Un cuento de navidad.
Cuenta el cuento contado como él lo contaba.
Si no, no cuenta.
Cuenta el cuento contado con nosotros entusiasmados, contentos de que alguien nos tuviera en cuenta, cuando menos asustados, sentados o en cuclillas alrededor de él con los pelos de punta la piel de gallina o al punto de tener los ojitos como dos de oro, inmensos redondos inmóviles. Cuenta ese cuento partido en mil cuentos que eran de claros y oscuros, cuentos de sombras y de luces, de malos y de buenos de vivos y de muertos.
Si no, no cuenta.
Cuenta el cuento contado por él en algún lugar de la loma, que no era nuestra casa ni dejaba de serlo con sus claros y oscuros con sus sombras y luces, que no era ni cerca ni lejos de las casas que fueron nuestras casas en el pueblo en el que había buenos y malos vivos y muertos, cuenta el cuento contado en algún punto de esa colina de esa cuesta que era un paraje asombroso y mágico entonces, para nosotros aquella zona de juegos que no era un cerro ni dejaba de serlo, cuenta el cuento contado en alguno de los escondites o descansos que sacábamos de la vista de los otros, de cualquier otro, pozos cuevas montañitas molinos molinitos casas caminos diminutos, puentes puentitos puentotes, de sueños de juegos de niños traviesos e inseguros, grutas inseguras y seguras de las que nadie sabe pero en las que pasamos por entonces mucho tiempo jugando con los claros y oscuros con las luces y sombras, aprendiendo a distinguir los malos de los buenos, a comprender como podíamos la diferencia entre los vivos y los muertos. Cuenta eso.
Si no, no cuenta
Cuenta el cuento del evento y en algún momento del atardecer sino en la noche, oscuros antes que claros sombras antes que luces, como si a propósito del cuento se interrumpiera el tiempo, en ese tiempo de la tarde haciéndose de noche y de la noche misma haciéndose más noche, con nosotros adentro de la burbuja de ese tiempo y en ese lugar y en esos minutos eternos de asombro despertando al barullo de la vida en la que hay buenos y malos, enmudecidos y sin animarnos a preguntarle lo más mínimo en la oscuridad y como esperando en silencio que el monstruo del cuento que justo se contaba apareciera de un momento a otro o sea como vivos muertos de miedo. Cuenta eso. Para nosotros, que aunque buscábamos lo oscuro para jugar podríamos haber elegido los claros, que no éramos ni malos ni buenos.
Si no, no cuenta.
Cuenta el cuento que contó en esa víspera de la navidad como él lo contaba, que no era ni de vivos ni de muertos precisamente, cuando contó que el farolito era un luz que se ponía de golpe sobre un caminante cualquiera, claro sobre oscuro un resplandor que aparecía de un instante al otro suspendido de la nada en las sombras de la noche, cuanto más oscuro esa luz más brillante colgando como de un hilo invisible de ningún lado y alumbrando el contorno de un cristiano bueno con la única dificultad de andar caminando solo y de noche, cuando contó que el farolito era una centella que nos señalaba con su dedo en dirección a la línea del ocaso, un centella que no terminaba de caer en los senderos de sombras y luces una centella que no terminaba de apagarse en los atajos por los que caminaban buenos y malos o una centella que no terminaba de refulgir en las sendas de la loma por las que penan vivos y muertos, para que quien la caminara distinguiera los peligros las posibilidades de peligros las tentaciones, un fulgor que descargaba en algún lado viniendo de arriba y desparramaba su resplandor como un rayo que duraba como una eternidad en un pequeño firmamento de metro por un metro que se ponía sobre todo caminante clemente y generoso que se cruzaba por esos lugares desiertos, oscuros por la hora sin claros, oscuros por la estación del año, sombras oscuras, oscuros por una tormenta de esas que hacen que el cielo se venga abajo en verano. Clemente con los demás generoso con sus conocidos y compañeros un hombre bueno eso debía ser quien caminaba eso es lo que nosotros escuchábamos embelesados sin saber nada de clemencia y de generosidad. Cuenta eso.
Si no, no cuenta.
Cuenta aunque cueste acordarse del cuento y acordarse de que corre el cuento y para siempre, para hoy para mañana para dentro de un montón de años contado muchas veces a la enésima, a nosotros lo mismo nos gustaba, cien veces escuchamos, cien veces imaginamos muertos y vivos cien veces recordamos claros y oscuros aún en el medio de la fiebres y resfríos que nos tiraban en una cama, porque como el agua de las acequias que llegaba al cañaveral corría nuestra imaginación más rápido que nuestro prejuicios, por las luces y las sombras, más rápido que el agua que cualquier cosa, él contaba ahora del farolito y nosotros veíamos a los buenos y los malos las luces, a los monstruos como la novia sin cabeza a la mula ánima o el familiar de una larga y congestionada galería de cuentos y de sueños y de resplandores que veíamos percibíamos a la distancia como si fueran farolitos animados, una docena, cientos miles si se los ubicaba en la misma línea del cielo y sus infinitas estrellas, él nos decía que las centellas se encendían con almas de los muertos que andaban en el purgatorio para ayudar a los vivos y buenos como si no hubiera en el otro lado más que malos y muertos, así de simples eran nuestros calificaciones hasta que él nos aclaraba haciendo más atendible su cuento contando que el farolito espantaba los espíritus de las almas que andaban penando justamente para que no molestaran a los trabajadores que circulaban por lugares peligrosos, y contaba en su cuento que así como todos los vivos no son buenos tampoco las muertos son todos malos, Cuenta aunque cueste acordarse del cuento, cuenta acordarse de los esfuerzos que él hacía para que nosotros entendiéramos, el esfuerzo que hacía para explicarnos lo que eran el cielo el infierno y el purgatorio.
Cuenta el desafío de es víspera de la navidad por la magnitud de su enojo porque le embromaron el cuento que contaba cuando un de nosotros que se portó como malo dijo e que en realidad el farolito tiene su explicación científica en el resplandor del fósforo, por eso quedamos en cavar al día siguiente.
Cuenta con nosotros escuchando, niños asustados, él no llevaba solo dos años, es decir tenía trece de edad pero llevaba como treinta de sufrimiento…
qué se yo, la cuestión es que a mí me aparecía ese escalofrío que comenzaba en mis espaldas y como un abanico de cientos de paños se desparramaba por todo el cuerpo y terminaba en la punta misma de todos mis dedos sin excepciones, o qué se yo, lo que sí se es de que mis manos se mojaban por un sudor que me salía por los poros, que de mis pies que en los que igualmente aparecía la transpiración que daba olor a mis zapatillas terminaba en mis brazos y que duraba casi lo que duraba el cuento, y encima presentía sentía como si en mí se viniera un sexto sentido o séptimo o lo que fuera que a mis compañeros les pasaba lo mismo aunque no lo comentaran.
No comments:
Post a Comment