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Saturday, March 03, 2007

versión enésima incompleta y no definitiva de el último día de viltipoco como cacique

La otra muerte.
Ama zocta quipus chichas ac lules.
(... mensajes, chichas, lules), que majaderías estarán diciendo se decían unos mientras los otros se señalaban se hacían señas entre ellos, hartas señas y variadas para ver si los entendían.
Izcay huaranca uncu.
(dos más), muchos dos, hacían gestos de abundancia y repetían dos.
A los traicioneros les costaba pasar la información y a ellos interpretarla.
Y él casi soñaba acordándose cómo fue dando las otras ordenes y los demás obedeciendo y cómo de qué manera, en qué momentos las diera, en qué lugares adónde, tirando las instrucciones para cuándo.
Esa era su costumbre y nadie se la cuestionaba ni se animaban a decirle lo contrario los demás aunque pertenecieran a otras familias a otras tribus vecinas o a otras tribus que no tenían la obligación de rendirle tanta pleitesía, aunque no lo conocieran o lo conocieran mucho, o poco, nadie osaba abrir la boca, seis por cien son seiscientos.
Soñaba sin saber que eso era multiplicar pero calculando ciertamente con el entusiasmo y su instinto que lo guiaban, y por doscientos son mil doscientos que restaban o sumaban repetía, que como otras veces al final recibiría la ayuda de esos hombres obedientes que le servían o se subordinaban porque los mandaban, o que simplemente lo acompañaban con eso de juntar voluntades que debían ser la misma cantidad que la cantidad de cuerpos de los que él no disponía y que a los otros los asustaba.
Y debían ser él lo quería más del doble, el triple capaz o muchos más por lo menos en la vestimenta o en las prendas que conseguían a cambio de quienes ayudaran no solamente con el número sino también con la cuestión de las peleas, aumentando los contornos o las salientes de la tierra en las sombras o en las cosas que después se encontraban desparramadas en el lugar donde batallaban.
Casi era un delirio para él eso de hacer creer a los otros que lo que vieran a lo lejos entre las sombras de las sombras eran hombres, hombres de carne y hueso decididos a pelearse por él por ellos mismos por sus sueños, de sangre caliente y roja igual a la sangre de esos otros, esos otros que rechazaba.
Era como una obsesión para él convencerlos que las sombras que reemplazaban a esos mismos hombres ausentes o los bordes mirados a los lejos de una multitud de alzados igual que él sublevados todos, los que eran parecidos todos los que tenían los mismos motivos para estar peleando que eran de vida o muerte, eran una amenaza más que cierta a que se queden y a su vida.
Porque estaba seguro de no querer la vida con ellos menos eso de quedarse quieto mientras que los otros avanzaban para quedarse con ellos, por la misma geografía de la vegetación que él cambiaba a propósito, le ponía cosas la disfrazaba, para quienes se animaban a espiar desde lejos en la noche. Tal vez no lo pudiera explicar, pero prefería convencerlos a los otros que se debían ir antes que dar batalla y matar, prefería meter miedo antes y no matar después, espantarlos antes que estrangularlos.
Enfrentándolos en esa misma rala punzante escasa fronda de la puna y de la punta del valle o del alto valle de la quebrada, después de todo eran sus lugares invadidos por los otros y había que correr a los que venían con cosas raras y con papeles sucios que mostraban y estaban llenos de esos dibujos que no se entendían según le contaban de sus hombres los que se metían con los otros, era mejor asustarlos antes que matarlos repetía todas las veces que podía, por ahí comprendieran lo que él les quería decir y era que se vayan que no vuelvan, así se amortiguaba el derramamiento de la sangre propia y el derramamiento de la sangre ajena de paso.
Así que evitaba llegar a esas mismas cuestiones que seguían después de las peleas de ocuparse de los cuerpos y de los huesos de los guerreros muertos, y de paso disponía despliegues que parecían inútiles para que los otros se convencieran de una aunque esta fuera la tercera vez que no tendrían las mismas armas pero eran más muchos más, lo que lograba en ellos el cambio de estar tranquilos a estar intranquilos, de estar sin pelear a estar en medio de un lío descomunal, por el desorden que se armaba, les transmitía a los demás con una seguidilla de palabras, raro en él que era hombre de pocas palabras porque era el capo y los demás escuchaban sin preguntar, adelantarse a la pelea desaforada, eso era lo que más quería antes que todo el desastre de sangrientos encuentros.
Ama picha quipus churumatas.
(No cinco mensajes de churumatas), los traicioneros querían contar lo que suponían que los otros querían escuchar, los otros querían entender lo que los traicioneros les contaban.
Uncu, huaranca
(Mil, más túnicas), trataban de explicar lo que habían escuchado y lo lograban lentamente, de a poco. Y los otros iban entendiendo, también de a poco y a medias. Los traicioneros eran cada vez más y eran de tribus diferentes.
Como él de aquello que le costaba darse cuenta que cada vez eran menos los hombres y más importante el esfuerzo de disimular las fuerzas en el paisaje, como él debía disimular ante los otros en sus fiebres de una pereza que se le hacía más fuerte con el paso de los años, viejo jaguar en los fríos de la puna puma de las mejores y más difíciles peleas tigre del monte veloz y escurridizo.
Aunque estuviera sin correr se ocupaba de más órdenes entre todas las ordenes que resultaban de él en medio de su ansiedad en medio de sus miedos no confesos, en medio de sus seguridades, en medio de sus soledades, en medio de su angustia por terminar rápido una cuestión que seguía aún con los años que pasaban y realmente lo cansaba, cinco por cien o por doscientos mil y tantos aquí allá más allá y en todas partes.
Creía que los otros seguían mal o no seguían ese juego que conocía y les hacía cada vez que aparecían, y en la modorra de ese descanso repasaba cuántas veces les repitiera a sus seguidores que si los propios hombres de sus filas no venían para cuándo los necesitaban había que tirar una cantidad parecida de ponchos folgos y mantillas sobre los cactos, la mala hierba o lo que fuera se empinara sobre la superficie de la cañada, o del altiplano cercano en los lugares donde el saqueador espiaba y se establecía una y otra vez, había que demostrar cuando miraban que estaban justo por donde pasaba o podía pasar el enemigo, Había que demostrar que no estaban descuidados, que como animales furtivos estaban al acecho siempre.
Había repetido lo que debían hacer una y otra vez confirmando lo que sus hombres esperaban que era verlo a él al frente estuviera presente o ausente en cada escaramuza, y a propósito para que luego esos mismos hombres, sus hombres, no le reclamaran culpándolo por las pérdidas por los heridos por los muertos que tenían resistiendo, para que esos mismos hombres, sus hombres, no hablaran de descuidos de él de sus olvidos por hacer lo que le venía en ganas.
Para que los enemigos ni se enteraran de la alevosía de los que no peleaban por traición o por miedo para que los otros no se dieran cuenta que él tenía cada vez menos guerreros y esos invasores de porquería más esclavos, buscando las vueltas mil vueltas tratando de convencer a esos miedosos desertores que parecían nacidos a propósito de que los trataran como animales de carga esos que además de querer sus tierras los hacían trabajar todo el tiempo, no podía andar con vueltas para contar de aquellos puercos y dar sus instrucciones.
No podía disponer en forma lenta como si no les importara ganarles que era lo único que quería, no podía disponer con la misma lentitud con la que entre su gente se encaraban las otras cuestiones, como el trabajo por ejemplo que a pocos les gustaba así eran ellos mientras las mujeres y los niños pudieran hacer las mismas tareas, ese mismo trabajo que los otros le pedían, quería atacar en unos días y sabía que a pesar de todo y la modorra esos eran los últimos momentos para disponer lo que quería probar con los resultados para una victoria segura porque los otros con él no le pegaban. Sabía, que debía darles una buena y definitiva zumba, y antes si era posible asustarlos para siempre, que se escarmienten.
Por eso ese día de todos los días del arco iris inmenso de sus muchos pero muchos días el cacique se sintió más remolón y más querendón que otras veces.
Es que las cosas ocurrían, una nueva detrás de otra más rápido de lo que él quería y eso lo distraía, eso lo llevaba de la actividad al descanso del descanso a comenzar de nuevo a dar ordenes todo el tiempo, eso lo llevaba de estar quieto a moverse, de estar tirado haciendo nada a caminar, eso lo llevaba de no mover un dedo por nadie a disponer todo para una pelea que se veía venir en cualquier momento, eso era parte de su forma de ser, de su forma de andar y parar por momentos hasta que terminaba lo que había comenzado, él cerraba sus asuntos hoy mañana o en algún momento
No los contaba, los vivía los toleraba los sufría pero habían pasado casi cien años desde que Cristóbal Colón les mandara decir a los reyes que por fin había llegado a las indias, y los tipos no aflojaban con eso de dar y tomar con sus aires de grandeza y con sus pretensiones, y al revés pasaban que pasaban los días los meses los años y ellos ocupaban sus tierras, sometían a sus hombres y les quitaban cuanto tenían o consiguieran de la tierra que era como la madre para ellos y él sabía que al final si no los empujaba los suyos no se defendían, doble carga.
Por eso cuando quería él se pasaba dando ordenes de la noche hasta la mañana todo el día indicando a sus hombres sin consultar a nadie lo que debían hacer sin descansar ni un minuto, cómo debían ir encontrando la forma en cada dificultad que tuvieran, no tomando la dificultad les enseñaba como dificultad sino como algo distinto al verdadero desaliento del enemigo en cada cosa que no les saliera, así pasaba de un extremo a otro con frecuencia después de andar se detenía.
Ama huc quipus jujuys ac ocloyas,
(Un mensaje de jujuys y ocloyas), ellos se desesperaban haciendo señas para que los otros entendieran, los otros se esforzaban por calzar verbos y adjetivos donde no había.
Izcay huaranca uncu.
(Dos mil túnicas más), les costaba relacionar los idiomas, tenían una distancia que parecía insuperable, pero unos comenzaban a saber cómo debían transmitir y los otros a saber qué les querían transmitir.
Bastardeaban con él, aunque eran todos bastardos en las cruzas que venían haciendo entre unos y otros pero más bastardos eran porque lo entregaban aún sabiendo que muchos volvían con él no una vez sino varias para que los protegiera cuando se sentían desprotegidos para que los defendiera cuando había que hacerlo.
EL no se doblegaba no podía doblegarse eran muchos los que dependían de él y unos cuantos los que no se vencían con nada, no pasaba por su cabeza abandonar por lo que no salía, como era debía mostrarse y transmitir seguridad ante las dificultades, en los apuros se lo pedían y él se la daba, no se daba tregua para el trabajo a sí mismo ni la daba pero seguridad sí, para que por lo menos sus compañeros supieran que no podía dejar pasar ni un segundo, ni una pila de minutos para pasar las indicaciones que pasaba, así él tuviera tiempos que los otros no comprendieran.
Unos cuantos solamente, con eso era suficiente, alcanzaba con que lo supieran unos cuantos, las instrucciones de siempre habían sido dadas nuevamente, bastaba con eso para que los demás lo imitaran y el ejemplo de prestarse apoyo en la contienda corriera rápido de punta a punta en la quebrada como corría la pólvora de esos mal vivientes que venían por sus tierras, bastaba con eso.
Aunque entre ellos hubieran traicioneros y cobardes muy especialmente desorientados y asustadizos que fácilmente caían en las redes de conversaciones y telarañas de prédicas que aparecían como las órdenes de los otros, así quemaban en forma fácil sus ilusiones, como son las ilusiones como sueños anticipados como sueños maravillosos, los sueños, las expectativas de cualquier mortal común que camina por el planeta.
Como él que cambiaba su humor de un momento para otro, él sabía de esos traicioneros y de esos cobardes y sabía que cada vez eran más los que quedaban del lado de esos que se hacían llamar conquistadores, sabía que había problemas de lenguas pero los otros comprendían más rápido que lo que comprendían él y los suyos. Más de ellos que se iban menos guerreros y más decisiones que él tomaba y les daba vueltas cambiando de estar en movimiento total a estar quieto.
O no paraba o como ese día se tomaba el tiempo según viniera, un tiempo entre sus tiempos para no perder las ganas ni la fuerza y recuperarlas y tomar del sol y del aire y de nuevo como antes la noción del entusiasmo y la energía que pudiera, con la potencia del agua desbordando los cauces del río con el resplandor de las estrellas, con las ganas de contagiarse del estruendo de los relámpagos, así le habían enseñado sus mayores a recuperarse y era su forma de sentirse menos saqueado como se sentía asqueado por demás invadido por todos lados, intranquilo y asediado muy cansado por culpa de esos que aparecían que desaparecían y aparecían de nuevo por los cerros y las quebradas.
Al tiempo en esos tiempos y entonces ronroneaba, como si fuera un gato como si hablara para nadie y repitiera sin abrir la boca al infinito todas sus maldiciones todos sus dicterios todas sus lisonjas y todas sus arengas cortas y cortantes, para los suyos y también para esos enemigos suyos que se encarnizaban con él y se enteraban de él gracias a los traidores de siempre que después de entregarlo volvían pidiendo su ayuda para despegar de las cosas que no les gustaban, murmuraba palabras que armaba con picardía de modo que cuando hablaba nadie pero nadie lo entendiera ni supiera de sus defectos de sus errores y mucho menos esos odiosos odiados osados enemigos que no aflojaban aunque él los derrotara una vez, dos veces, cuantas veces fueran los enfrentamientos anteriores.
Iban venían volvían a irse, volvían, porque a ninguno parecía importarle eso que Colón le pegó con su idea de que la tierra es más redonda que un huevo, que estaba lejos el Puerto de Palos su punto de partida, ni tampoco parecía importarles con que estas indias no eran las indias que figuraban en sus mapas sino un territorio poblado de tipos más tranquilos y sumisos.
Así y todo y entonces estos corteses con sus reyes reinando allá lejos y metidos en sus problemas, lo mismo seguían yendo y viniendo y luchando lo que era grave para él que pasaba buena parte del tiempo peleando con todos por algo y dando y recibiendo palos o lo que eligieran para darse, sin poder volver a los momentos que deseaba de su vida de una vida más tranquila su vida de otros años que en su soledad extrañaba, jaguar puma y tigre de los montes, geronte que corre menos.
No le costaba él era el jefe, sin que nadie se lo pidiera cambiar de andar cuando él quisiera a parar cuando él quisiera aunque la tranquilidad fuera imposible la armonía inexistente por más que el mensaje en el cielo por medio de las estrellas fuera diferente a lo que le pasaba, según lo de allá arriba todo iba bien según lo de acá abajo todo iba mal.
Y se incomodaba porque era como si se estuviera perdiendo el saber de esa lección de sus ancestros de entender la vida por los astros y él fuera el primer culpable de eso, cuando los invasores retrocedían o desaparecían por un tiempo empezaban las peleas entre ellos, con los otros caciques con los propios, con los ayudantes de los caciques, por las tierras por las que se agarraba también con los otros por pedazos mayores o menores del territorio, como si los otros les fueran enseñando cómo es ensañarse con determinados lugares, cómo es el tema de la propiedad, también por las mujeres muchas veces también por los bienes como por los caballos o por la madera.
Cuando se terminaban las peleas entre ellos, cuando por fin lograba controlar a los que se le retobaban con razones o sin ellas, cuando por fin se daba que los propios hermanos lo entendieran, aparecían nuevamente los invasores y él cargaba con todo ese peso propio y ajeno, ese peso de pasar de lidiar con ellos a hacerles imposible la vida a los otros para que se fueran, casi en ningún caso sus jefes subordinados ayudaban algunos hasta se insubordinaban, casi ninguno de los subordinados con menos rango que su rango ayudaba con estas peleas que eran de una realidad diferente a la que se podía imaginar contemplando el cielo y las estrellas sobre su futuro o el futuro que veía bastante mal de su gente.
Ronroneaba y caprichoso remoloneaba ese día dando vueltas para dormir esa siesta de todas las siestas que durmiera o habría de dormir abarcado del silencio increíble y de la brisa inagotable y fría que corría por cuanto resquicio encontrara en esa quebrada que conocía y quería de muchos años, con cuevas que descubriera de joven, caminos como serpentinas de tierra y señales que dejara cada año cada mes de cada día de sus días en la enana espesura tupida de cactos bajos y breña bruñida.
Remolonear para él era estirarse tranquilo y esto significaba que nadie lo interrumpiera en su éxtasis en ese volar solitario que disfrutaba soñando con el nudo de lo que sentía por él mismo por los otros, qué representaba para él más gente viniendo de lugares lejanos, con algunas de sus ambiciones de sus propuestas para un mundo que se achicaba a comparación del otro mundo el mundo que los otros proponían, se achicaba el mundo de unos se agrandaba el de otros, como cada una de las cuestiones de todos los días marcaba las diferencias entre ellos y los invasores.
Ellos andaban libres corriendo por su tierra si podían corrían y cabalgaban como si buscaran la línea inalcanzable del horizonte mientras los otros marcaban cuanto pedazo de tierra se les cruzara, se encontraban marcando y tomando referencias para hacer sus galpones sus calles y sus casas, por eso hacía ese camino que le encantaba recorrer pero que no podía tomarlo todo el tiempo porque no eran momentos de paz, sino apenas un sueño largo y placentero en el que no figuraban fisgones y enemigos, era levantar las manos como queriendo alcanzarlo hacia ese pedacito de cielo que apenas aparecía entre montañas muy altas, era sentir la tensión de los músculos de la cintura y la espalda.
La tensión y la distensión que le seguía, sentirse bien con el placer que significaba simular un arranque cuando no se arrancaba cuando no había obligación de arrancar cuando se podía estar demorando sin apuros los movimientos que acomodaran las articulaciones el delirio o el sueño después de unos cuantos bostezos y movimientos, significaba suspirar, desperezarse sentarse mirar los colores de esos cerros de mineral amarillo rojo azul y de todas las mezclas de color que estampados nunca en el azul del cielo y siempre en los cerros y en los caminos que cubren los paredones impenetrables de las montañas que por lo que contaban los viejos ayudaban con las sensaciones las emociones de una paz y una seguridad que se venían perdiendo por los extraños metidos en sus cosas y aunque no supiera ni usara la palabra de ser libre como lo fuera.
Lo que hacía era flojear aunque él lo tomara de otra forma cada vez que como ahora lo hacía una y otra vez interrumpiendo las ordenes que venía dando para ganar como lo hizo antes no para perder como nunca lo hizo en cuanta pelotera anduvo, él determinaba los cuándo para el ataque la retirada el contraataque, si era de día o de noche que lidiaban con los otros si debían enfrentarlos o asustarlos, también determinaba los dónde y a los otros les imponía su presencia y sus caprichos en el campo de batalla que le conviniera, lejos o cerca de sus pueblos fuera donde fuera.
Remoloneaba y armaba las luchas como un juego de niño él como si fuera un niño de a ratos desanimado con las escaramuzas que venía ordenando para que sus hombres se mezclaran con el enemigo y se hicieran los buenos con ellos para conseguir información que valiera, porque era poca y pobre información la que llegaba comparando con la gente y los caballos que se perdían en el intento por recogerla. Un hombre menos un nuevo disfraz sobre la vegetación y las sombras inventadas de hombres de caballos, era su forma de exponerse con los otros.
Él no conocía a Colón, ni lo conocería nunca, pero sí y bastante bien por sus mañas más que por sus raros largos irrepetibles nombres, a tipos como Juan de Ochoa y Zárate, al cura Gaspar Monroy y a otros que abundaban y andaban dando vueltas hacía años como Francisco de Argañaráz y Murguía.
Por esa confianza que le daba conocerlos, conocer sus trampas sus ardides las pericias que presentía, suponiendo la forma de pelear que aplicaban los otros, no aflojaba y andaba sin sobresaltos como las veces anteriores apurarse o adelantarse a los tiempos no cambiaba las cuestiones, porque el ya había ganado en un par de grescas y preparaba sin apuro la tercera seguro de ganar de nuevo en la trifulca con quienes él consideraba venían a meterse con sus cosas sin que nadie los llamara.
Ellos no preguntaban nada a la gente como si no les importara nada más que contar sobre sus formas de vivir en otros lados de construir la morada de rezar a dios y a todos los santos de comer decían como comen los cristianos, se metían en todo sin que se les pidiera nada, insistiendo con una invasión con el asedio, aturdidos por la zozobra que dejaban los viajes largos a entrometerse en sus cosas y a entremeterse y a quitarles las cosas.
Además pensaba que como él esos majaderos, como ellos mismos se llamaban también descansaban y debían recuperarse y entonces siempre tenía alguna oportunidad de vencerlos por las buenas ya les había demostrado que no se irritaba con ellos que si ellos por propia decisión retrocedían mejor, por las malas ya les había demostrado que cuando se trataba de aplastar lo que fuera lo aplastaba o de alguna de las otras maneras que él disponía para ganarles y para correrlos, a ellos que estaban siempre entre los extremos.
Darles, batallarles con un grupo de hombres reales, pelearles además con la apariencia de una fuerza numerosa de hombres y con poco hombre, para que entendieran de una buena vez que no los conformaban así hablaran maravillas con eso que llamaban Biblia en las manos, para que entendieran que se será indio y todo lo que quieran pero no un enfermo de tos o de las infecciones que llenan de gusanos todo el cuerpo como a ellos.
Por las buenas significaba que ellos se dieran cuenta de que eran menos mucho menos que la cantidad de indios desparramados por la quebrada sembrada de prendas engaños y mentiras de él u ordenadas por él por todos lados especialmente en la noche para hacerles creer a los otros que eran hombres y no arbustos que es lo que eran, por las malas que iban a recibir una paliza así fueran muchos o pocos, los otros terminaban demostrando que de muchos parecían pocos cuando retrocedían, él les aplicaba la inversa intentando que pocos a los otros les parecieran muchos así estuvieran en el comienzo o en el final de una pelea, así los hombres agrupados fueran menos que las otras veces y él tuviera la espina de presagiar hasta adonde lo estaban traicionando.
A esos forasteros que venían mostrando una cosa y después hacían otras, iracundos malignos que destrozaban o querían hacerse de lo que llamaban como si la tierra fuera de ellos la propiedad de lo que no les pertenecía y que por culpa de Colón abundaban y andaban por ahí dando vueltas a esos que lo aturdían y confundían con esas armas que echaban fuego, con esas armaduras resistentes que no dejaban pasar sus lanzas y que lo sorprendían con algunas de las cuestiones que hablaban.
Como eso que decían de venir de otras tierras algo les escuchaba de una civilización contaban.
Como eso de contar de otros reinados enredados en otras guerras lejanas ellos sabrán lo que por allá habrá pasado para que anden viajando tanto y encima insistieran en quedarse, reinados a los cuales según ellos había que enviar alimentos y todo tipo de riqueza, mientras a ellos los otros para hacerse los buenos les daban no más que espejitos con vidrios de todos los colores como los cerros, y rosarios tallados en esos otros reinos con la misma madera que sacaban de las indias, contaban de reyes que también lo eran en estas tierras y otras curiosidades caso las fábulas que dejaban, como eso de estar en gracia o estar en desgracia con un dios más poderoso que inti y que castigaba peor que inti con los granizos y las sequías
Y todo esto lo ponía a él bien en los ratos que recordaba las dos veces anteriores y mal porque así como él los conocía más con el paso del tiempo también ellos debían de saber más de él y de sus hombres, pero lo mismo terminaba sonriendo cuando remoloneando con todo el tiempo para él se acordaba de esas dos oportunidades en que les había dado como para que tengan para escarmentarlos para que aprendieran que no se puede sacar sin poner, tocar lo que es ajeno, meterse con lo de ellos sin pedir permiso siquiera, duras peleas que él fue resolviendo a su favor a duras penas y en las que se había confiado tanto de sus fuerzas como de su ingenio.
Que era un ingenio con el cual él se entretenía en las buenas cuando en épocas de armonía se divertían con los demás de las otras tribus y competían y divertían en todas sus fiestas, y en las malas cuando debía salir a dar palos y contrapalos a esos individuos porfiados y otras veces a sus hermanos renegados.
De su gente a veces se quejaba eligiendo por su cuenta qué cosas debía hacer para lograr lo que los demás no esperaban, para que a esos invasores se les fuera pasando las ganas de una vez por todas de embromarle la vida de pura ganas, tuvieran los motivos que tuvieran, que a esa altura estaba seguro no eran los mismos que los suyos.
Pero los otros insistían con su afán de quedarse, de volver una y otra vez si los corrían, de instalarse, armando baluartes, muros de acá y murallas de allá, parapetos así y empalizadas asá en unas fortalezas que llamaron primero Nieva y después Nueva Provincia en el valle, cuando él tenía sobre los otros toda la ascendencia del mundo sobre la propia gente sobre la otra gente, gente a la que se le enseñaba de las quebradas de sus secretos de su estructura más chicas de las quebradas más grandes salía un murmullo firme y progresivo que se convertía en ecos de quienes lo llamaban Vilti, - Poco – Poco – Vilti – Poco - Viltipoco varias veces en sus cantos de guerra.
Apenas sesenta no más de setenta años después que fondearan las primeras carabelas que llegaron y anclaron en algún lugar lejano del desconocido territorio para ellos pensaba porque para él, y dado que corría el runrun cada vez más fuerte que los otros pelearían esta vez más que otras hasta ganarle, para que no fuera así se preparaba como siempre con tiempos para meterse y tiempos para salir de esa lucha que no se terminaba, como en las épocas que escuchaba aquellos ecos atravesar las arideces con el clamor gutural de su nombre, Vilti – Poco – Viltipoco – Viltipoco...
Remoloneaba convencido que debía terminar con el avance de los otros, convencido que tal vez no tuviera otras chances, las filas que trabajosamente armara con los años disminuían sin remedio de un año a otro, y aunque le costaba reconocerlo sabía lo que pasaba, estaba seguro, no tenía la más mínima duda, de una vez por todas no quedaba tiempo para otras agarradas, porque achacoso con sus años que no eran pocos, iba perdiendo facultades y cuentas y aunque reconocerlo hubiera sido lo último que haría bien lo sabía y sabía que eso no era poco, la facilidad para hacer los cálculos que hacía para dominar él las situaciones para que el control de la pelea no se le fuera de las manos.
Entre esas conjeturas, le encantaba presumir cuando le convenía por algún motivo con aquello que había contado, valiéndose de lo que sabía o buscando las razones en la dirección en la velocidad de los vientos, algo así como de ciento cincuenta de esos cambios, y de haber hecho a propósito una cantidad igual de nudos con las hilachas de su manta, de esos cambios que le encantaban porque mostraban el momento justo del año en que el tiempo del día es igual al tiempo de la noche, ni más largo ni más corto.
Y como debía enfrentarse con tipos que en su mayoría tenían menos de la mitad de sus años y también con menos de la mitad de su picardía según él lo sentía aunque se murieran más fácilmente que sus hombres por las pestes y las enfermedades que acarreaban de un lado para el otro, había comenzado apurado más que en otras oportunidades ese día desde muy temprano renegando, pensaba que con todo el ajetreo que llevaba podía comenzar un descanso, tomar fuerzas seguir pensando y ordenando para pelear como se debe.
Era un problema de él saber que en algún momento debía volver sobre el campo de batalla sobre esa pelea que él sabía se venía hoy, mañana tal vez no más de mañana, y pensaba que además de planear lo propio siempre era bueno saber un poco de lo que haría el enemigo para defenderse con uñas y dientes para atacar de igual manera, saber de cómo armaba la protección y de cómo había que hacer con el ataque, y a él esas noticias le llegaban poco.
Y recordaba cada detalle de las oportunidades en que daba las instrucciones a sus jefes para que transmitieran a otros jefes y así a todos los hermanos que se animaran, a ir preparándose para armar como lo hicieron en los otros enfrentamientos, un frente de batalla medio real medio imaginario, de guerreros en serio y de perfiles de guerreros inventados por ellos en el paisaje difícil colorido y agreste de la quebrada, en el paisaje de la llanura cercana.
Para que los otros además de verlos a la distancia siempre a la distancia y no de cerca, imaginaran que eran muchos pero muchos hombres que con mucho trabajo él juntaba para la guerra y evitar que esos otros se metieran en sus tierras y los invadieran.
Todos sabían, aunque a veces no hicieran lo que les mandaba aunque al final desobedecieran como si fueran niños asustados por los mayores, todos sus ayudantes sabían que recibidas esas reducidas instrucciones debían correr y reclutar hombres, y que por cada respuesta negativa por reclutar y buscarlos debían actuar de otra manera, respuestas que eran cada vez más comunes, muchos no por muchos sí que se recibían por aquello que se pedía, respuestas que eran en realidad faltas de respuestas a sus llamados para juntarlos.
Todos sabían que debían pedir a la gente la misma cantidad de paños por hombres que se negaban a dar, cada tribu cada grupo de ellos si no ayudaba con las personas debía ayudar con los disfraces o como fuera que llamaran a todo el arsenal de vestimenta que usaban para tirar en la quebrada, que se estaban mezquinando como se mezquinaban los hombres.
Siempre había una forma para participar en la batalla, para ayudarlo a él con esa pesada obligación de defenderlos, debían pedir telas o tejidos que se utilizaban para llenar el lugar de los hombres que no estaban, y les decía que en vez de avisarle que los conseguían o traérselos a él debían ir tirando esas mantas por los lugares que él les marcaba, y de la forma que les marcaba que no era cualquier horma había que lograr un perfil casi humano aunque se tratara sólo de un árbol disfrazado.
Ya les había comentado varias veces, que los árboles y los arbustos, y los cactos y las tunas de flores amarillas y frutos comestibles, sus troncos ramas o salientes debían quedar cubiertos, como si fueran huesos brazos cabezas conseguidas por disimular brotes irregulares que vistos de noche y a la distancia se podían confundir con cientos de brazos hacia arriba, miles de brazos torsos cabezas, brazos y todo lo que se pudiera mostrar engañando.
Sombras de hombres contornos falsos de guerreros, brazos extendidos hacia arriba que en épocas de paz podían ser la señal de un saludo pero que en épocas de guerra pasaban a ser para los enemigos el mal agüero de un alzamiento continuado, de una amenaza o al menos de una vigilia de esos tozudos indios enemigos que no le aflojaban, sin pensar en toda la naturaleza alrededor de los hombres de carne y hueso disfrazada, para mostrar entre las sombras más hombres de carne y hueso que los que había, siluetas armadas con las prendas conseguidas.
Completando un ejército de hombres en serio y de hombres disimulados, entre árboles y arbustos por los que corría una sangre diferente a la de ellos, una sangre de savia amarga y blanca por adentro y una piel resistente recubriendo huesos invisibles por afuera, esa era la vegetación que se adornaba de sangre de savia recorriendo una corteza de madera de fibra que se dobla resistiendo, sangre blanca del fruto escaso y líquido de los cactos, partes de todo un ejército inanimado y armado sobre la materia de tejidos naturales dentro de una pulpa con agua que transformaba las hojas en artejos, en espinas de los cactos que perforaban sin destrozar las prendas utilizadas.
También en alguna oportunidad lo habían conversado que era bueno reconocer una buena respuesta después de haber dado los mensajes las órdenes las instrucciones, a los más cercanos les había transmitido que había que buscar la forma de devolver aunque de otra manera lo que se recibiera, también se lo había repetido varias veces, no había nada mejor que sentir el apoyo como fue en otras épocas en los otros momento en que gracias a eso se había derrotado completamente a los enemigos, cuando los otros venían a confiscar lo que se tuvo cuando había que darles duro sin explicación para que entendieran que eso no estaba bien que si ellos estaban acostumbrados a eso distinto era el caso de ellos que hacía mucho no se enfrentaban ni siquiera entre hermanos, a los propios y con las batallas pretendía hacérselo entender a aquellos que no dejaban de arrebatarles las tierras y las alegrías y todas sus riquezas como si hubieran sido de su propiedad desde tiempos anteriores, que debían irse si fuera para siempre mejor.
Haraganeaba y al mismo tiempo como era él volvía sobre las decisiones ya tomadas por instinto con nada de razón ya que de esto nada y de aquello que era guiarse por el olfato todo por horas quizás por unos días, no había forma de continuar con las decisiones no había nadie después de él nadie como él para ordenar avances retiradas concentraciones los movimientos, los demás no se animaban en nada hasta que a él se le ocurriera volver a dar las ordenes confirmarlas cambiarlas seguro de las decisiones tomadas seguro de las decisiones que había de tomar porque él era el que marcaba los cuándo y los dónde.
Ama izcum quipus calchaquis, uncu huaranca
(No nueve mensajes calchaquíes, mil túnicas traer), ellos asentían y entendían por los gestos de los otros que iban entendiendo a medias, ellos despacio aprendían esa lengua el castellano que tenía muchos verbos y adjetivos, los artículos que los volvían locos, que los otros con nostalgia decían que era de la madre patria.
Repetía para nadie en su reposo la primera la segunda y todas las que dijo entre unas cuantas que debía dar durante la jornada según él mismo se obligaba como cacique jerarca de sus hombres y patriarca de unos cuantos más que sus hombres, le sonaban para nadie en su retiro las ordenes que a los suyos había repetido y repetía hasta el cansancio y lo que le arrojaba buenos resultados malos resultados nada de resultados, las ordenes que fue dando en esa última jornada que había elegido para empezar una vez más una batalla, para probar y andar con una forma de pelear que para él había sido y seguiría siendo efectiva.
Ama izcum quipus calchaquis, se desesperaban por traducir, reducir, relucir ante los oficiales los soldados de menor rango que entendían más rápido porque también se mezclaban más rápido con esos indios que resistían, y veían de explicar que nueve era una manera de decir que nueve podía ser diez o el número que fuera.
Tal vez sus ordenes fueran de tres o cuatro palabras o menos, tal vez fueran incompletas pero nunca para confundir a los que las recibían o a los que escuchaban esas instrucciones por medio de otros no a él directamente ya sabían que como agua de las cascadas las instrucciones que daba debían ir llegando a todos los jefes y subalternos, corriendo natural y transparente entre todos fueran jefes o no lo fueran se tratara de subordinados que ayudaban o no ayudaban.
Y como si fuera un eco la réplica debía disparar nuevas decisiones y acciones, él enviaba avisos para todos y esperaba ayuda y esperaba lo que fuera porque como les decía cada vez que hablaba con ellos solamente entre todos vencerían, con mensajes escritos por ellos con signos entendidos sólo por ellos yendo y viniendo corriendo entre ellos y ayuda en especial ayuda con más hombres o en definitiva con lo que necesitaba para mandar a disfrazar la naturaleza.
Uncu huaranca, mil túnicas o más de mil túnicas eso quería decir y ellos lo sabían, sabían lo que su jefe les decía ya lo habían hecho en otras oportunidades, podían conseguir menos lienzos que los necesarios pero ellos entendían, eso es lo que sabían o al menos debían saber los que obedecían, eso es lo que había que conseguir de ellos mismos de sus guerreros, si no ponen los hombres que pongan los trapos para disfrazar la espesura, les repetía varias veces las veces que podía.
Ama izcum, no llegar traducían y algo los otros lo entendían, si no llegaban los que se habían llamado lo mismo se peleaba aunque a cada rato recordaba lo fácil que resultó las otras veces, él sabía que en el final quedaban él y unos cuantos valientes o cobardes asustados para enfrentar a lo intrusos, sin decirlo sabía que eran cada vez menos los que colaboraban que los que no colaboraban.
Que esos metidos de porquería le podían ganar de esta manera una guerra que de otra manera él les ganaba en el campo de batalla, los otros le ganaban con el verbo con la prédica de esos curacas que pacientes conversaban con su gente, no llegar lo que se pidió inventemos era el mensaje, aprovechemos las sombras y las formas y mostremos lo que no tenemos, eran las instrucciones que algunos escuchaban, unos cuantos cumplían sin divulgar y otros llevaban y traían como chismes perversos con los otros.
Quipus calchaquis, de los hermanos del poniente de la puna que era lo mismo porque donde estaban no había otras posibilidades, los calchaquíes esos guerreros que además se dedicaban al cultivo de la tierra y que él los contaba como nueve pero en realidad que eran cientos, nueve los caciques y organizados para todo y aún para la pelea como él les pedía, nueve eran los jefes cientos los que los seguían cientos los que obedecían, con muchos o pocos lo mismo se peleaba a muerte o a irse o quedarse en los territorios tomados, si quisieran porque no era el caso que el les tuviera que andar rogando que lo ayuden con algo que en definitiva era por el bien de todos, el de él el de ellos y el de todos lo que anduvieran por estas tierras que no son de esos metidos y armados.
En el juego de haraganear en el descanso impuesto por él mismo sin consulta sin preguntas sin respuestas, y de la misma manera en que revistaba a sus hombres a los reales y a los imaginarios, revistaba a las mancebas que a montones los patriarcas le traían para su solaz y su divertimento, aunque muy dentro de él y por su edad supiera que las niñas asombradas musas silenciosas algunas licenciosas no obedecían por sus propias convicciones sino por las expectativas de sus padres, de que por fin después de varios intentos y de prole numerosa, se engendrara el próximo cacique de la tribu, el último de él como papá y el primero en la sucesión de la corona cuando él no estuviera.
Querendón se seguía poniendo aún con el paso de los años su vitalidad no cedía aunque aumentara las veces que podía mientras le duraran esas treguas que tomaba sin el permiso de nadie y a sus cercanos desesperaba porque lo sacaban de la escena, una escena en la que los otros continuaban mientras él se perdía por todo el tiempo que considerara.
Pensaba los planes como nadie, como planes que no eran planes, planes que eran apenas ideas primero después un montón de esas mismas ideas desordenadas que iba poniendo en práctica una detrás de la otra, se equivocaba le pegaba sacaba una agregaba otra las cambiaba una por otra, hasta alcanzar lo que quería, todo eso en un desorden que sólo él entendía.
De planes que parecían planes por momentos en los que entraba decirle a su gente que había que molestarlos y atacarlos todo lo posible para que se pusieran como locos, por muchos días, por pocos días, por los días que fueran necesarios para que los otros se desorientaran y se enojaran, estaba en esos planes resistir el contraataque, el inicial, el que seguía, el contraataque final, que era lo mismo que asustarlos, antes que nada si se podía, todo el tiempo, y que no les quedara ganas de nada, suponiendo nada más que suponiendo lo que podían hacer.
Primero que todo y para él, que no les quedara ni las ganas de volverse a meter con ellos, con su tierra, con sus mujeres con sus chicos, y con la salud que tenían que era de fierro comparada a la de esos pobres enfermos, si los enemigos eran quinientos, o mil o dos mil él sabía que debía juntar una cantidad mayor con sus hombres, porque los conseguía efectivamente porque los inventaba disfrazando la espesura que sumados los hombres con las sombras del atardecer y de la noche eran un ejército.
Después los contaba a lo mejor en algún momento si podía se dedicaba a eso, mal o bien para su gusto pero los contaba a vuelo de pájaro para saber si eran muchos si eran pocos unos cuantos o bastantes, por lo que espiaba y por las noticias que le llegaban, pero antes aumentaba de antojo el número de quienes combatían como era y porque suponía que ese era el número de las fuerzas enemigas, en sus cuentas precarias lo aumentaba cinco veces, seis veces o lo que fuera cuando pensaba en que debía hacer creer a los otros que ellos eran muchos más, sea como sea ellos debían ser más con ayuda entre los propios o a la fuerza para que los otros esos odiosos enemigos hijos del diablo se escarmentaran.
El sabía que las primeras agarradas eran una cuestión de cantidades antes que todo lo demás que se ventilaba en las disputas así a ellos no les importara como se lo demostraban con su insistencia, avanzando, retrocediendo, desapareciendo y volviendo a aparecer por los lugares cercanos y a lo largo del tiempo, como si para ellos fuera más importante el cómo pelear que saber con cuántos, esta última pregunta daba justo la respuesta la forma en que él les ganaba.
Cómo había que hacer para mostrar a los otros, con esos otros sus enemigos, mostrar luchadores donde los había y donde no los había, mostrar lo que de verdad se tenía durante el día mostrar algo más en las noches en las que a cualquiera le costaba distinguir la diferencia entre un hombre y una sombra cualquier sombra no necesariamente la propia, los planes que no eran planes se probaban, él los había probado una vez, y una segunda vez.
Y le fue bien como le fuera, los otros se habían retirado silenciosos y tan derrotados que parecía que no volverían, como le fuera con su retirada dejaron a sus hombres creyendo que por fin quedaban solos de nuevo sin esa infame penetración de porquería de toda su vida, y probaba las mismas decisiones, y ya había confirmado bastante más de lo que necesitaba para estar seguro, que a las peleas las ganaba con palos y lanzas a esos insólitos demonios con ridículos e incómodos disfraces que estorbaban, con cortes de hierro fundido que se calzaban sobre el pecho y la espalda y por lo que no había forma de penetrarlos y que a los otros los protegían, demonios de carne y hueso como sus hombres pero armados hasta los dientes, probaba para no desaprovechar los esfuerzos, las fuerzas disponibles y los refuerzos.
Pero también había probado que en los líos y polvaredas que se armaban ganaba haciéndoles creer a los otros lo que no tenía obligándolos a que pensaran de ellos como si fueran muchos y estuvieran unidos que no tenían trances ni discusiones, metiendo miedo a lo desconocido a esos invasores extraños y molestos que se alistaban donde nadie los llamaba, él se arriesgaba a lo que imaginaba se imaginaban los otros en sus propias angustias y alarmas, los planes se aplicaban durante un día, dos días, sesenta días o cuanto fuera necesario para debilitar su resistencia, imaginando que imaginaban en qué andaban él y un montón de hombres para asustarlos y destrozarlos.
Por eso él repetía tantas veces como lo necesitaba la posta ante una decena de ayudantes que la tomaban, y les pedía que salieran a divulgarla con la velocidad de las flechas cuando se lanzaban, con la ligereza con que se desplazaban las lanzas lanzadas tantas veces a los cuatro vientos, los mismos cuatro vientos a los que se soltaban los gritos y se hacía correr en ecos los sonidos de los erkes y los pututos cuando había que agradecer por la fertilidad, y por los frutos de la tierra, dardos y picas disparados a los enemigos, a los animales que aseguraban los alimentos, al espacio de la nada con dirección al firmamento cuando sus hombres estaban borrachos, drogados o aburridos después de terminar con las romerías de la juerga o de la guerra.
Con eso, él lo sabía más que ninguno sin decirlo, se distraían ellos y disimulaban con él, con él no se quejaban y a él le obedecían, con eso de festejar por festejar de festejar después de las peleas le escondían la sensación de indefensos que les quedaba después de cada avance de los otros, sabía sin decirlo que a muchos de sus hombres les importaba que su jefe supremo no se diera cuenta o hiciera de no darse cuenta del desgano que les iba dejando con el pasar de los años la lucha despareja, ir perdiendo de a poco la gana de pelearla, la perseverancia de aquellos el estupor de ellos, ganaban sí cada batalla pero perdían porque los otros se quedaban por los alrededores, en parajes cercanos o alejados pero rondando e insistiendo con quedarse entre ellos, y con eso era como que avanzaban.
Así, a la larga iban perdiendo hombres y otras cosas importantes al enfrentarse con aquellos, con la guerra o la palabra, a los que no los mataban los hablaban los arreglaban con regalitos, que testarudos no entendían que ellos no los querían ni cerca ni lejos, por invasores y curiosos de sus cosas, por más que chismosos con intereses que no tenían límites en una lucha que llevaba muchos años, demasiados por la cantidad de heridos y muertos sin nombre para él que pesaba cada muerte de sus hombres como una valiente inmolación a la defensa de la libertad de su pueblo, la consideraba necesaria para que otros los más jóvenes se salvaran del sometimiento, para que otros no se murieran de la vergüenza que daba hacer las veces de esclavos con aquellos ladrones y ordinarios recién venidos al continente.
Con esos papeles amarillos y cosidos en el borde que llamaban evangelio, esos otros venidos vaya a saber de dónde le pesaban por sus propios años, los años que llevaba hablando entre los suyos, solo entre ellos, durante los tiempos de descanso que pasaban juntos repasando lo que fueron, lo que eran guerreros cada vez menos aguerridos valientes convertidos tal vez en cobardes o tal vez en temerosos, ellos sólo ellos sin aquellos que se metían sin preguntar en sus tierras, en sus sueños en su vida, hablando cuando podían sólo ellos en los intervalos.
Entre una y otra revuelta, la de Nieva en mil quinientos sesenta y uno la de Nueva Provincia en mil quinientos setenta y cinco, lo que daba lugar a las mismas contiendas que él proponía y se copiaba, de resistir peleando sin cansarse, y en la que había que poner de todo, todo el tiempo y todo el pecho, y esperar casi nada, ni que cambiara la vida del blanco al negro o del negro al blanco en los extremos de la gradación de los infinitos colores, colores iguales a los estampados en la arena rojiza de los cerros, a favor de la victoria, de ganarles y demostrar la resistencia y la fuerza les decía enojado con la razón a su favor y su fervor cuando lo necesitaba, de las ofensivas ganadas antes.
Imaginaba que era tan grande el pedido ni más ni menos que escuchar y obedecer, correr y preguntarle nueve veces o diez o las veces que fueran necesarias a los nueve jefes entre otros jefes para saber si se podía contar con ellos y con los hombres que obedecían a esos jefes, por lo menos para comenzar a nueve caciques entre los calchaquis, casi nada teniendo en cuenta la cantidad de guerreros a sumar para cuando se armaba el descalabro.
Pensaba y soñaba, el infortunio donde él mostraba los hombres disponibles y los no disponibles bajo la forma de fantasmas armados con edredones y la espesura, con hombres y sombras, con bultos sugeridos en el paisaje de la quebrada de noche o de atardeceres que se pasaban luchando, con una mezcla de penumbras y la materia de los cuerpos de sus hombres, por lo menos los de aquellos machos de verdad que no se asustaban.
Entonces, entre todos ellos contra todos los otros se podía pensar en frenar en esos otros ese afán incontenible y demostrado de someterlos a ellos, les inculcaba, lo descarado que eran en el atropello que los otros cometían, de animarse con ellos, en la historia del desprecio que les llegaba de aquellos que comerciaban con todo, hasta con la vida y la libertad de ellos.
Pensaba y soñaba.
Si la respuesta de esos compañeros vagos y renegados, de esos mañeros que después lo buscaban, si la contestación al pedido de hombres era la indiferencia o el no de esos que después se quejaban si todo salía mal porque perdían cosas importantes o protestaban sin haberse preocupado en su momento de multiplicar por cien que daban novecientos o por doscientos provocadores que daban mil ochocientos hermanados, a diferencia de cuando peleaban entre ellos, él los arengaba con la certeza que no debían detenerse en las ganas de pelear hasta el último, de vencer definitivamente a aquellos a los que no les importaba nada.
Pensaba y soñaba.
A esos que los dominaban si se los dejaba hacer lo que querían, y que no eran tan malos según comenzaban a hacer correr la noticia algunos de los hermanos indecisos, vagos caprichosos que elegían estar descansando a la sombra de un árbol antes de andar mezclados en problemas, depuestas las armas y resignados los sueños de los indios, como si ellos no pudieran tenerlos por ser indios, aquellos saqueadores se ensañaban les enseñaban a ellos nuevas formas de decir lo que se sentía se quería se soñaba, de vivir, de conseguir y preparar lo que comían.
De alabar a los dioses, afirmaban algunos de esos mortales antes leales y cada vez un poco menos que debían quedar por unos días apostados aguantando a la intemperie a la espera de su grito de ataque o de la indicación del aguante, mimetizados con el paisaje de maimara cerca del valle sólo para que los invasores se asustaran espiando al horizonte en medio del contraataque y el ataque cuando se confundieran en medio de la polvareda del combate de cuántos eran ellos.
Pensaba y soñaba, desde qué punto cardinal atacaban, que no hacían otra cosa después de la conquista, encandilados por el sol o iluminados por mil lunas en las noches que el cacique aprovechaba para destrozarles sus construcciones y matarlos hasta donde podía, vulnerables en esos camisones penetrables que usaban para dormir, como impenetrables eran esas cargas de acero y hierro que portaban durante el día en las campañas.
De él brotaban las ordenes como si fueran agua de las fuentes de un general, incuestionables y a la vez enérgicas como la energía que él mostraba resistiéndose al avance de lo otros, indiscutibles y a la vez desordenadas para quienes no lo conocían como sus más cercanos, arengas que respondían a su lógica de torcer la resistencia, la persistencia la paciencia de esos individuos tan insistentes que lo obligaban a dar instrucciones cortas y precisas.
Para las que esperaba una respuesta por parte de aquellos que se jugaban por defenderse de aquellos que ofrecían baratijas y evangelios, él era preciso, meticuloso, porque a partir de que las daba las órdenes debían ir divulgándose hacia abajo, hacia el costado o hacia donde fuera que debían llegar para tener efecto, de tipo en tipo, de choza en choza, de pucará en pucará hasta que llegaran a todos, cada uno era importante como parte en los combates.
Y en este combate que pensaba las instrucciones estaban dadas con la precisión de un ingeniero, eran partes de todo el despliegue de preguntas sobre el cómo y sobre el cuándo, de responder al cómo debían confundir e ir venciendo a esos enemigos indeseables, al cuándo en una violenta ráfaga de instrucciones abierta en forma de pirámide que empezaba en él como cabeza, bajaba a una decena de ayudantes directos que a su vez transmitían a una centena de otros jefes menores de las tribus que se encontraban tranquilas o levantadas en unos cuantos kilómetros a la redonda, en una circunferencia que tocaba por igual la cordillera y la punta del chaco, la punta del altiplano y los valles.
No llegar diez mensajes de paypayas y purmamarcas
(Ama chunca quipus paypayas ac purmamarcas)
Conseguir dos mil túnicas
(Izcay huaranca uncu), les costaba pero lo iban entendiendo como habían comenzado a saber de sus defectos, de sus debilidades, gracias a esos salvajes tan traicioneros.
No recibir cuatro mensajes de los diaguitas
(Ama tahua quipus diaguitas)
Conseguir mil túnicas más
(Uncu huaranca), habían aprendido de esos traicioneros que por la gracia de dios apenas si podían ser esclavos católicos por cierto pero esclavos porque si así lo venden a su jefe lo que serán vendiendo otras cosas pensaban.
No habían pasado cien años todavía desde que Américo Vespucio gritara tierra, que ese hombre divisara a la distancia un pedacito del continente sin nombre, o con nombre propio gracias a su nombre, y ellos ya llevaban años dando y temando con estos problemas, los de interpretar contraseñas, los santos y señas, advertencias de ese cacique envalentonado que se llevaba todo por delante, y las vueltas y los reveses de los pensamientos y las mañas de esos indios majaderos, enceguecidos que contaban lo que no debían a un precio que no medían, para nada temerosos del castigo por traición que se les viniera encima.
Y además seguían las directivas que recibían de funcionarios y de cortesanos venidos a menos, dos fracasos son muchos cuando hay que explicar a la distancia que las cosas no son tan fáciles y a veces no salen como se pide, enojados porque no será mañana pero algún día llegará el reclamo por dilapidar los recursos de la corona así como así, con los años que demoran en llegar las novedades que se envían, luchar tanto por los permisos para venir a un lugar donde todo lo arruina un grupo de inadaptados.
No lo entendieron muy bien en boca de esos indios duros con el castellano pero lo que sí entendieron es que eran inclinados a venderse, a entregar por nada los secretos de guerra del cacique, así que mientras él planeaba y dirigía comenzaron a darse cuenta que la cuestión venía parecida a las veces anteriores cuando perdieron cada cosa que plantaron durante dos años en la primera y durante un año en la segunda.
De las veces en que el indio les tiró la organización por la cabeza, algunos de los cuales habían comenzado a ser dóciles aprendices de las prédicas tranquilas y apacibles de los curacas que los cobijaban con comida que empezaban a conocer, y muchas otras comodidades que preferían antes de aquellas a las que estaban acostumbrados, desaprensivos que les vienen a destrozar lo que construyen con la organización que ellos tienen, así como así con todo el tiempo que a ellos les lleva ocuparse de subsistir, de cumplir con las indicaciones del reino lejano
No habían pasado por situaciones parecidas, el ingenio del tipo los deslumbraba, los turbaba, los sacaba de las casillas, los distraía, los confundía, él lo había practicado una vez con ellos y ellos habían caído, se hizo ver y atacó de lleno el corazón de sus fortalezas, con unos cuantos hombres no más de mil contra dos mil que eran ellos protegidos por muros y empalizadas, donde estaban instalados los contables y adonde rezaban los curas al dios más impaciente que inti, se replegó con la contraofensiva y les hizo creer que escapaba.
Se los repitió por segunda vez y por segunda vez cayeron presas de los mismos trucos, escapaba y atacaba hasta llevarlos al lugar que le interesaba, ese mismo lugar desde donde les hacía creer que eran cientos y miles demostrándoles que la cantidad se imponía sobre la calidad de las fuerzas, del mismo diagrama de la guerra, a pesar de que ya percibían aquello que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y docenas, y decenas, cientos y miles de veces tropezando, precisamente ellos que tienen siglos de pelea allá en el continente, y nunca se equivocaban y tropezaban.
Los indios no hablaban el español, y ellos entendían muy poco de la lengua de los indios.
Ama huc quipus osas
(No recibir un mensaje de los osas)
Uncu huaranca.
(Hacer mil túnicas.)
No habían pasado ni seis horas todavía, desde que comenzó con los últimos retoques, y ya había dado las órdenes y encima ya había sido traicionado sin saberlo. A pesar que los más leales entendían de la firmeza del primer cacique, cacique de todos los caciques que mandaban a su vez sobre otros caciques, cuando en la terraza del mirador del pucará de siempre, que le servía de fortaleza, de altar mayor de apacheta, cuando en el mismo mirador que le servía de vivienda desde que se acordaba igual que a sus ancestros.
El supremo de todos los supremos ordenaba y caminaba desde muy temprano de un lado a otro repitiendo las recetas que le permitían, según él, ganar las batallas por cortas o largas que fueran, ellos entendían lo que debían hacer aunque anduvieran sin ganas, y lo que no debían hacer si lo traicionaban cuando la cantidad de noticias que él esperaba comenzaba a ser mayor a la cantidad efectiva de noticias que le llegaban, desde los valles desde las otras quebradas, cuando el ausente era más que el presente si era por reclutar e inventariar a las hordas que con el paso del tiempo disminuían dejándose seducir por aquellos que prometen una vida más confortable y tranquila, cuando se necesitaba contar con un ejército con el cual no se contaba.
Uncu huaranca
(Mil túnicas)
Huc
(Uno)
Izcay
(Dos)
Quinza huaranca uncu.
(Tres mil túnicas.)
En la modorra de la siesta soñaba y diseñaba la victoria en pocos días, si se podía terminada en una hora, planteando y plantando un amplio frente de batalla, en la vanguardia con él y sus leales que con ellos alcanzaba a los dos mil y con eso para el susto era suficiente, hacia la vanguardia un semicírculo de combatientes y sus sombras, torpes mezclas de varones y espantapájaros que habrían de servir para los otros, bien distribuidas las fuerzas hacia el saliente y el poniente, para que observados a la distancia en el horizonte parecieran diez veces más de lo que fueran.
En esos menesteres de estar tranquilo menos tranquilo, empezaba con el mambo de su muerte como parte de su propio escenario del montaje que armaba.
Consideraba la muerte de los otros como una entrega, como una ofrenda de la sangre impropia a los dioses a sus dioses, a esos dioses que confiaban en él y en su pueblo para que nadie extraño entrara en sus parcelas, en sus galpones de almacenaje y en sus apachetas, los mismos dioses que a lo largo de los tiempos le legaban la tierra y sus frutos, el alimento, para que él y los suyos los cuidaran y no se lo entregaran a nadie, a esos dioses que le confirmaban a él con milagros su linaje, los atributos que le había dado y respetaba su pueblo.
Las mismas muertes propias impropias que aparecían en cada resistencia armada a las refriegas, en cada avance o retirada con motivo de las batallas que no se interrumpían nada más que por unos cuantos años, las mismas muertes que ocurrían cuando él se oponía hasta la muerte a entregar riquezas acreencias o creencias.
Pensaba y soñaba.
Sus costumbres sus formas de vivir o los metales que se sacaban de las entrañas de la misma pachamama, de muchas muertes de muchas lunas en la lucha para evitar que lo que los otros traían, regalos, promesas de mundos mejores, quedara entre su gente, que prendiera la costumbre de escuchar la palabra o de admirarse por las formas de ver la vida que los otros proponían, encandilarse con sus mercancías en las noches alrededor del fuego.
Con su muerte no soñaba, la conocía. Le habían hablado de la muerte sus ancestros, le dijeron que se podía desaparecer como un insecto pisoteado, como la hierba convertido en ceniza después de haber pasado la hoguera, que la muerte era de color ámbar, azul a veces, o rojo intenso, que lo único que quedaba después de su paso era el recuerdo en la cabeza de los otros, sus súbditos sus yacanones sus esclavos, y en ellos había de perpetuarse como un héroe.
Pensaba y soñaba, su muerte debía ser única irrepetible heroica a esa la tenía más que clara, era una muerte de cacique, heroica y con honras posteriores, en el tintinakuy, en las celebraciones armadas para que el indeseable demonio desapareciera. No la soñaba porque se trataba de una decisión tomada desde antes, desde muchos siglos atrás, en ese paisaje de ecos y rocas que tanto disfrutaba. La instrucción en este punto era liberarlo, que lo sacralizaran, imponiéndolo como una costumbre y un sacrilegio para los otros de memorias cortas.
Tampoco podía soñar ni despierto ni dormido con la traición, la había vivido la vivía también por los otros porque él rechazaba esa actitud en forma terminante, no podía concebirla siquiera como un comportamiento común de quien devuelve algo entregando al otro al mismo tiempo con la predisposición por un favor o lo que fuera, y desde algún tiempo atrás venía convenciéndose que una vil traición era lo que estaban haciendo sus hombres con eso de acarrear chismes y andar de un lado para otro, eso que andaban haciendo sus hombres de vender por poca cosa a quien alguna vez tuvo para ellos una importancia de esas.
Traición era lo que hacían de creer en todas las historias que los otros contaban de las ventajas de vivir bajo su tutela bajo su régimen o como fuera que lo llamaran a eso, traición era esa actitud de poco hombre que tenían algunos de correr a contarle a los enemigos de sus costumbres de sus debilidades y otras cuestiones parecidas para que el enemigo supiera de donde se podía agarrar para someterlo, de qué cosas valerse para convertirlo en esclavo.
Porque eso es lo que hacían con todos meterlos en sus cosas para convertirlos en sirvientes, traición era esa actitud de poco honor de circular con el cuento de la misma forma que circulan las jovencitas contando de sus gustos de sus sentimientos más íntimos, nunca había percibido tanta traición ni siquiera en las épocas en que se agarraban entre tribus y en que era más fácil que alguien desertara y se corriera de lugares entre clanes en los que casi todos eran parientes.
Pero había castigado a unos cuantos de sus hombres cuando los descubrió tramando para traicionar a otros, en la realidad o en los sueños rechazaba la traición infinitas veces cuando la emulaban sus hermanos, así no podía soñar con la traición, por todos los años que tenía por tanta cosa vivida sabía que había traiciones de todo tipo y más o menos graves, pero no las consentía en sus grupos y condenaba que se la utilizara, o se sentían de corazón todas las cosas como la raza la raigambre, la libertad.
O simplemente no se sentía y por lo tanto desde entonces se podía pensar en aceptar vivir con aquellos que mostraban diferencias profundas para entender la vida y las cosas de la vida, nada de felonía, nada de deslealtad, menos de prodición de perfidia de alevosía, de aquello que estaba en su presentimiento y no había confirmado, que cada vez su sumaban más aquellos que no estaban con él y sí con esos otros indeseables que le embromaban la vida,
Hasta ese día nunca pudo y no podía soñar la entrega de sus sueños, eran sus sueños vivir primero como siempre, viejo y fuerte jaguar que apuraba su andar sin nadie que lo mandara sin nadie que le dijera por dónde ir o le marcara desde arriba la diferencia con su vida, eran sus sueños la libertad como él la entendía, puma rápido y sagaz sin ataduras de ninguna especie sin sogas que lo ataran a las personas o a las cosas, eran sus sueños elegir por sí solo cómo pasaba los días sus días, tigre del monte con ventajas que no tuviera eso ni lo soñaba, su sueño no era hacer lo que a uno se le antojara lejos de la mirada de príncipes y reyes desconocidos para él, que era como ellos a la libertad la querían y que le impusieran eso ni lo soñaba.
Pasaban por sus sueños sus gustos que eran diferentes a los gustos de los otros que eran cosas como correr por horas como dios lo trajo al mundo al acecho de un animal de la quebrada nada más y que lo obligaran a no hacer eso ni lo soñaba, eran sus sueños sus preferencias las largas charlas con la gente escuchando a los ancianos contar las historias de otros en otros tiempos leyendo el firmamento el fuego las cenizas, aconsejando, y que le prohibieran eso ni lo soñaba, eran sus sueños sus prerrogativas las cosas que recibía por ser el cacique y no otro como el oro como las otras cosas como la plata, como los animales sacrificados para alimento, o los yuyos curativos y aromáticos y que lo privaran de eso ni lo soñaba.
Por que eso era como que le negaran el aguardiente o la chicha que le traían y a él le entraba y lo animaba para todo, sueños suyos eran vivir seguir con la libertad sin condiciones la única libertad que conocía esa de correr por la quebrada sin que nadie le dijera nada cargar a las musas que se le ocurriera probarlas llenarlas dejarlas, su sueño estaba en elegir sin condiciones entregarle a quién los sueños tal vez contarles a algunos de sus hombres pero nunca a esos asesinos que invocando a su dios buscaban explicación a lo que no tenía explicación según trataban de decir sus mismos hombres.
Entregaba qué si no soñaba siquiera con entregar partes de ese todo que era su vida de solitario cuando quería de jefe cuando necesitaba, esa vida que hacía mucho antes de conocerlos mucho antes de que anduvieran merodeando y metiéndose en sus cosas, esa vida que hacía cuando no los había visto siquiera a esos que no sabía cómo terminar de nombrar pero que se habían venido a meter con él a meterse con ellos que vivían tranquilos sin nadie que les dijera cómo había que vivir cómo rezar cómo hablar, volver a los tiempos en que no se preguntaba quién los habrá llamado quién los habrá mandado a llamar a que se les ocurriera encima con empeño llevarse lo que encontraban y también a la gente como esclavos.
Quería volver a otros momentos en que sus ojos se cargaban de ese paisaje de toda su vida de los atardeceres que eran como propios sin importancia para otros como el amanecer o la lluvia, cuando los únicos ruidos eran solamente los gritos de los hermanos cuando cazaban o los alaridos contenidos de ellas cuando se ponían a jugar con las mujeres o el trinar de los pájaros o de esas aves de rapiña que desde el aire buscaban la carroña que dejaban las guerras el paso del tiempo lo que ellos decían que era para los dioses, ni se le ocurría siquiera pensar que los otros cambiaban aquello, si no lo soñaba menos lo iba a aceptar como lo venían aceptando algunos de los hermanos, había cuestiones que no les hubiera permitido a los que venían a invadirlos a llenarlos de batallas de dudas de dolor y de sangre sin embargo parecía que ellos se lo permitían a sí mismos.
Se negaba como se negaba a que le quitaran la tierra se negaba a que le sacaran sus ilusiones pasiones los sueños más que sencillos y más queridos, lo poco que se podía acumular solamente de vivir de cara al viento corriendo patas pilas detrás de los animales o de las mujeres en las fiestas del calor de color de borrachera en las fiestas de la pachamama del maimará o del inti.
Entregar qué se preguntaba sin saber las respuestas cada vez más confundido por las diferencias que tenía con los hombres que andaban por toda la puna y la quebrada buscando la confrontación o quedarse con lo que no era de ellos, no podía soñar otras muertes porque simplemente ni se las imaginaba, cómo imaginar lo que nunca había conocido la traición el miedo la esclavitud la impotencia lo servil, él siempre se vio más allá de lo que dejara en este mundo entrando a la apacheta de los dioses con los méritos ganados por tanto tiempo que puso en cuidar a la gente, sus hermanos ingratos algunos que lo entregaban cada vez que podían.
Se imaginaba custodiado por otros dioses menos importantes que inti tal vez pero serviles con él y unos gentiles, menores pero dioses al fin y al cabo conduciéndolo y distinguiéndolo por todo el reconocimiento que había ganado durante toda su larga existencia, lo que según él calculaba se había ganado con los años, con sus victorias y su papel de jefe de todos los jefes cacique de todos los caciques, ni se imaginaba esta otra muerte, esta muerte de entrega de esa libertad de jaguar de puma de tigre del monte chato de la quebrada.
De esta otra muerte que significaba una autoridad sobre él que no comprendía, que estuvieran todo el día dándole ordenes, esa otra muerte de someterse a los mandados de esos descomedidos desmedidos que odiaba, para hacer trabajos livianos o pesados, esa muerte de responder a sus llamados como Diego el nombre cristiano que el curaca le pusiera para poder identificarlo de los otros, esta muerte lenta y de tristeza por tiempos pasados y mejores, esta muerte con el dolor de ver a los demás sometidos a los antojos de esos rubios de porquería y de estar él propiamente sometido cosa que ni se esperaba este primer Vilte que se murió como a los 130 años no guerreando como soñó sino arreando pero a lo negro, aunque algunos que aún cuentan las leyendas dicen que se murió de pena.

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