De colores.
De colores su vida sin dolores cardinales que tuviera de adentro o de afuera, una vida sin dobleces hermosa y de colores, una hilera de luces sin sombras llamativa vistosa original, como una candileja eso era, iluminada plena y entera su vida, eternamente etérea y entera poniendo de su parte la cordura para todo y pensada por quienes lo formaban en la protección confortable que tenía en su morada, moldeada en el agradecimiento prudente al señor por los panes que se multiplicaban por decenas en el éxito de un hogar bien constituido como quiso verla a su vida su mamá, como ella decía una vida en la que no había ni altos ni bajos una vida amarilla intensa como era el color de los claveles que ella misma se compraba sin importarle que para los otros era el color de la mala suerte, lo que no le importaba como no le importaba que los otros preguntaban porqué asociaba el amarillo con la pasión y la prudencia, completa su vida imaginada con el norte en dirección a las virtudes que sus progenitores le enseñaban, austera frugal con los medios que alcanzaban para todo pero que no sobraban para nada, una vida trabajada en la soberbia con un toque de humildad y de silencios oportunos, una vida conducida en la soberbia contenida casi rozando la modestia y en la suficiencia no declarada como quiso verla a su vida su papá, al que le encantaba el rojo de la franja que cruzaba la camiseta de su equipo preferido aunque no lo confesaba, el rojo potente también con que él creía estaban coloreadas sus emociones las de toda la familia y aunque los otros por pelear dijeran que se trataba del color del diablo del color de la energía vista como el fuego. De colores su vida, deslumbrante, y él ya de grande haciendo que parezca recién retocada, y él terciando para que aparezca como una vida recién pintada como una vida recién revocada, tenía siempre las mismas salidas porque no podía despegarse de los emblemas técnicos después de todo él y su padre lo eran les encantaba desarmar todo para mirarlo y armar todo de nuevo, una vida sin huellas de heridas profundas, sin agujeros virtuales de desconcierto importante por lo menos al conocimiento de los otros, no se podían enterar de sus miserias los otros así como así decía en cada circunstancia de dificultades su mamá los trapos sucios se lavan adentro de la casa sentenciaba siempre su papá con la complicidad de su mamá, sin rugosidades de secuelas de broncas ajenas de rencores perniciosos de dañina inquina de tirria impropia, lo malo disimulado para que no se note lo bueno potenciado para que se note, como cuando brincaba y se puso contento porque ahí nomás de recibido y de comenzar a buscar consiguió trabajo, albricias festejaba entonces buenas noticias que asociaba con el verde de la esperanza, su primer trabajo en un trabajo en el que lo contrataron de ingeniero un laburo adonde lo llamaron ingeniero por primera vez y lo seguirían llamando mientras estuvo, cada vez que protocolizaban el trato con él en los infinitos cruces de decisiones que se tomaban buenas y malas decisiones que al final después podían ser buenas o malas noticias para la gente que vivía de los frutos del trabajo de todos, de la transpiración de la mayoría, de la avivada de los jefes chupamedias, de las directivas de los dueños y herederos del ingenio, un trabajo donde era ingeniero adentro y continuaba siendo ingeniero afuera de la fábrica, caminando para su casa, en el cine, en las quermeses que organizaba el cura y la gente de la parroquia para recaudar fondos para la iglesia, los mismos fondos que los fieles dejaban de poner como limosna en la iglesia como si fueran infieles de mierda y no fieles ovejas no descarriadas y obedientes, ingeniero seguía siendo con el paso del tiempo y cuando ya la gente lo conocía y con animosidad afecto o lo que sintiera lo saludaba o cuando se refería a él como señor ingeniero como don fulano el ingeniero, en relaciones cotidianas en las que se mezclaban la admiración ponderada la reverencia procaz el fervor exagerado, el recelo la insumisión y la distancia por las dudas había trascartón de ese trato deferente algún pedido sin vueltas de favores, alabándole para conseguirlos su laboriosidad su disposición para el trabajo en los grupos que se armaban para llegar a la gente con el evangelio como si fueran la imagen reflejada en un espejo de una escalera mirada en bajada porque se repetían en la capilla las mismas jerarquías que se daban en la fábrica y esto además de poco divertido era muy pesado, porque los jefes de allá seguían siendo los jefes de acá y los empleados de allá seguían siendo empleados acá. Y entonces de la misma forma que allá había cargos más importantes o menos importantes que otros y que ocupaban ellos o los otros de la misma forma bajaban las instrucciones cuando se trataba de salir a garronear la ropa y la mercadería que se utilizaban para la caridad entre tanta gente y así como había trabajos para los que todos se ofrecían había otros que ninguno quería hacer como ese de andar rastreando donadores por todo el pueblo para lo que había que patear mucho en cualquier momento con sol o con lluvia con calor o con frío, balanceando la caridad con la avivada porque entonces los de más abajo se preguntaban por qué cornos los de más arriba en vez de estar dando las ordenes no salían con ellos si eran tan hermanos como ellos y los de arriba seguían pensando que había trabajo exclusivo para los de más abajo y que en la vida había que ser humilde y aceptar lo que el señor mandaba a cada uno como tarea en esta tierra. De colores, seguía soñando y viviendo su vida como cuando de niño en los recreos o en los momentos de descanso en el Colegio Belgrano soñaba con llegar a ver el resplandor de la olla adonde termina el arco iris sueño de nene único y consentido inquietud y natural iniquidad de niño caprichoso con ilusiones irrisorias, ya de joven toda una ocurrencia de recitador de juglar urbano, como si fuera un poeta en medio de sus amigos que al mismo tiempo andaban jugando al fútbol, un juglar precoz y disciplinado entre tanto cachafáz que se dedicaba a embromarle la vida a los curas que los cuidaban y usaban el plantón para corregirlos. De todos los colores como esa olla que se imaginaba de las sorpresas y de los premios al mérito de portarse bien con los curas y los celadores, esa olla de la que, cuando era niño le decían los que fantaseaban con los cuentos, salían de los colores el blanco y el negro, el blanco y el negro y se iban transformando en otros infinitos colores que surcaban el cielo y a la vista y a partir del contraste entre la luz del sol y el agua de lluvia cuando coincidían, lo mismo con lo que jugaba cuando ya se hizo hombre colimba ciudadano y finalmente ingeniero. Estaba conforme con su vida, de buen pasar y con pocos accidentes anotados con pocos ingredientes que embromaran con pocos incidentes que dejaran secuelas de consideración, el viejo dándose vueltas con su trabajo de inspector de mantenimiento de todos los colegios nacionales de la larga patria que recorría de punta a punta dos o tres veces al año una circunstancia buenísima por lo menos para el niño porque le gustaba viajar y se había acostumbrado a esos cambios de escenario por lo menos un par de veces al año, porque el padre iba al lugar miraba y llenaba unas planillas como quería y las mandaba a Buenos Aires y después la pasaban más que bien recorriendo y conociendo lugares, un trabajo cómodo donde nadie lo embromaba hasta que decidió quedarse en uno de los lugares por donde pasaban, la vieja haciendo el aguante en la casa que les tocaba para quedarse como correspondía a un matrimonio bien avenido en su caso de criolla con gringo tano manso de segunda mano porque su papá no había nacido en el otro continente, uno de esos matrimonios que daban vueltas por la vida conteniéndose en gestos en gastos pulcros y castos y manteniéndose satisfechos con un hijo al que trataban de hacerle llegar todas las cosas deslumbrantes que pudieran, a él primero en el jardín de infantes y él devolviendo alegrías por portarse bien desde chiquito y después en las clases particulares de inglés y en las clases de guitarra piano y francés o en cualquiera de las clases a las que lo mandaran para que estudiara y fuera mejor siempre mejor en un día mejor que el día de ayer, y en segundo en tercer grado y en todos los grados siguientes y en los cursos del secundario y en las aulas de la universidad portándose bien haciendo buena letra de buen hijo de buen estudiante y de bueno en todo lo que estuviera de su parte y dependiera de su conducta. Era tan bueno en todo que sus padres le hacían maravillados maravillosos deslumbrantes impecables y relucientes regalos que quedaban por años en estantes pulcramente limpiados y brillando él ni los tocaba, quedaban ahí y así en la puerta de entrada y salida de sus sueños cerrando sus mundos presentes en cientos de somnolencias y sopores en los que entraba cuando estaba en su dormitorio. Limpios y arreglados los juguetes, igual que él que era pulcro y prolijo como los moldes con que lo educaban que aunque intangibles sus padres custodiaban con gran esmero. De colores su vida, estimulante, de tanto ir a los asaltos en ocasiones sin llevar nada y en otras ocasiones acercando más de una picada, de hacerse conocer en esas reuniones de amigos por solitario incorregible indiferente había terminado por llevarse consigo la mejor mina, por lo menos si se medían los méritos de ella por las ganas que los muchachos le ponían a conquistarla, ella se había acercado hasta él sin que la llamara aunque después cuando lo contaban él no lo mencionaba nunca y dejaba que ella contara lo contrario, se habían enganchado en el pase mágico que mediaba entre los tiempos de cambiar un tema de los wawancó y el onli you de Nat King Col, de esa época de su juventud de todos los colores cuando comenzaban las reuniones muy seguidas con amigos y con los bailes dando saltos cada uno por su lado, movete movete chiquita movete sacate sacate esa timidez, escuchaba como si escuchara hoy la inolvidable incomparable canción que se le pegara para siempre buscando la referencia a los tonos de la vida por entonces de todo lo real de todos los sueños de todos los colores, buscando los matices de los momentos de estudio de los momentos de paseo que pasaran perdiendo paso a paso una inocencia que ni siquiera tenían en cuenta que era muy parecida a la zoncera, creciendo, confundidos peleando muy adentro con la gama de sus propios humores que entonces iban como del blanco resplandor de las molotov de los muchachos renegados en Tucumán del blanco resplandor de las bombas en el cordobazo, de esos blancos el blanco del destello de la pólvora al negro de las muertes absurdas e inevitables, de los compañeros que pensaban que desafiaban a los generales con los pigmentos de los despojos y del luto de aquellos que se fueron sin saber porqué se iban y en nombre de quién lo estaban haciendo, de lleno y de henchido de ajeno a todos esos enfrentamientos que ocurrían en sus narices pero era joven y en las narices de todos algunos de los cuales que pudiendo hacer algo miraban para otro lado, la recordaba porque se había quedado con ella, con la virginidad de ella, con el odio y el celo de ella por lo que les pasaba a todos y por lo que había tenido que interrumpir los estudios, con el jabón de los padres que intranquilos que no le perdonaban haberse acercado a la nena y le demostraban cada vez que podían que le faltaba un poco para ser el príncipe azul que todos esperaban para la niña, se había quedado con el olor de ella, se había quedado con sus secretos más caros que compartieron hasta que comenzaron a llegar las hijas y con la cigüeña que hizo que su vida familiar por entonces también fuera de colores, cuidando de la familia, cogiendo como un adulto a toda hora y sufriendo en cada parto de colores rosas en los tres casos. De colores su vida de colores la movida del recogimiento y la misericordia, del compromiso de estar bien con dios con los prójimos y los próximos en la conmiseración de los pactos de llevar lo que sobraba a los que necesitaban y de paso estar bien con los que se trabajaba especialmente con los de arriba porque los de abajo se quejaban mucho porque laburaban para la empresa y laburaban para la iglesia y nadie les reconocía esa plusvalía, le había hablado a su mujer de las cuestiones de la parroquia de la conveniencia de acercarse en familia tirando a la gente justo el guante de que la familia era el sostén de la sociedad que había que cuidarla a toda costa y mucho más en tiempos como los que se vivían en el que anarquistas de todo tipo andaban de un lado al otro con el cuento que iban a componer al país de todos sus males, lo había hecho desde un par de meses atrás cuando en el trabajo abundaban los comentarios que desde las jefaturas de la empresa se veía con buenos ojos eso de involucrarse con los curas en épocas difíciles con delirantes patoteando en las calles y policía que andaba dando con cahiporras de goma dura a los que estudiaban en la universidad, de lo bueno de la misericordia con esos renegados que no entendían del país que muchos querían de la generosidad hacia los hermanos con menos recursos. Sin pelos en la lengua su jefe le había insinuado que si quería progresar en su trabajo debía concurrir a las reuniones carismáticas, a la cofradía de colores por el credo por las intenciones por las vocaciones, por las convicciones, toda vez que a través de esa actividad se identificaban se reconocían como personas realmente interesadas en el destino del país y en todos sus destinos cristianos, en esa congregación selectiva de fieles leales a la iglesia a la empresa aunque sonara a demasiada condescendencia, obedientes a los que eran los patrones de todo, no eran tiempos de andar confiando en cualquiera porque hasta los obreros se revelaban en las fábricas, no como en esa corporación de elegidos, no por dios solamente sino también por algunos de los jefes como por el administrador de la empresa, en ese espacio lo único que interesaba debía ser el recogimiento la obediencia y virtudes parecidas, ese administrador medio antipático para otros de los que se golpeaban varias veces el pecho haciendo la señal de la cruz que también era diácono que era una especie de cura que se ponía una túnica blanca y podía ayudar con el reparto de hostias él entre otros en esa hermandad de matrimonios misericordiosos que habían armado incluso con amigos que estaban en la misma de ayudar con la caridad. Pero él también oraba cuando tenía tiempo y podía y pedía, también se lo decía a su paciente y obediente mujer, rezaba por la serenidad por la de él y la de ella para tener toda la fuerza y soportar los ataques los embates las burlas las maldiciones de quienes no lo interpretaban o no los interpretaban como grupo en sus iniciativas que al final de cuentas beneficiaban a toda la comunidad como siempre lo decían los curas carismáticos que no eran ni el viejo curita del pueblo ni tampoco el cura progresista que acercaba a la parroquia a los jóvenes de distintas clases sociales y de distintas religiones. Se lo decía a su mujer, confiaba que a la larga que aquellos que se pasaban criticando a los que como él iban todos los domingos a las iglesias y por docenas participaban en reuniones en los grupos carismáticos, comprenderían que aunque hablaran mucho que era lo primero por lo que los criticaban lo mismo llegaban a la gente con su mensaje de misericordia y entusiasmo, de muchos que nunca en su vida se metieron con la iglesia de mucha gente que estaba alejada de mucho tiempo y podía acercarse, celebrando primero muy alegres y cantando y estando cerca de los hermanos enfermos y pobres que necesitaban por mucho más de lo que tenían. Trasiegos eran los días los instantes las décimas o centésimas de infinitos inconsistentes instantes que pasaban con estas cuestiones como para que después cualquier pelotudo en la fábrica anduviera con el cuento que el cura los reunía a él y a los del grupo porque había hablado con el administrador de la empresa y este lo había autorizado a armar estas mesas de oración y de trabajo para meter a la comunidad en la iglesia y ocuparse de las cosas que faltaban con dinero que hasta se juntaba descontando por planilla de todos los de la fábrica. Aciago el tiempo, nefasto para su tiempo se sentía a veces cansado de tantas responsabilidades de tener tantas cargas encima y poco tiempo para recuperarse del cansancio y tener las cosas que quería, porque por ahí él en medio del peregrinaje evangelización o lo que estuvieran haciendo en el momento él deseaba otras cosas como compartir una noche con su pareja tener intimidades que mucho no se daban desde que se pusieron con las tareas del grupo de colores, y debía quedarse con las ganas y postergar sus ganas y ansiedades sin derecho a la protesta, porque era mucho el tiempo funesto que pasaban en la iglesia escuchando las lecturas de la Biblia y de otros papeles sagrados, aprendiendo nuevas oraciones y cánticos, a tener otras actitudes que las comunes de egoísmo de soberbia de lujuria, actitudes positivas que después se repetían en las misas del sábado por la tarde y también en la del domingo a la mañana a la hora en que caía todo el pueblo que eran las diez y media de la mañana, porque además no eran días fáciles y a él alguien le había contado el chimento que esto era una forma más de demostrar de qué lado se estaba en esa lucha de milicos y guerrilleros que no daba treguas en las calles las fábricas los colegios, que era verbal o real en el monte pero que en definitiva perjudicaba a todos porque todos sospechaban de todos y nadie confiaba en nadie.
De todos los colores el color de la valija que el chabón lleva para todos lados y en un delirio de todos los colores el olor a fragancias mezcladas y frescas que lo acompaña en sus rondas irremplazables en sus memorables paradas que elige antes de andar con otros entretenimientos que para él son menores, de colores el equipaje que saca poco del baúl del auto cuando anda en auto y cuando necesita lo que tiene adentro que es bastante seguido, como un trofeo muestra el maletín en la mano cuando camina pero lo limpia poco cuando se le da por pasarle un trapo por afuera, entre piquete y piquete, sea con sol haciendo los recorridos sea con lluvia sea en rondas de noche y sea en vigilias de día, como si él fuera un tozudo mariachi mezclado en mil y un romances, un gigoló bien empilchado y triunfador un dandy que mata de amor a cuanta fámula se le cruza o un otario posmoderno urbano y mujeriego entregándose a cuantos brazos encuentra extendidos, lidiando y paseando con su carga que conoce él y conocen sus mujeres en un secreto que él y por lo tanto ellas guardan como el más valioso de los secretos que se tienen, como si fuera el mejor galán altivo creído y engreído mostrándose por adelante de un ambiente que no es ni bueno ni mal ambiente sino su forma de encararlo solamente una manera de cómo menciona sus cosas cómo las vive sus intimidades recónditas cuando las menciona, y pasa y vuelve a pasar y pasa de nuevo por donde se encuentra ese grupo de mujeres solitarias somnolientas aburridas angustiadas y que se calientan fácil apenas se les pone una mano encima, meretrices simpáticas que se le plantan delante a él como se plantan delante de todos los hombres que pasan por esos lugares que conoce él y conocen todos los que andan en el circuito, lugares por los que él y los otros caminan y pasean y pagan y gastan desde las ocho de la noche hasta la una de la mañana, pero su largo catálogo el personal el que no comparte con nadie su lista reservada de posibilidades no se agota aunque no tenga plasmadas las señas ni en un álbum de fotos ni en una agenda que lo puedan comprometer, su folleto es más bien un inventario móvil que recrea cada día hábil de su vida y en él además de falenas de tiempo completo o part time como le gusta jugar a él con la jerga de la administración de empresas hay esposas despechadas diosas en decadencia y todo lo que él pueda tener cerca con su espíritu de fiestero en estado permanente, en un lugar igual a otros lugares que son comunes para él que es un soldado del amor como dice la letra de esa canción que a veces tararea fanfarroneando para nadie en especial pero seguro que lo hace para sí mismo o para la dama que circunstancialmente lo acompaña porque muy seguido un poco se obliga a estar bien y andar de parabienes para lo que se viste de primera compra lo mejor y se da algunos gustos gastronómicos que de cuando en cuando le vienen de garrón de algún amigo circunstancial o de compañeros de tiroteo, mejor, mientras se dedica a pasear por lugares comunes de la calle, por una vereda cualquiera, pasar por la cabecera de un parque por una plaza conocida, una costanera las colinas de un cerro, cualquier lugar pero que en el mundillo que transita y frecuenta se nombran de alguna manera porque además de ser cualquier lugar son la arena para el levante, el coliseo romano de la lucha de él y de otros y de las muchas luchas de las muchas mujeres, encuentros que se arma con la prolijidad de un artesano, igual al laburo impecable que llevan adelante las parejas que pululan por todos lados y alargan su tiempo para llegarse hasta el mueble, aunque su levante es diferente el de él que anda bregando con ese grupo particular parte de su mundo armado a su manera y sin que lo sepan o un poco a espaldas de los suyos que se quedan en su casa porque ella la mujer debe recogerse para guardar la respetabilidad del hogar y las hijas acompañando para que todo esté en orden desde la limpieza a las camisas impecables que se pone para su importante trabajo, aunque él para todos los menesteres esté un poco entrado en años y se de con resentidos que le gritan aquello de billetera mata galán cuando deja el trabajo para dedicarle su tiempo a los placeres, las mismas mujeres sus mujeres a las que le pide y califica de manera diferente a como lo hace con las demás mujeres las de la calle de sus rondas y diversiones, esas otras mujeres las suyas que deben saber bien que él hace un gran sacrificio al estar detrás de los trabajos que antes era uno y en la fábrica y ahora son muchos desde que entró en la administración pública gracias a los contratos que le habilitan sus amistades de la política, los trabajos que le permiten a él y a los de la familia el sustento que a medida que pasa el tiempo puede tratarse de determinados lujos que se dan con todo el grupo como las vacaciones en la playa o cambiar de auto con alguna frecuencia, distracciones cuando se dispone que las haya, de ese mundo que arma con los adminículos que lleva adentro del maletín, haciendo el chabón puntual el recorrido caminando en auto en moto o en lo que necesita de acuerdo al estudio rápido y previo y a las conclusiones que saca antes de cada encuentro cercano casi promiscuo y jugado, encuentro con la dama elegida y para lo que utiliza los aparejos que tiene en el momento cuando sale al enganche optimizando los tiempos porque no le gusta eso de andar perdiendo tiempos preciosos para la conquista y todo lo que ella significa, maleta violeta si hay que describirla rápido con un solo color y sin verla, pero sin armas de cawboys adentro ni cortas armas ni largos pertrechos por lo menos esas armas convencionales que son conocidas y sirven para matar en serio y no de placer y emociones como a él le gusta, porque son de otra categoría los artefactos los que a él le sirven cada uno a un fin de todas las cosas que están adentro y que le gustan como comprobó y les gusta a ellas porque se vuelven como locas, de todos los colores si se las tiene cerca de las mujeres son como si fueran armas efectivas para matarlas entre comillas, para que ellas sientan se enrosquen se les ponga la piel de gallina y griten pidiendo más o pidiendo de una vez por todas que se las ponga como sólo él sabe ponerla, es que el chabón se compró la valija en la verbena de los bolivianos en ese mercado que algunos critican diciendo que es allí donde lo barato sale caro, en esa feria en la que pintan todo de verde amarillo y rojo como para que nadie se olvide de qué color es la bandera de ese país de Bolívar y de Sucre, caminando oteando observando en esa quermes permanente donde todo es trucho hasta las toallas que son vistosas y no secan, en esa romería que hace hocicar de la bronca a cualquier comerciante de los que pagan impuestos. El chabón despabilado de los arranques que últimamente lo atacan cuando se pone en esos menesteres de la conquista de hacer todo el preparativo que fácil le lleva más de una mañana, aunque sabe que es seguro pero que hay imponderables y que se prepara para hacerles frente porque lo vive seguido estudia y ensaya las maneras de convencer a la mina primero que deje que él le realice unos sondeos y le averigüe si es una de esas que se venden por mucho o por poco dinero porque como casi todas saben ya él tiene sus ahorros par esto y no los andará tirando, y le pide a la mujer obediente mansa musa que se deje bañar y luego que se someta a todas las pruebas que él puntillosamente dispone y le irá proponiendo con todo el tiempo del mundo para la ocasión, en alerta por eso hace un inventario de las cosas a cada rato como parte de esa atrevida liturgia, liturgia de apóstata de narciso desobediente con su conciencia esa conciencia que a veces, cuando se encuentra sólo que en realidad es pocas veces le revuelve las tripas además de los escrúpulos y lo molesta por ahora con un ruidito en la panza que lo advierte que se está pasando de la raya con esos juegos que tal vez debería haber jugado de joven y no ahora que anda sin saber que a sus espaldas las mujeres lo llaman viejo baboso y otras porquerías innombrables. De eso hay veces que se cansa y piensa que el de arriba debe de estar enojado con él porque siempre fue un tipo medido y ahora anda del todo descarrilado, pero después se le pasa porque son sólo momentos. De todos los colores son los elementos que lleva dentro de la valija, esferitas de todos los tamaños y de todos los colores pálidos colores de tanto uso que se les da, a ese rosario de bolas de tamaños diferentes, abalorio de plástico duro de trazo suave al contacto por esas zonas por las que suben y bajan manejadas por él a través de unos finos hilos de tela impermeable que se lavan fácil con detergente porque se humedecen mucho con esos líquidos que se desprenden de muy adentro y que luego él irá utilizando con ella cuando lo vaya considerando procedente, él sabe medir cada momento de placer cada instante de los orgasmos completos e interminables, de todos los colores lleva porongas de siliconas de diferentes tamaños que blandirá en sus manos hasta que las entregue como si fueran cuchillos de asesino pero sólo para que ellas sientan más el efecto cuando las usen y les venga el cosquilleo o cuando él se las vaya pasando despacio por la ranura del culo y las rugosidades e irregularidades de una geografía que estudia casi todos los días de su vida, excelente discípulo de sus propias observaciones, de todos los colores los toscos consoladores sin vibración que él sabe utilizar porque así como guarda cada cosa guarda los catálogos de lo que compra en la galería que él conoce como que sabe que es un lugar visitado por guillados que saben de estas cosas y andan por estas pistas como por las de fórmula uno, además de conocer dos o tres lugares donde venden estos aparatos que hacen que ellas se corran una vez dos veces tres veces interminables veces continuas, veces que las colma de satisfacción y desgastes físicos que les encantan, vibradores varios sin motores ni pilas que probará en cuanto paisaje femenino tenga disponible cuando haga sus pescas semanales y que probará con los cimbreos que vaya detectando para llegar con la ayuda y la asistencia necesarias a quien requiere de cada uno de esos juguetes suyos y pida a los gritos por ellos, como las cadenas de aluminio que esposan a la dama o al caballero por el mismo precio eso depende de los códigos que se vayan acordando sobre la marcha lo que quiere decir mientras se fifa por decirlo suave, casi siempre en los paroxismos en las calenturas son ellas las que piden para que se las someta todo el tiempo olvidando si después en la racionalidad defienden el feminismo y todas la reivindicaciones femeninas cuando están a punto se olvidan de todo eso y se hacen potras y se hacen perras, lleva guantes de látex y lleva tetas de texturas diferentes, una cantidad inmensa de juguetes diferentes que se encuentran en las tiendas que visita, como dos o tres disfraces para mujeres, como el de caperucita que era apenas una faldita roja una capa y una bombachita muy chiquita y también roja, como el atavío vistoso de la mujer maravilla que casualmente también viene con una faldita para su caso azul pero igualmente súper corta, disfraces que sugieren y que son los que caben en la valija que en realidad lo cierto es que entran como diez de esos juegos cuando se trata sólo de la ropa, bombachitas beibidoles capas corpiños y no de otros elementos. Adentro de la valija que lleva en cada uno de sus viajes por el placer la perversión manejada por él, un verdadero sex shop al alcance de sus manos él chamuya, envidiando a los mancebos que a veces se interponen en su camino tranquilo, ellos tienen ganas de hacerlo a cada rato, lo que él no tiene pero de estas cuestiones en las que es un sabio él los aventaja y tiene lo que ellos no tienen, es avaro sólo cuando percibe que le están pidiendo dinero por lo que no hacen por alguno de los servicios no prestados sino no escatima esos que él ya sabe para qué ahorrar si uno cuando se muere no se lleva nada. En estos viajes de colores el chabón se da ciertos gustos gastronómicos como le encanta mencionarlos comiendo y tomando hasta el cansancio después de largas jornadas de lujuria y placeres que cada vez lo satisfacen menos y él los hace más difíciles como la última vez que le sugirió a alguna de las damas traerse una acompañante como para probar con dos personas por todos lados, exageraciones que introduce cuando las cosas no le salen cuando el chabón se molesta , y ahí hace tronar el escarmiento renegando y maldiciendo todo lo que no puede. Es que aunque tiene organizada las visitas y clasificadas sus damas entre permanentes y transitorias, a veces dispone algunos cambios y se le arman unos despelotes de novela. El chabón tiene todo el tiempo después de su trabajo él se la banca estar viviendo sólo, hacer el sacrificio para que los suyos estén mejor y verlos por lo menos dos veces al mes.
De colores las broncas que en secreto se agarraba en su casa, oscuras sus visiones de veterano y de baqueteado, gris el recuerdo de sus padres fallecidos más gris la nostalgia que tenía por no tener quien lo cuidara desde hace tantos años, en su casa en la propia, tipo mansión que en la época de buenos trabajos y por lo tanto de buenos sueldos había logrado construir sobre un terreno heredado, se ponía colorado cuando se ofuscaba verde con la ira morado cuando se ahogaba tratando de explicar el paso del buen humor a la idiotez cada vez que recordaba esos tiempos en que alguno en la fábrica comenzaba con eso de ser obtusos y complacientes con los jefes que no eran nadie y con los patrones que aparecían muy pocas veces, obsecuentes con el cura, cada vez que recordaba cómo habían comenzado a discutir con su mujer que le decía que no les diera bola y él les daba, cada vez que se acordaba que los grasa se habían animado con él que había sido piola con ellos y además de la congregación de colores, acusarlo de haber permitido siendo amigo de los de arriba y tan carismático las atrocidades que todos en todos lados de la calle callaban con los patrones que daban las ordenes raras a oscuras a raras horas de la noche o de la madrugada cuando los demás dormían y después venían las novedades de ausencias renuncias y fugas de gente conocida de la que hacía algo de la que no hacía, se molestaba cada vez que recordaba sus dudas las mismas dudas que alcanzaron para que lo despidan pero no para que lo metan en cana al ingeniero del trato impecable de sus épocas de oro al que por ahí nomás en esos días de convulsiones le costó su puesto en la empresa, el ingeniero que con suerte y en poco tiempo consiguió su primer empleo público de los muchos que tendría por lo que pudo dedicarse a otras cuestiones, como levantarse una mina y hacer con ella algunas cosas que al chabón le encantaban. Más que su trabajo de ingeniero el chabón hacía y deshacía a las suyas durante la semana en los momentos que andaba solitario, olvidado el mariachi de su lejana y ordenada vida de niño mimado, cuando se esforzaba para no portarse mal cuando se cuidaba de portarse bien, divertido el chabón con el papel que descubrió de viejo de gigoló o de dandy o de malandra de tango arrabalero, eufórico salvo cuando su mujer lo visitaba, y lo cargaba diciendo que la visita de ese fin de semana era una de esas visitas higiénicas porque ella pedía y pedía y él debía darle y darle. Y eso a él no le gustaba.
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