIER (+1976).
Observación: Liborio Castillo (+1880, -1982) e Isabel Espósito (+1900, -1975) engendraron a Sara Socorro Castillo Espósito.
Hilmar Maier (SIN DATOS) e Inés Levy (SIN DATOS) engendraron a Mónica Maier Levy.
Franklin Paz (+1875, -1962) y Catalina Chaudón (+1890, -1970) engendraron a Raúl Ramón Paz (+1925, -2000), Raúl Ramón Paz Chaudón y Sara Socorro Castillo Espósito (+1924, -1997) engendraron a Mario Raúl Paz Castillo (+1952), Mario Raúl Paz Castillo y Mónica Maier Levy (+1958) engendraron a MARÍA BELÉN PAZ MAIER (+1980).
Observación: Liborio Castillo (+1880, -1982) e Isabel Espósito (+1900, -1975) engendraron a Sara Socorro Castillo Espósito.
Hilmar Maier (SIN DATOS) e Inés Levy (SIN DATOS) engendraron a Mónica Maier Levy.
Franklin Paz (+1875, -1962) y Catalina Chaudón (+1890, -1970) engendraron a Raúl Ramón Paz (+1925, -2000), Raúl Ramón Paz Chaudón y Sara Socorro Castillo Espósito (+1924, -1997) engendraron a Mario Raúl Paz Castillo (+1952), Mario Raúl Paz Castillo y Judith Abigail Scool (+1968) engendraron a JUAN CRUZ PAZ SCOOL (+1995).
Observación: Liborio Castillo (+1880, -1982) e Isabel Espósito (+1900, -1975) engendraron a Sara Socorro Castillo Espósito.
Humberto Scool (SIN DATOS) y Rosa Arce (SIN DATOS) engendraron a Judith Abigail Scool Arce.
Franklin Paz (+1875, -1962) y Catalina Chaudón (+1890, -1970) engendraron a Raúl Ramón Paz (+1925, -2000), Raúl Ramón Paz Chaudón y Sara Socorro Castillo Espósito (+1924, -1997) engendraron a Mario Raúl Paz Castillo (+1952), Mario Raúl Paz Castillo y Judith Abigail Scool (+1968) engendraron a MARIO RAÚL PAZ SCOOL (+1999).
Observación: Liborio Castillo (+1880, -1982) e Isabel Espósito (+1900, -1975) engendraron a Sara Socorro Castillo Espósito.
Humberto Scool (SIN DATOS) y Rosa Arce (SIN DATOS) engendraron a Judith Abigail Scool Arce.
Por los cuentos familiares se sabe que Franklin Paz (+1875, -1962) fue un criollo bien criollazo que vivió en el chaco de Santiago del Estero, en los últimos años del siglo XIX, donde fue muy común hasta aproximadamente los años veinte del siglo XX la explotación (depredación) del quebracho colorado que se utilizaba para la fabricación de listones que luego se manipulaban como durmientes para realizar los trabajos en el ferrocarril que desde el principio fue diseñado para recorrer a lo largo y muy poco transversalmente el territorio argentino, trabajos en rieles, trabajos de mantenimiento, trabajo para conseguir el material rodante de pasajeros y de cargas que fueron un medio de transporte muy utilizado durante la primera mitad del siglo XX, y etcétera. Franklin era un tipo alto (¿1,8 metros más o menos?) bien parecido y de contextura fuerte aunque yo lo conocí viejo y con los achaques encima, usaba anteojos muy pequeños redondos y en los años cincuenta estaba enfermo (más de viejo que de enfermedades conocidas y de las cuales en realidad no tomé conciencia ni pregunté después) y no conversaba demasiado con los que lo rodeaban, más bien parecía que andaba maldiciendo y gruñendo por lo bajo, ahora recién lo pienso (creo que debo haber tenido 6 o 7 años cuando lo vi porque en esos tiempos se sacaban fotos familiares en las que “entraban” todos) de vaya a saber qué cosas difíciles, posiblemente de esas que la vida muestra muy seguido en el final de la carrera. Era un patriarca bien de su época, lo que quería decir que no se ocupaba de nada más que de sus asuntos o de los asuntos relacionados con las finanzas de la casa o con la parte que le tocaba a él porque de los siete hijos que tuvo con Catalina (Alba, Franklin, Olga, Oscar, Mario, Raúl (mi papá), Elsa) por lo menos cinco ya estaban independizados en las décadas del cincuenta y sesenta, era muy varoncito y tenía a los trotes a las mujeres de la familia que para eso estaban, entre ellas a Catalina su mujer y las hijas Olga, Elsa y Alba. Por los cuentos familiares, que son solamente eso por lo que se puede deducir de papeles que nunca se vieron, que tal vez sean o tal vez no, tenía algún sustento la conclusión que era descendiente de José María Paz un general argentino conocido como el manco y que falleció en 1854, este general era cordobés pero en sus primeros años estuvo ligado a la vida Santiagueña porque estuvo internado en el seminario de Loreto, en el límite con Atamiski, Salavina, y otras poblaciones en las que había explotaciones del quebracho y donde es evidente deben haber vivido también los ancestros inmediatos del mismo Franklin. Es probable que Franklin Paz haya sido hijo de un hijo o sobrino del General cuyo apellido materno era Haedo. Porque José María Paz estuvo casado con una sobrina de nombre Margarita Weild con quien tuvo nueve hijos de los cuales terminaron muriendo seis muy jóvenes, pero pensado de otra manera es improbable una relación de Franklin Paz con esta línea porque el General terminó sus días más por Buenos Aires que por el mismo Córdoba adonde hoy están sus restos según los historiadores, salvo algún desliz de juventud de proyecto de general que en la época eran bastante comunes, como ahora, con la diferencia que antes los tipos se hacían cargo y para distinguirlos de los hijos reconocidos a los descendientes en esta línea se los llamaba entenados. Puede ser también que la ascendencia familiar de los Paz pueda encontrarse por el lado de un primo del militar, de un tío, un medio hermano o entenado como se decía por esa época a los hijos extramatrimoniales, y que por algunos motivos tampoco quedaban registrados en la tradición familiar de la que se los excluía a propósito o se los incorporaba con derechos y deberes parecidos a los de los demás hijos, hayan vivido por la zona de Santiago del Estero o San Miguel de Tucumán. Franklin Paz tuvo una propiedad en la calle La Plata (al 200) de la capital santiagueña, también por historias familiares se supo que muchas de sus adquisiciones materiales, como esa, las había conseguido con el fruto de su trabajo como capataz de desmontes, y también en mesas de juego porque parece que al viejo que habrá sido joven alguna vez como también niño como cualquiera, le gustaba la timba y la timba fuerte como en esa época como en todas las épocas. Estos datos los aportó el tío Mario (+1920, - 2002) que guardaba recuerdos de haber acompañado desde muy pequeño a su padre que se desplazaba en lujosos carruajes o sulquis y que mientras estaban juntos le enseñaba las buenas maneras del trato con las personas fueran de la clase que fueran.
Catalina Chaudón era la hija, nunca pude saber ni tampoco pregunté, si la única o una entre varios hermanos, de unos inmigrantes franceses – probablemente escapando de la primera Guerra Mundial - que vinieron a Argentina en la época de construcción y extensión del ferrocarril cuando lo administraban los ingleses en sociedad con los franceses, y este medio de transporte era el corazón de buena parte del desarrollo y el crecimiento de Argentina, o el propulsor principal del movimiento económico y social de vastas zonas del territorio. Catalina era una mujer que evidentemente debe haber sido bella cuando joven, de ojos claros y una figura altiva no arrogante, más esbelta que altanera en el sentido de airosa que en los años de la década del sesenta se paseaba silenciosa por la casa de calle La Plata encamisada en esos batones de entre casa que todavía hoy algunas mujeres se ponen cuando andan por la casa y con esas tareas difíciles de lavar, planchar, cocinar, que por los años cincuenta o sesenta del siglo pasado eran bastante pesadas (la última vez que la vi yo debo haber tenido diecisiete dieciocho años), por lo menos es lo que recuerdo, de entonces cuando repasando a la distancia pude darme cuenta que hubo un “quiebre” importante en las formas de hacer esas tareas gracias a los inventos que por esos años las modificaron o las cambiaron para siempre, como el de la cocina a combustible líquido o en gas que reemplazaba la cocina a leña o a carbón, el lavarropas semiautomático, y algunos otros como la plancha por ejemplo que pasó de ser un recipiente que se llenaba con carbón encendido a un dispositivo que se calentaba por corriente eléctrica. Catalina Chaudón fue ama de casa en el sentido preciso de la palabra, toda su vida estuvo dedicada a llevar sus roles de esposa y de madre de siete hijos entre las cuales estaban las mujeres mencionadas antes y entre los varones Mario, Franklin (le decían Nene), Oscar (le decían Chito) y Raúl (le decían Pila, mi inolvidable papá) que con Elsa hacían la suma de dos que eran los últimos que habían llegado a la familia. No se pudo establecer nunca, y tampoco lo profundicé, si Catalina tuvo parientes de ramas cercanas en Argentina, probablemente los haya tenido, y seguro que debe haber algún vestigio de su familia en algunas zonas de Francia. Murió luego de un largo proceso de deterioro cerebral que se le manifestaba como un espantoso delirium tremens, una manifestación dolorosa para quienes la cuidaban porque decía iniquidades a cualquiera, malas palabras, insultos, improperios que por ratos parecían que provenían más de la boca del diablo que de la de una señora recatada, porque en su gran mayoría tenían que ver con cuestiones sexuales y obscenidades muy jugadas.
Yo pude conocerlos, a Catalina y a Franklin, en Santiago del Estero en la calle de La Plata, muy poco durante un período que fue desde más o menos el año sesenta hasta el setenta y seis, a partir del cual se hizo muy difícil el viaje desde Jujuy adonde vivíamos y hasta ahí, por lo que llamaban el proceso de reorganización nacional que por entonces yo no entendía lo que era pero después pude saber que no era ni más ni menos que los militares controlando todo sobre las vidas de las personas, especialmente en la zona de San Miguel de Tucumán, en la que organizaciones como el ERP o Los montoneros intentaban de todo para penetrar un sistema que no los aceptaba y que definitivamente nunca los aceptó, por lo menos las personas más comunes y humildes, no los querían. A mis abuelos paternos los conocí en ocasión que convocaron a una foto familiar que se llegó a sacar por el año 1959 o 1960 no recuerdo muy bien, y para lo que hubo que ponerse de acuerdo entre todos, dar y ceder posiciones encontradas, de amores y de odios, diatribas que por esa época yo no sabía siquiera qué significaban, pero que un poco significaban peleas y discusiones entre gente de la misma familia. Pero lo que sí recuerdo son detalles de semejante despliegue que significaba poner de acuerdo a tanta gente (cerca de setenta personas) para una foto familiar, a ese entramado de primos, cuñados y cuñadas, hermanos de sangre y políticos, suegros, yernos y nueras, etcétera, etcétera, que con su mejores galas quedaron inmortalizadas en el recuerdo de una foto que la verdad no sé si alguien guardará todavía, porque difusamente tengo el recuerdo que a mi madre no le conjugaban esos verbos familiares entonces en nuestra casa y por lo menos públicamente no estuvo nunca esa foto. O más que eso lo que recuerdo haber vivido es esa compleja inexpugnable construcción de sonrisas simpatías broncas e impotencias que terminaban en ese par de días que duró toda la ceremonia, una eternidad para ciertos rencores o enfrentamientos familiares, en reuniones parciales y sesgadas de no más de seis o siete personas, en los mil rincones de una casa que a mí me parecía inmensa, como mis mayores a los que no los pasaba siquiera de la cintura, y entre las cuales habría alguno perjudicado y algún otro consolando o recomponiendo relaciones desgastadas o descontroladas. Recuerdo la casa grande de los abuelos, una construcción importante, amplia de techos elevados y puertas anchas y altas, los dos o tres patios internos, los dormitorios impenetrables de los viejos, los otros dormitorios en los que podíamos andar jugando con los primos u otros niños que anduvieran ocasionalmente por esos días. Recuerdo una cocina amplia, tan amplia que había lugar para una mesa grande alrededor de la cual por lo menos se sentaban diez personas a tomar mates y a charlar, y aún hoy retengo el recuerdo del olor del carbón prendido y quemado. Recuerdo a mis primos hermanos, o por lo menos a algunos al gordo (Luis Alberto) y a María Pía De la Rúa Paz (decían que eran parientes del De la Rúa que fue presidente), a Dito hermano de Eva, Chiqui y Adriana, todos hijos del Tío Nene y de la Tía Pelada, a Oqui (por Oscar) el hijo mayor del tío Chito, el negro (Oscar chico), la gorda (Olga) y Dita que era una de mis primas que tenía parálisis infantil, una parálisis sobre la cual aparentemente no se podía preguntar por entonces. De todos ellos debe haber ramas familiares en Santiago del Estero Capital. Los otros primos, Pico (José María) y Estela eran de Ledesma de donde éramos nosotros también. De esta rama de los Paz nunca hubo herencia de bienes materiales o valores que me dejara mi padre, lo cuento sólo para que quienes lean sepan de la novedad porque tampoco les estoy dejando nada a mis propios hijos que espero que comprendan que es mejor pasar por esta vida un poco liviano de cargamentos, a mi padre “parece”, le regalaron un viejo y herrumbrado revolver tipo colt cuarenta y cinco que había pertenecido al abuelo en sus épocas de capataz de campo.
Liborio Castillo fue mi abuelo materno y de él sí que me acuerdo porque tuve la posibilidad de conocerlo y de disfrutar de su compañía hasta bien entrada mi juventud, esto es hasta más o menos los veintidós años. Para los registros de la herencia genética, Liborio murió apenas pasados los cien años, casi de muerte natural y con todo su físico venido a menos más por los años que por enfermedades evidentes, pero más que conservado teniendo en cuenta una vida que no debe haber sido ni fácil ni placentera porque estaba hecho casi por su cuenta porque no contaba con familia directa y tuvo trabajos que en sus épocas no eran fáciles como el de comisario en toda la zona de Rosario de Lerma y los pueblitos que hoy están ubicados cerca del dique Cabra Corral, en el Valle Salteño. Según deduzco de algunas de su débiles versiones, era hijo natural –entenado- no sé si de José Evaristo o de José Félix (hijo de Evaristo) de Uriburo, ambos militares que se distinguieron en el nivel nacional, incluso el segundo como presidente argentino, hay versiones familiares (puteríos) que indican que tuvo alguna amistad o amorío con una Uriburo que en algún momento le quiso ceder en vida algunas tierras en una zona que hoy por hoy es rica en muchos aspectos, como para la agricultura, o el turismo por ejemplo, y que él no aceptó vaya a saber porqué, la cuestión que probablemente por esto y por los ahorros que pueda haber podido hacer durante su larga vida es que terminó de propietario de dos parcelas en la ciudad muy bien ubicadas ya en la época que yo las conocí, fines del cincuenta principios de los sesenta, de la que más me acuerdo porque viví allí es de Pueyrredón 952 en donde había una casa bastante importante de unos ocho metros de frente y unos cincuenta metros de fondo que entiendo que por los años noventa los que heredaron (entre los cuales yo no estuve, porque mi madre igual que mi padre había cedido a favor de sus hermanos) vendieron seguramente a buen precio no sé a quién, de la otras lo que más recuerdo es que está en la calle Alsina debes ser una altura del cuatrocientos o una referencia es que es a unas cuatro cuadras de Virrey Toledo la avenida importante de la ciudad, tampoco los hijo de Raúl y Sara heredamos nada de esto que creo sigue siendo una propiedad de los que son de la familia y dueños. En esto están involucrado un tío abuelo de Uds. Carlos Castillo (hermano de Sara la abuela y que eran cinco: Sara, Rubén, Marta, Carlos e Isabel) y los primos directos César, el Colo y Martín los tres hijos de la Tía Negra (Isabel, fallecida en 1999) y de Carlos Barrios. Volviendo al abuelo Liborio, Liborionauta como le puse en uno de mis escritos) era un hombre menudo (medía más o menos 1,6 y pesaría unos setenta kilos) que no perdía la compostura ni la elegancia así a los ojos de nosotros que lo observábamos su ropa estuviera un poco pasada de moda o ajada, siempre vestía traje negro camisa blanca y corbata negra y no se olvidaba nunca el remate de un sombrero negro que en su época distinguía al caballero de los demás individuos de la plebe, en una sociedad rígida como era la sociedad salteña de aquellos años. Yo lo visitaba con cierta periodicidad tipo doce del mediodía y me quedaba conversando con él un par de horas que mucho aprovechaba apuntando retazos de historias leyendas o fábulas que me contaba, en verano a la sombra de una inmensa y fructífera higuera que daba unos frutos inmensos y carnosos con los cuales yo me atragantaba, de esa época es que tengo una fijación que seguramente me estigmatizará hasta que me muera, donde veo un higo me paro y lo compro o lo pruebo, de cualquier manera fresco, podrido, desecado, y en invierno en la intimidad austera, monacal, medio sombría y mágica de su dormitorio que concentraba todo o casi todo, porque en el mismo cuarto cocinaba comía y tenía el viejo su despensa. Todo en ese ambiente preservaba sus maneras y forma de ser, incluso una botella con agua que ubicaba sin olvidarse en el piso apuntando al mismo centro de su cama, una ceremonia cuya explicación me dio cuando le pregunté los motivos diciéndome que le servía para varias cuestiones como la de mantener en calma a los espíritus de los que ya no estaban como la de nutrirse de una energía que provenía del más allá y que por lo que él contaba le hacía más que bien. Lo que más atesoré de mi abuelo Liborio fueron las interesantes historias que contaba de su juventud y para la época en que en la Argentina se festejó el centenario de esta patria vapuleada que tenemos, como parte del personal de policía, y comprometido seguramente por autoridades locales, él había viajado con un contingente de policía y civiles, gauchos especialmente, que desfilaron en Avenida de Mayo ante la infanta regordeta y atrevida venida desde España. Hay un cuento mío sobre esto que se llama “El hilo blanco de la luna negra”. También disfrutaba cuando veía que mi abuela retornaba todos los días desde el mercado al que iba temprano en las mañanas, nunca pude saber muy bien a qué, pero seguramente a tomarse unas copas con los amigos y conocidos. Cada día salía y llegaba orgullosamente montado en una bicicleta tipo inglesa, una bicicleta negra y resistente que era su vehículo más preciado. No estuve cerca de él cuando partió, pensándolo ahora tal vez no quise estarlo, pero no me arrepiento porque conservo, y me ayuda seguramente en muchas ocasiones, el recuerdo de su vitalidad las ganas de vivir su altivez y su prestancia que conservó hasta el final, porque aún con el natural debilitamiento de su físico (se le cayeron los párpados por lo menos) se mantenía entusiasmado con todo y por todo. No se lo pregunté, pero creo que mi abuelo Liborio tenía un secreto que le sirvió para vivir unos años más de los que hubiera vivido de otra manera, y es que en sus últimos cuarenta años (más o menos desde los cincuenta) se había aislado de los parientes hasta de los más cercano, no estaba peleado porque de hecho los visitaba, pero no convivía con ellos no compartía su cotidianidad, probablemente eso le haya disminuido preocupaciones y mala sangre.
A Isabel, mi abuela materna, también la conocí bastante, estuve ligado a ella muy intensamente más de dos pares de años entre el sesenta y nueve (año en que comencé la universidad, en realidad mil novecientos setenta) y el setenta y cinco año en el que murió (exactamente no me acuerdo), menos cuando falleció porque yo estaba en Ledesma (Jujuy) y ella en la ciudad de Salta, una noche si mal no recuerdo de enero del setenta y cinco, cuando dejó de existir después de un infarto, desperfecto genético que portamos por parte de los Castillo y que deben tener en cuenta en algunos momentos de sus vidas, porque después de mi abuela y por el mismo motivo fallecieron mi tío Rubén, mi madre Sara y mi tía Negra en ese orden. Isabel fue una tipa bastante piola, educada con los cánones machistas de principios del siglo veinte según los cuales ella se ocupaba de la casa y de los hijos mientras el marido Liborio se ocupaba de arrimar recursos y supongo que a descansar de las responsabilidades como lo comentaba anteriormente. Era callada, risueña, sufrida no se quejaba de nada, de andar con dificultad entiendo ahora porque era un poco gordita y probablemente esto y los años hayan influido en eso, aunque ahora también pienso que sobre los rasgos de su carácter también haya sido determinante su condición de hija de españoles originales que esta era la genealogía que por ella tuvimos y tendremos así sigan pasando los años. Nos cuidaba, a mí y a mi hermano Carlos Marcelo Ramón Paz (+1954) durante nuestros primeros años de universidad, nos hacía comidas suculentas y ricas, además de la leche cuajada (cuando no había yogures) y de las empanadas que hacía ayudada por mi tío Rubén que era él el que más se ocupaba de esta comida y de un locro que comíamos bastante seguido y que tampoco puedo olvidar, como los quesillos que mi tía Marta compraba a una señora que bajaba de los cerros montada en un burrito todos los sábados y dejaba además tamales, humitas, y otras comidas cuyos olores y sabores quedaron guardados en mi memoria como si fuera en un disco rígido, y me arrepiento de no haberme interesado entonces en preguntar de secretos y recetas de comidas que se van perdiendo con el paso del tiempo. Isabel se ocupaba también de que estuviéramos aseados y limpios, de enseñarnos algunos principios de buen comportamiento y otras maneras que me parece que mi madre le pedía expresamente y que además retribuía con algún dinero tipo pensión. Al lado de ella pasé años felices, disfrutando de las granadas que daba un añoso árbol que había en el patio y del programa La tuerca en años en que la televisión era casi un lujo cuando uno era de clase media, tiritando en un comedor abierto en invierno y aprovechando el aire fresco que hay en el verano seco de Salta en el mismo comedor, del que disparábamos para refugiarnos cerca de la cocina a leña en los días de inviernos fríos, o quedándonos para sentir el aire fresco en siestas calurosas en veranos intensos.
Esta es una actualización terminada el 29 de diciembre de 2009.
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